Dieciocho.

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Me levanté tardísimo, víctima de mis propios pensamientos que no me dejaron pegar un ojo en toda la noche.

Entré a la ducha casi corriendo, dejé que el agua caliente calmara mis nervios, y salí envuelta en vapor. Busqué lo primero que encontré: un vestido rojo sencillo pero entallado y unos tacones negros que siempre me hacían sentir más segura. Me miré en el espejo, intenté sonreír, pero solo salió una mueca. Comí unas cuantas galletas de camino a la puerta y salí de casa casi volando.

El colegio parecía un desierto. Las aulas ya estaban llenas y las voces de los profesores resonaban en el pasillo como ecos de otro mundo. Saqué mis libros a la carrera, los metí en el bolso como fuera y comencé a caminar a pasos largos.

—¡Ey, linda! Se te cayó esto —escuché detrás de mí. La voz era cálida, jovial.

Me giré, algo sorprendida. Era un chico, un poco más alto que yo, de cabello rubio desordenado y unos ojos celestes tan brillantes que por un segundo olvidé que estaba apurada.

—Gracias —le dije, sonriendo al tomar mi teléfono de sus manos.

No pude evitar fijarme en su sonrisa. Era tan perfecta que parecía sacada de una película adolescente. Sacudí la cabeza, recordándome que no tenía tiempo para distracciones.

—Lo siento, tengo que irme. Ya estoy demasiado tarde —dije, echando a andar nuevamente. Sentí que caminaba a mi lado.

—Te acompaño. ¿Te toca matemáticas?

Asentí sin mirarlo directamente.

—A mí también —agregó él.

—¿Cómo te llamas? —pregunté por cortesía, aunque admito que el chico me parecía encantador.

—Edward. Pero puedes decirme Ed —respondió con una sonrisa que lo iluminó todo.

—Eres bien tierno, Ed —dije sin filtro, y lo vi reír.

—Y tú, hermosa. Aunque tu carita de tomate te hace ver aún más hermosa —añadió divertido, haciéndome sonrojar aún más.

Cuando quise darme cuenta, estábamos frente al salón de clases. La puerta estaba semiabierta, y la profesora nos observaba desde dentro con una ceja arqueada.

—Jóvenes, no tengo tiempo para escuchar su charla. Pasen o los envío directo a la dirección —dijo con su tono habitual de fastidio.

Sentí las miradas de mis compañeros clavadas en nosotros como cuchillas. ¿En qué momento llegamos? ¿Y por qué Ed no me advirtió?

Entramos, y mis ojos se fueron directo al sitio de Zayn. Mala idea. Estaba ahí, recostado, mirando hacia otro lado. Ni siquiera intentó devolverme la mirada. Me mordí el labio y caminé hacia mi asiento. Ed se sentó detrás de mí.

—¿Nuevo amigo? —dijo Harry con ese tono despreocupado que tanto lo caracterizaba. Zayn giró lentamente para observarnos.

—Exacto. Lo conocí hace unos minutos —aclaré, restándole importancia.

—No lo parecía —comentó Zayn con el ceño fruncido.

—Se llama Ed —dije, como si eso calmara algo.

—Es muy tierno con esas mejillas enormes —agregó Harry divertido. Le sonreí.

—Puede comer con nosotros, ¿no? —preguntó, y yo asentí.

—¿Por qué te estaba halagando? —intervino Zayn.

—Tal vez porque soy una chica linda —respondí sin perder la sonrisa mientras sacaba mi cuaderno.

Barbara Z.M  (En Edición) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora