Y peor que muero...

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Anduve hasta la mesa para comprobar que, efectivamente, no me había dejado ni una cucharadita... me miró sentado, como un indio, des del suelo mientras devoraba una caja de cookies de chocolate blanco.

Le imité y me senté a su lado, ayudándole a acabar con esa industrial cantidad de galletas.

- ¿Otra pesadilla? – La mayoría de veces que nos encontrábamos aquí era por ese mismo motivo, algunas veces se las contaba y otras prefería quedar en silencio. Asentí con la cabeza, no tenía muchas ganas de conversación así que simplemente le pedí que me sacara el helado de vainilla del congelador y me pasase una cuchara mientras, ambos, observábamos los envoltorios de dulces en silencio.

A la mañana siguiente me desperté muy cansado, me froté los ojos mientras cogí mi pierna metálica y, medio moribundo por el sueño, anduve hasta el comedor. Seguía con hambre, el estrés a veces podía conmigo.

Me senté mirando a mi alrededor, parecía que Hinata y Jiraya tenían mis mismas costumbres, después de todo, el pijama rosa de ositos de peluche de mi mejor amiga resaltaba demasiado. En cambio, Jiraya tenía un pijama igual de serio que él.

Impasible, observé al rey de Roma andar hacia mi mesa.

- Buenos días... - dije bostezando con desgana. Él alzó una ceja.

- ¿No tienes nada que contarme?

- Las pesadillas son solo eso. – Mentira, burda mentira pero creíble para la gente que no conocía mi existencia.

- A estas alturas no puedes engañarme. – Suspiré con cansancio mientras le echaba una ojeada a las tortitas. Jiraya enseguida se alejó para empezar a servir un plato con extra de sirope de chocolate.

Había demasiado que ganar. Mucho que perder. Un traidor... pero... ¿quién?

Le prometí a Jiraya que si era una situación que nos afectara a nosotros se lo contaría, él creía que era el único que podía protegernos pero, mis compañeros se podían sentir traicionados al saber que sabía que había alguien entre ellos que se había chivado a los malos.

¡Aaaaaah!

Con las manos en mi cabeza, cubrí mis ojos, pensando en Shino... Ahora entendía su antisocialidad. La vida era demasiado complicada, aunque no podía dejarlo pasar como con otros pequeños asuntos, esto era importante.

Ahora mismo tenía dos opciones. Ninguna de ellas me gustaba.

Simplemente recurriría a medidas algo... drásticas, pero efectivas. Esperaba.

Paciente como un depredador esperé a la caída de la noche y me colé en el despacho de Jiraya...El único lugar de esa pequeña fantasía que tenía contacto con el mundo real.

A los tres pitidos oyó como descolgaban el teléfono.

- Necesito tu ayuda.



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Entré en la clase dejándome caer sobre ese asiento de madera robusta y molesta que resonó, como si se quejara por mis bruscos movimientos. A su vez, solté un resoplido.

- Estáis cometiendo un error. – Confesé ante la mirada altiva de Jiraya. Sabía que se estaba reteniendo solo porque Kurenai había dicho que aún estaba recuperándome. Tonterías. Ya participaba activamente y en secreto en las clases de Gai, estaba orgulloso de poder decir que algunas veces había vencido a su maestro en las sombras, aunque algunas veces la pierna derecha le causaba molestias pero nada de lo que preocuparse.

- Es la tercera vez esta semana que... - Jiraya no terminó, simplemente apretó sus puños con fuerza. Sabía perfectamente que lo que más deseaba su tutor era que cumpliese la formación básica, cumpliese la mayoría de edad y pasase a manos del Estado. Genial, pasaría a estar encerrado en una habitación con cuatro paredes, una puerta con más seguridad que el Banco Nacional y... Un cristal reflectante. Sería una perfecta cobaya para esos investigadores raros y, de paso, les ayudaría a llevar a su país a la gloria. Después de todo, su vida dependería de ello.

No era tan estúpido como para no haber echado una ojeada a su futuro después de que casi ocurriese aquello. Iba con pies de plomo. Demasiadas vidas dependían de ello.

Observó las miradas de sus compañeros de clase.

No quedaba nada del gentil Shino.

La amabilidad de Hinata. 

La sonrisa de Konohamaru. 

Sus noches en secreto con Udon. 

Las travesuras con Moegi. 

La positividad de Lee.


Todo había sido arrasado por la desconfianza y el miedo.

Sonrió con sorna mientras observaba el paisaje que le ofrecía el ventanal. Algún día lo conseguiría. Ese ya no era su lugar. El libro de su abuela ya era una parte de su memoria, leído y releído, era un auténtico artista a la hora de predecir, aunque debía hacerlo por su cuenta.

Para evitar la masacre de su visión hizo lo que debía hacer. Recurrió a su peor enemigo en busca de ayuda... El olvido. Pero funcionó, nunca hubo una fiesta de cumpleaños, nunca hubo una masacre. Sus compañeros de clase ya no recordaban tan siquiera su comida favorita.

Con saña, empezó a maquinar su nueva oportunidad para escapar, hasta que el ruido de la puerta abriéndose interrumpió sus planes. Se fijó en la expresión de Jiraya, enseguida supo que más problemas se avecinaban.

Kurenai entró seguida de dos rostros más que conocidos. Mi corazón dio un salto olímpico al verlos, el terror viajó por mis venas más rápido que la adrenalina. Apenas podía respirar.

- A estas alturas es extraño que entren más alumnos... - Jiraya repasó con la mirada a los nuevos, ellos mantenían su vista fija al fondo de la clase... estaba seguro que los posters de planetas no eran tan interesantes. – Pero es posible.

- ¿Queréis presentaros? – Kurenai estaba siendo amable, eso era extraño. Esa misma mirada me la había dado únicamente con mi primer paso. Cerré mis ojos, concentrándome en dos miradas crueles. Aislándome de sus palabras llenas de frialdad y dolor al hablar. 

VANISHEDDonde viven las historias. Descúbrelo ahora