Tres.

4.6K 160 4
                                        

Regresando por los pasillos, perdida entre mis pensamientos, lo vi a lo lejos: Zayn, apoyado contra la pared, fumando con el tipo de despreocupación que solo alguien como él podría permitirse. Ese chico tenía lo peor... pero también lo mejor. Su aura oscura, desafiante, tenía un magnetismo que me sacaba de quicio. Y aun sabiendo que no quería tenerme cerca, no dudé ni un segundo en acercarme.

—Sabes que estamos en la escuela y no se puede fumar —dije, apareciendo de la nada. Quería sobresaltarlo, y lo logré. Me lanzó una mirada tan filosa que, si fuera un poco más sensible, me habría echado a llorar en el acto.

—Te dije que no te me acerques —gruñó con voz perezosa, volviendo a meterse el cigarro en la boca, como si mis palabras fueran humo también.

—Qué humor el tuyo —rodé los ojos y me senté a su lado. Él me miró como si fuera la última persona que desearía tener cerca.

—¿Deseas algo? —preguntó con cinismo, apagando el cigarro lentamente antes de enfocar su mirada en mí. Me perdí unos segundos en esos ojos color avellana, profundos, con esas pestañas largas y oscuras que lo hacían parecer más una maldita obra de arte que un simple estudiante.

Sacudí la cabeza suavemente, intentando no derretirme ante su presencia.

—¿Qué harías por mí? —pregunté con una sonrisa juguetona, echándome el cabello hacia atrás.

—Es sarcasmo.

—Lo sé —respondí, disfrutando cada momento de su fastidio. Mientras él desviaba la mirada, aproveché para mirarlo mejor: zapatos negros impecables, pantalón entallado del mismo color, camiseta blanca ajustada y una camisa de cuadros rojos y negros colgando abierta. La barba incipiente le daba un aire de rebeldía peligrosa. Zayn Malik era el tipo de chico con el que sabías que ibas a terminar herida… pero aun así, querías lanzarte al fuego.

—Deja de verme así —dijo, esbozando una sonrisa burlona—. Te puedes enamorar.

Me sonrojé, lo odié por eso, y traté de esconderme detrás de mi cabello.

—Qué gracioso eres —dije con falsa dulzura. —Solo vine a recordarte que tenemos un trabajo pendiente, y que iré a tu casa. Así que será mejor que empecemos cuanto antes.

Me levanté, satisfecha con haberlo picado un poco más. Sabía que le molestaba, y eso me encantaba.

—No me lo recuerdes —respondió con una mueca—. Me vas a hacer arrepentirme y terminar cambiándome de colegio.

No dije nada. Me quedé un momento más a su lado, hasta que noté que su atención ya no estaba en mí. Seguía su mirada con la vista… y ahí estaba ella.

—¿Jade? ¿En serio? —chasqueé los dedos frente a él, molesta. Me había ignorado por ella, la que más odio en toda esta maldita escuela.

—¿Qué? —reaccionó como si lo hubiera sacado de un trance.

—Intento ser amable, te doy conversación, y tú prefieres mirar traseros ajenos. Genial. Me largo —dije, sintiendo una rabia irracional. Odiaba ser ignorada, y él acababa de hacerlo sin una gota de remordimiento.

Me di la vuelta y comencé a caminar.

—No te pongas celosa —soltó él, con esa voz burlona que podía sacar lo peor de mí.

—¿Yo? ¿Celosa? ¿Quién te crees? —espeté sin mirar atrás.

Y sí, estaba celosa. Odio admitirlo, pero esa sensación asquerosa estaba ahí. Aunque tenía que reconocerlo... que bien se siente cuando es a ti a quien celan.

Caminé por los pasillos con una sonrisa triunfante. Salí al campus, lleno de adolescentes ruidosos, y rodé los ojos. ¿Amigas? ¿Para qué? Si tengo al mejor amigo del planeta.

Me senté, saqué el celular para revisar mensajes cuando una voz familiar interrumpió mi paz.

—¿Me puedo sentar aquí?

Levanté la vista. Era ella. Jade.

—No. Pero si quieres, puedes sentarte allá —dije señalando unos asientos cerca de los tachos de basura—. Al menos tendrás compañía de tu nivel.

Me fulminó con la mirada antes de alejarse, moviendo todo lo que no tenía. Justo en ese momento, otra voz apareció.

—Tú no quieres a nadie cerca, ¿verdad?

Me giré de inmediato. —¿James? —dije con sorpresa. Su sonrisa confirmó que era él.

James. Lo conocía desde que tenía siete años. Cuando cumplí trece, me pidió ser su novia varias veces, pero nunca estuve segura. Aún así, él siempre estuvo presente.

—¿Cuándo regresaste? —pregunté, abrazándolo fuerte. El año pasado se había ido de viaje y lo extrañé más de lo que admitiría.

—Ayer. No te escribí, quería darte la sorpresa —me respondió con esa sonrisa que siempre me tranquilizaba.

—¿Estudiarás aquí? —pregunté emocionada.

—Sí. Hoy me inscribo —contestó. Y justo entonces, sin razón alguna, giré la cabeza… y lo vi.

Zayn. Nos estaba mirando. Fijamente. Su expresión... era indescifrable. Casi peligrosa.

—¿Quién es él? —preguntó James, haciéndome volver a la realidad.

—Un compañero —respondí, sin poder dejar de mirar hacia Zayn. —Pero no te lo recomiendo. Es... difícil.

—Se nota —comentó—. Lo dice todo: su forma de andar, su ropa, el cigarro… su moto. Tiene cara de problemas.

“Moto.” Esa palabra me atrapó. Volteé a verlo: Zayn sostenía un casco, y por un segundo, me quedé sin aire. Ese chico con una moto… parecía sacado de una película.

—¿Te traigo un balde para tu baba? —soltó James riéndose. Lo miré con fastidio.

—Me parece interesante. Solo eso —dije, aunque incluso yo sabía que no era solo eso.

—Claro, claro... —rió. Luego su atención cambió—. ¿Quién es ella? —preguntó señalando a una chica con gafas y una torre de libros.

Fruncí el ceño. —¿Por qué?

—Es linda —dijo casi hipnotizado.

—¿Te gusta Danielle? —pregunté sorprendida.

—Hasta su nombre suena lindo. Danielle… Da-nie-lle. Suena francés.

—¿Quieres un balde tú también? —bromeé, devolviéndole la frase.

Pasamos un rato riendo y compartiendo anécdotas. Me había olvidado lo divertido y loco que podía ser James.

Pero de pronto, su expresión cambió.

—Creo que es hora de irme —dijo, mirándome con una mezcla de incomodidad y broma.

—¿Eh?

—Tu amigo ya viene... y sí, da miedo. Quiero seguir vivo.

Antes de poder preguntar más, una voz áspera me alcanzó por la espalda.

—Barbara. Quiero hablar contigo.

¿“Quiero”? No, no, no… esa no es la palabra adecuada, querido.

—Bueno James, fue un gusto verte. Nos vemos luego. No olvides escribirme —le dije, dándole un beso en la mejilla y pasando de largo a Zayn.

Sentí sus pasos detrás de mí. Sonreí. Así era como me gustaba tenerlos.

Llegué a mi casillero, lo abrí... pero una mano lo cerró de golpe. Me giré, sobresaltada y molesta.

—Te dije que quiero hablar contigo —dijo él, con seriedad.

—¿“Quiero”? —repetí con una ceja en alto y una sonrisa burlona—. No, no. Se dice “necesito”.

Di media vuelta.

—Y yo no quiero. Así que te aguantas.

Barbara Z.M  (En Edición) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora