Cuatro.

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Escuché un golpe seco contra mi casillero. Si seguía así, iba a terminar arrancando la puerta. Luego, unos pasos apresurados detrás de mí, y de pronto se posicionó frente a mí, deteniéndome. Iba a decir algo, pero noté cómo cerraba los ojos y respiraba hondo.

—¿Puedo hablar contigo? —sus palabras salieron como si le costaran, como si admitir que necesitaba algo lo hiriera.

Me quedé mirándolo, hipnotizada por sus pestañas. Incluso con los ojos cerrados era increíble. Tragué saliva justo cuando Zayn los abrió de golpe.

—Déjame pensarlo —respondí con una sonrisa. Su expresión casi suplicante me desarmó, parecía algo serio. Suspiré—. Está bien, habla.

—No soy de pedir favores, pero eres la única persona con la que he hablado de verdad en esta escuela, y… tengo que admitir que pareces de fiar —exhaló con fuerza—. Tengo dos hermanas pequeñas a mi cargo. ¿Podrías cuidarlas hoy?

Me sorprendió. ¿Zayn… con hermanas? Y lo peor: sonó tierno. Me lo imaginé cargando mochilas rosas o trenzando cabello y sentí que el corazón se me derretía.

Asentí. —Claro. ¿Hasta qué hora?

Suspiró aliviado.

—Gracias —dijo con una sonrisa que, si no me hacía caer de rodillas, era por puro orgullo. Sus dientes perfectos, sus labios… me nublaron por un segundo.

—De nada —murmuré. Me acerqué, dudando, pero vencí la timidez y le di un beso en la mejilla. Él frunció el ceño al apartarme—. Supongo que hoy no podemos hacer el trabajo.

—Creo que es mejor dejarlo para otro día. Realmente me has salvado hoy —dijo, ahora serio, pero su voz seguía sonando amable.

No entiendo qué me pasa con él. Me pierdo.

—Oye, no te ofendas… ¿son reales? —preguntó de la nada, bajando la mirada.

Lo miré sin comprender. ¿Qué acaba de decir?

Seguí la dirección de sus ojos. Oh. Ya entendí.

—¿Eh? ¡Claro que sí! ¿Por quién me tomas? No creo parecerme a las que te gusta mirar —solté con tono burlón.

—¿Quiénes? —preguntó confundido.

—Chicas que no vale la pena conocer —dije, como si escupiera las palabras.

—¿Te refieres a… una como ella? —señaló a una rubia desconocida. Negué. —¿A ella? —señaló a otra morena. Tampoco.

—Creo que ya sé de qué tipo de chicas hablas —comentó, mientras escaneaba el lugar con la mirada. ¿Por qué tanta curiosidad?

—¿Ella? —señaló, y al girar vi a Jade. Rodé los ojos con fuerza. ¿Algún día dejaré de odiarla? Probablemente no.

—Sí —dije sin ganas.

Zayn me miró extrañado.

—Pensé que eran amigas.

Me eché a reír.

—¿Amigas? ¡Por favor! La odio —confesé sin filtro. Él rio también, negando con la cabeza. Su risa… tan limpia, tan poco común en él. Me atrapó.

Terminamos de hablar y me fui a clase de deporte con una energía que no sabía que tenía. Al salir, fui directo al estacionamiento a esperar a Zayn. Se estaba tardando más de la cuenta.

—Hola, Barbie —me saludó Harry. Sonreí. No lo había visto en todo el día y, para ser sincera, ya extrañaba sus tonterías.

—¿Qué has hecho hoy que no tuve tu trasero cerca? —pregunté, fingiendo indignación.

Su sonrisa mostró sus hoyuelos y esa dentadura que parece sacada de comercial de pasta dental.

—Fui el secretario de la directora —dijo con orgullo.

Reí.

—¿Y…?

—Compartí puesto con una chica… es hermosa —agregó, medio raro.

—Tranquilo, ¿y Jade? —pregunté, recordándole su “novia”.

Hizo una mueca y se acercó para que nadie escuchara.

—La verdad, he estado pensando… y creo que es mejor terminar la relación.

Abrí los ojos, sorprendida. Sonreí.

—¡Acabas de arreglarme el día!

En eso, sentí pasos detrás de mí, seguidos por el sonido de unas llaves. Me giré. Zayn, con su cara seria de siempre, estaba justo ahí.

—Al fin apareces. Llevo rato esperando —le dije.

—No creo que te hayas aburrido —respondió, lanzando una mirada que no me gustó para nada… directamente a Harry.

—Bueno, creo que me voy —dijo Harry con una sonrisa traviesa—. Tu pareja quiere estar a solas contigo… perdón, tu pareja de trabajo. No quería incomodar.

Reprimí una carcajada al ver la cara de Zayn. Harry se alejó, susurrando un “luego me cuentas”.

—Espero que le expliques que no soy nada tuyo —dijo Zayn, sin mirarme.

Empezó a caminar. Salí de mi pequeño trance y lo seguí… hasta que vi la moto.

Ni loca.

—¿Me estás diciendo que… me voy a subir a esa cosa?

Barbara Z.M  (En Edición) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora