CAPÍTULO 6

13.9K 1.5K 959
                                        

Annelie

Di vuelta toda la casa. Busqué debajo de cada uno de los almohadones del sofá, bajo la cama, en el cajón de los cubiertos, la ducha, la piscina. Nada. Vacié el armario dos veces, hasta metí la mano en el inodoro. No está. Mi pulsera de plata no está.

—¡Mierda!

¿Cómo puede ser? La llevo puesta todos los malditos días. Durante el fin de semana no noté su ausencia, estuve arrancándome los pelos mientras intentaba averiguar quién está detrás de ese correo.

«SÉ. QUIÉN. ERES.»

El remitente es una cuenta fantasma. No tengo más que tres palabras que amenazan con derrumbar lo que construí. A mí.

Vacío la cartera por tercera vez en menos de diez minutos, esparzo todo el contenido sobre la cama. No está, la pulsera no está. La necesito tanto como respirar. Ese metal forma parte de mí, me recuerda quién soy. Me susurra cada día que soy libre.

Maldigo mientras guardo la billetera, la agenda, el maquillaje y el resto de las porquerías que uno lleva en la cartera, cuando el foco se enciende sobre mi cabeza. Esa noche. Fue esa noche a la salida del trabajo, cuando el sapo tatuado me ayudó con el auto después de haberme sacado al infradotado de Luca de encima. Lo recuerdo. Tiene que haber sido cuando forcejeaba con Luca o cuando vacié mi bolso en el asfalto para buscar la tarjeta de la grúa.

Carajo, la perdí. La perdí para siempre.

Me siento en la cama, mis dedos aprietan las sábanas blancas. Mi pecho sube y baja a un ritmo bestial. Estoy perdiendo el control. Estoy sintiendo.

¡Qué estúpida fui! ¡Qué descuidada!

Cierro los puños y golpeo el colchón, los gritos queman en mi garganta, incineran mi voz.

El escozor comienza a trepar por mis pies. Para cuando llega a mi cuello, me estoy rascando hasta que la piel me arde y la sangre se cuela debajo de mis uñas.

—No. No, no, no...

Mamá no está, salió a buscar trabajo. Ella no trabajaba, pero ahora que a papá lo echaron de la fábrica tiene que hacerlo. Elías tendrá que hacerlo pronto también, papá dice que es un hombre. No me parece que lo sea, ve los dibujos animados conmigo y va a la escuela. Tiene quince años. ¿Ya es un hombre? Se lo preguntaré a la señorita Julia mañana.

—Pueden empezar —dice papá, dejando sus cubiertos al lado de su plato vacío.

Asentimos sin hablar, como debe ser. No hay que hablar si a uno no le preguntan algo.

Mis pastas están frías y no tienen salsa ni queso. Elías dice que estamos ahorrando, pero no sé lo que significa. También debo preguntárselo a la señorita Julia, ella sabe todo. Peleo con los fideos pegados mientras Caín y Abel ponen cara de asco. Caras que espero que papá no vea.

Elías se termina su plato sin respirar. Mamá siempre dice que come rápido porque está creciendo, pero yo creo que es porque no le gusta sentarse a la mesa. A él siempre le toca al lado de papá.

La comida sabe al plástico de mi regla, el hambre deja de hacer ruido en mi panza.

—¿No van a comer?

Su voz baja nuestras miradas. Me concentro en la pasta blanca.

—No tengo hambre, señor —respondo sin mirarlo. No se le puede mirar directo a los ojos, excepto lo pida.

—¿Caín? ¿Abel?

Mis hermanos niegan con la cabeza, sus flequillos rubios se sacuden con el movimiento. Me gustaría tener el pelo como ellos, Elías también lo tiene así. Pero el mío es negro. Negro como el sótano y el ojo que le falta a mi oso de peluche.

EXIMIDOSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora