El anillo único

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Martes, 11 de noviembre

06:03 p.m.

Cuando salgo del trabajo, Gabriel me está esperando.

Rita, la chica con la que estoy hablando, suelta una risita al verlo y se despide de nosotros.

—¿Tienes idea del efecto que causas en las mujeres? —Murmuro después de que me da un beso pequeño, que me deja deseando más.

—¿Quién? ¿Yo?

Gabriel se echa a reír y sé que no me cree. Lo veo doblarse un poco y admiro cómo todo su cuerpo está concentrado en esa carcajada. Es hermoso.

—Deja de decir tonterías, Lu. No tengo ningún club de fans.

Sé que él se siente así porque no se considera guapo en absoluto. Y si lo vemos de manera objetiva, comercial y definitivamente superficial, no lo es. Sin embargo, Gabriel no ve la forma en que otras mujeres lo miran cuando él toma mi mano y la besa, o cuando me arregla un mechón rebelde detrás de la oreja.

No soy ninguna psicótica, puedo ver completamente la envidia de cada mujer en treinta kilómetros en la redonda por no tener un novio tan adorable como el mío. Rita, sin ir más lejos, siempre está bromeando con que si alguna vez lo dejo, debo avisarle para que ella pueda ir a consolarlo. Ambas sabemos cuando cruzamos una mirada, que no bromea. En este mundo tan loco, hay un mercado increíblemente grande para chicas buscando un solo chico que no sea un absoluto patán. Y Gabriel ya ha demostrado por más de dos años que puede ser un novio perfecto.

—Lo digo en serio, hay una fila de chicas esperando tras de mí. Si doy el más pequeño paso en falso, estarán sobre ti como una avalancha.

—Entonces te atraparé a tiempo antes de que caigas por ese paso en falso —Gabriel me pasa una mano por la cintura—. No quiero revivir ninguna escena de El Rey León.

Me apoyo ligeramente sobre él. Tengo un poco de frío y él tiene el cuerpo tan tibio que solo quiero abrazarlo y olvidar el mundo.

—¿Estás bien, Lu? —Pregunta cuando me niego a dejarlo ir—, ¿se solucionaron los problemas en el trabajo?

Entierro mi cara en su hombro, tratando de no evidenciar que necesito inventarme algo. Por fin viene a mi cabeza un episodio de hace unas semanas que no llegué a contarle y le suelto todos los detalles como si acabara de pasar.

—¡Y ella me gritó! Ni siquiera era mi culpa, pero se descargó conmigo.

Gabriel me acerca más a él y me da un pequeño beso en lo alto de la cabeza.

—A veces eres demasiado buena para tu propio bien, Lu.

Desvío la conversación a su trabajo. Me he prometido no decirle nada hasta que pase al menos una semana entera...y hoy se cumple el plazo. Mi celular no deja de recordármelo:

7 Días de retraso

—Sigues distraída —me acusa Gabriel.

—Solo estoy cansada.

Él me atrae a sus brazos.

—Cintura —dice mientras coloca sus manos en ella.

Me relajo inmediatamente contra él. Es este pequeño juego que tenemos, que me hace sentir que conectamos en un nivel más adorable que un cachorrito. Gabriel lo empezó la primera vez que nos acostamos y desde entonces descubrió que podía traerme de vuelta con él.

—Suficiente. Entraremos en la siguiente librería con la que nos crucemos.

—Eso es trampa, sabes que hay una en la siguiente cuadra.

18 díasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora