Uno.

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No soy de las que se despiertan con una sonrisa cantando “qué bonito es vivir”. Pero esa mañana me sentía diferente. Tal vez era por los nervios del primer día o porque, después de mucho tiempo, sentía que algo emocionante podía pasar.

Me llamo Bárbara, aunque si me preguntas, prefiero que me digas Barbie. Lo he escuchado tantas veces que terminó gustándome. Tengo 16 años, y este es mi último año de colegio. La mayoría dice que soy la chica que lo tiene todo: ropa, actitud, autoestima, y sí, belleza también. No lo digo con arrogancia, simplemente aprendí a reconocer lo que tengo… y lo que no.

Mi día comenzó como la mayoría: una ducha larga, de esas que parecen limpiar hasta los pensamientos. Luego vino la parte difícil: escoger qué vestido usar. Mi armario estaba lleno, pero parecía que nada era suficiente para el "primer día de clases". Tacones o zapatillas... opté por los tacones. Si iba a pisar fuerte, mejor que se note.

Un poco de maquillaje —solo lo justo— porque jamás me gustó ocultar lo que me hace única. Siempre he creído que hay una línea delgada entre resaltar y exagerar. Y yo prefiero resaltar.

Guardé mi cuaderno rosa y algunos libros en mi cartera. Estaba lista. Lista para ser mirada, envidiada y también —por qué no— admirada. No esperaba menos.

—Harry, ¿acaso me has dejado sola en mi primer día de clases? —dije en medio del pasillo, esperando que alguien en especial pudiera escucharme. Estaba por rendirme hasta que sentí dos manos en mis caderas, haciéndome sobresaltar.

—Hola. —Le sonreí. Los hoyuelos de mi mejor amigo hacían juego con su linda sonrisa.

—¿Qué hacías que no te veía? —reí mientras pasaba mi mano por su cabello. Él me miró, fingiendo estar molesto, y pude anticipar su reacción al ver cómo su mano se acercaba a mi cabeza.

—No seas dramática. Lo importante es que estoy aquí. —Despeinó mi cabello.

—¡No te pases! —le amenacé con el dedo índice y volví a arreglarme el peinado. Los dos estallamos en carcajadas.

—¿Sabes qué es lo que quería hacer? —Negué con la cabeza mientras avanzábamos.
—Buscaba a Jade. —No sabía cómo quería que reaccionara Harry; él sabe muy bien que la odio y ella me odia a mí.

Rodé los ojos. Jade es la novia de mi amigo. Es como mi archienemiga en este colegio. Podría estar con diez mil hombres y Harry no se daría cuenta. Me tenía cierto odio por mi cercanía con él, pero nada ni nadie podrá separarnos como amigos.

—Al menos actúa como si te agradara la novia de tu mejor amigo —dijo algo molesto, espantando los pensamientos que tenía.

—Sabes lo que pienso de ella —dije mirando a otro lado. Me pondré a rezar para que mi amigo se dé cuenta del tipo de novia que tiene.

—Bueno, pero cuando tengas a alguien y no me agrade, ya verás lo que se siente. —Volteé a verlo con burla. Él sabe que, según yo, no hay nadie a mi altura. Nadie puede tener la suerte de llamarme "novia".

—No me gusta nadie de este colegio —dije con desdén. Él empezó a reír, así que agregué:
—Todos son feos —haciéndolo fruncir el ceño.

—Menos yo, por supuesto. —Ahora fue mi turno de reír. Sinceramente, con él no me puedo enojar. Es tan adorable, y siempre busca la forma de hacerme reír.

—Menos tú, Harry. Tú eres perfecto. —Me encontré pellizcando sus cachetes con una voz más fina de lo normal.

El sonido de unos tacones retumbando en el pasillo nos sacó del gracioso momento en el que estábamos.

Mi sonrisa se borró al ver la silueta de su noviecita acercándose. Perra infiel.

No podía ocultar mi cara de desagrado cuando cruzamos miradas. Al parecer, a ella tampoco le era difícil hacer lo mismo.

—Amor, qué bueno que te encuentro. —Prácticamente jaló a Harry para darle un beso exagerado. Mis manos quedaron en el aire.

—También te estaba buscando —agregó mi amigo mientras sostenía su cintura. Parecía que sobraba en ese lugar, así que aclaré mi garganta. Harry volteó con una mirada suplicante.

—Claro, ve. Al parecer anda necesitada. Nadie le da la atención que necesita. —La chica me fulminó con la mirada y se fue con Harry al costado, moviendo las caderas de una forma que daba pena ajena.

Intentando olvidar la escena, caminé por los pasillos que se me hacían más largos que el curso de matemáticas, mientras jugaba con mi cabello y escuchaba halagos desde todas partes. Estaba tan acostumbrada a ellos que algunos ya se me hacían repetitivos.

No quería que mi primer día se arruinara por Jade. Algo me decía que este año sería diferente. Conocería nuevas personas, iría a fiestas y disfrutaría este último año como nunca.

Mi mirada se detuvo en un chico que bebía de una botella de agua. Si me preguntan, fue la escena más caliente que haya visto. Vestía un pantalón negro ajustado y una casaca de cuero. Me acerqué, curiosa.

—Hola. —El chico me miró de arriba abajo, deteniéndose sin vergüenza alguna en mi escote, que era algo provocador. Ladeé una sonrisa al ver su reacción.

—Hola. —Dijo, devolviendo su mirada a mis ojos, acompañado de una sonrisa con un toque de misterio y frialdad. Era demasiado excitante.

—Me llamo Bárbara. Pero tú puedes decirme Barbie —le guiñé un ojo mientras le ofrecía mi mano en señal de saludo. Mi voz había salido más fina de lo normal.

—¿Ah, sí? —Me sonrió de lado. Sentía su cercanía cada vez más, hasta el punto de cerrar los ojos y esperar un beso.

—No me interesa.

Me quedé con cara de pato. Cuando abrí los ojos, ya no estaba. Lo vi alejarse, caminando todo orgulloso. ¿Qué se creía? Una cucharada de su propia medicina no le iría nada mal.

Barbara Z.M  (En Edición) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora