Cinco.

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Zayn se subió primero a la moto. Ajustó su casco con calma y encendió el motor. El rugido metálico me hizo temblar: potente, intimidante… como él. Volteó hacia mí, esperando. Con ese casco, su aire de motociclista lo hacía ver aún más irresistible.

Me extendió el casco extra.
—Súbete.

Fruncí el ceño y aparté el casco.
—No pienso subir a esa cosa.

Zayn arqueó una ceja, impaciente.
—Prometiste cuidar a mis hermanas.

Solté un suspiro exagerado.
—Puedo tomar el autobús, gracias por tu preocupación —dije con una sonrisa desafiante.

Zayn me negó con la cabeza.
—No, Barbie. Sube. No te va a pasar nada malo.

"Barbie". Cada vez que lo decía sonaba como una burla dulce. Me debatía entre la lógica y las mariposas. Subirme a esa moto era igual a entregarle el control. Y eso… eso me aterraba.

Zayn bufó y se bajó con frustración. Se acercó a mí, su mirada oscura sosteniéndome.
—No te va a pasar nada. Te lo prometo. Solo tienes que confiar en mí y abrazarme fuerte.

Estaba por responderle con un comentario sarcástico, cuando una voz me interrumpió.
—¿Todo bien, Barbara? —Era James, y su tono sonaba preocupado.

Lo saludé con una sonrisa y lo abracé, más por impulso que por protocolo. Sentí los ojos de Zayn clavados en nosotros. Se notaba. Como si el aire se tensara entre ambos.

—¿Te llevo a casa? —preguntó James al separarnos.

—Gracias, pero voy a la casa de Zayn. Prometí cuidar a sus hermanas —respondí intentando que sonara natural. James frunció el ceño. Su mirada fue directa hacia Zayn, que ya tenía su expresión impenetrable.

Un silencio pesado flotó entre los tres.

—Bueno… está bien —murmuró James, no muy convencido. Se acercó a mí y me dio un beso tierno en la mejilla. Zayn ni parpadeó. Pero sus labios se apretaron con fuerza.

—A ustedes sí que les encanta el drama —murmuró Zayn en voz baja.

Le lancé una mirada afilada.
—¿Te molesta en algo?

No respondió. Solo bufó y se dio la vuelta, revisando su reloj antes de subirse de nuevo a la moto. El sonido del motor llenó el estacionamiento.

—Sabes qué… olvídalo. No quiero seguir perdiendo el tiempo —dijo con un tono seco.
—Buscaré a otra persona que cuide a mis hermanas. Y disculpa por lo del trabajo, lo dejamos para otro día.

"Perdiendo el tiempo". Sus palabras me dolieron más de lo que quería admitir.

—¡Zayn! —lo llamé justo cuando estaba por arrancar.

Se detuvo, esperando.

Tragué saliva.
—Iré contigo.

Y entonces lo vi sonreír. Una de esas sonrisas casi imposibles de él, como si por dentro estuviera aliviado.

—Sube.

Dudosa, me senté tras él, colocando mis manos en su cintura con cautela. Pero el roce con su espalda y su aroma me desarmaron. Ese chico olía a jabón, cuero y tormenta.

· · ·

El viaje no duró mucho. La casa era más cercana de lo que creía. Una fachada marrón de dos pisos nos recibió, con una señora regando unas orquídeas en el jardín.

—Hola madre —saludó Zayn, quitándose el casco.

—Hola hijo… ¿y esta dulzura? —dijo con calidez, mirándome.

Le sonreí, algo tímida. Nunca imaginé a Zayn con una madre tan amable.

—Es solo una compañera —dijo él sin darme tiempo de presentarme. Me tomó de la mano y me jaló hacia la casa.

Ni siquiera me dejó decir "hola". Qué bruto.

Por dentro, la casa era hermosa. Cálida, luminosa, llena de detalles que hablaban de una familia que, a pesar de todo, tenía raíces fuertes.

—Si quieres puedes tomarle una foto —bromeó Zayn al notar mi asombro. Le saqué la lengua.

Subimos unas escaleras hasta llegar a un pasillo con tres puertas. Una tenía flores, otra corazones, y la última un cartel enorme: “NO MOLESTAR” decorado con grafitis. Esa, sin duda, era la suya.

—¡Waliyha! ¡Safa! —gritó Zayn. Y al momento, dos niñas aparecieron corriendo: una con un vestido celeste, la otra rosado. Sus sonrisas eran puro sol.

—Hola —les dije, agachándome. —Me llamo Barbara, pero pueden decirme Barbie.

Las niñas me observaron curiosas y luego miraron a su hermano.
—Es que tengo que salir un rato con mamá —les explicó—. Barbie las va a cuidar.

—¿Tardarán mucho? —preguntó la más pequeña.

Zayn se agachó frente a ellas. Su expresión fue suave, como no se la había visto nunca. Ese era otro Zayn. Uno que nadie conocía.

La niña del vestido celeste se me acercó y me evaluó de pies a cabeza.
—Me llamo Safa —dijo con una voz dulce—. Eres como mi Barbie.

Me sonrojé.
—¿Eres la novia de Zayn? —preguntó la otra con total inocencia.

Abrí la boca sorprendida, sin saber qué decir. Me imaginé por un segundo cómo sería serlo… y no pude evitar sonreír.

—No, solo soy su compañera —respondí, mientras Zayn observaba desde el marco de la puerta. Sus ojos oscuros analizaban cada gesto, cada palabra.

Revoleó los ojos y se apartó.
—Acompáñame —ordenó.

Lo miré sin entender. ¿Y ahora qué hice? Me llevó directo a su cuarto.

La habitación era exactamente como me lo imaginaba: azul, con grafitis en la pared, una cama enorme y una ventana que daba al jardín. Era su refugio. Su arte estaba por todos lados. Esperé en silencio.

Él también.

Barbara Z.M  (En Edición) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora