Capítulo Seis

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Me han dado algo para el dolor. Una inyección de no sé qué y pastillas para llevarme luego a casa. No me importaría que me dejaran noqueado, que me hicieran dormir durante la próxima semana. Pero creo que será lo justo para calmar las palpitaciones.

Mi madre está hablando con el médico mientras la enfermera termina de aplicarme pomada en las quemaduras, que acaban de limpiarme de un modo terriblemente doloroso. No quería venir al hospital. Traté de convencer a mi madre de que un poco de caléndula y una poción de lavanda serían suficientes, pero ella insistió. Y ahora, honestamente, me alegro bastante de que me hayan puesto la inyección. También resultó divertido escuchar cómo mamá trataba de inventarse la mejor explicación. ¿Un accidente en la cocina? Tal vez un accidente con una fogata. Optó por la fogata, convirtiéndome en un patoso y explicando que había caído sobre las brasas y básicamente había rodado empujado por el pánico. Se lo tragarán. Siempre lo hacen.

Tengo quemaduras de segundo grado en las espinillas y los hombros. La de la mano, de la puñalada final con el áthamees bastante más leve, de primer grado, casi como una quemadura solar. Aun así, una quemadura solar en la palma de la mano jode bastante. Imagino que estaré sujetando latas de refresco helado durante los próximos días.

Mi madre regresa con el médico para que puedan empezar a colocarme las gasas. Titubea entre lágrimas y consternación. Alargo el brazo y le cojo la mano. Nunca se acostumbrará a esto. La consume, más que cuando se trataba de mi padre. Pero en ninguno de sus sermones, en ninguna de sus broncas sobre tomar precauciones y ser más cuidadoso, me ha pedido jamás que lo deje. Pensé que lo haría después de lo que sucedió con el hechicero obeah el pasado otoño. Pero lo comprende. No es justo que tenga que hacerlo, pero resulta mejor así.

***

Scott y Lydia se presentan al día siguiente, justo después del instituto; entran prácticamente derrapando en nuestro camino de acceso, cada uno en su coche. Irrumpen sin llamar y me encuentran medio drogado sobre el sofá, viendo cómodamente la televisión y comiendo palomitas de microondas, con un paquete de hielo en la mano derecha.

—¿Ves? Te dije que estaba vivo —exclama Scott. Lydia parece perpleja.

—Has apagado el teléfono —me dice.

—Estaba enfermo en casa. No me apetecía hablar con nadie. Y me imaginé que estaban en el instituto, donde las normas prohíben perder el tiempo mandando mensajes de texto y haciendo llamadas.

Lydia suspira y deja caer la mochila al suelo antes de derrumbarse sobre el sillón de orejas. Scott se sienta en el brazo del sofá y alarga la mano hacia las palomitas.

—No estabas «enfermo en casa», Derek. Llamé a tu madre. Nos lo contó todo.

—También estaba «enfermo en casa». Como lo estaré mañana. Y pasado mañana. Y probablemente al día siguiente —es polvoreo más queso cheddar en el cuenco y se lo ofrezco a Scott. Mi actitud está exasperando a Lydia. Para ser sincero, me está exasperando incluso a mí. Pero las pastillas me atenúan el dolor y me embotan la mente lo suficiente para no pensar en lo que sucedió en Dutch Ironworks. Así no me tengo que preguntar si lo que vi fue real.

A Lydia le gustaría sermonearme. Puedo ver la reprimenda revoloteando en sus labios. Pero está cansada. Y pr eocupada. Así que opta por alargar la mano hacia las palomitas y me dice que me pasará los deberes de los próximos días.

—Gracias —contesto—. Tal vez falte también parte de la próxima semana.

—Pero es la última semana de clase —dice Scott.

—Exactamente. ¿Qué pueden hacerme? ¿Suspenderme? Sería demasiado esfuerzo. Ellos simplemente quieren que llegue el verano como nosotros.

Intercambian una mirada, como si hubieran decidido que soy un caso perdido, y Lydia se levanta.

-PAUSADA- El Chico Desde el Infierno - Sterek (Adaptación)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora