Marcus resopló inquieto y se cruzó de brazos en un vago intento de no parecer nervioso. Al parecer no lo consiguió, porque Rose, desde encima del caballo, puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza. Aquel era un gesto que se repetía día tras día, y últimamente, cada hora, para desazón de Marcus. El embarazo avanzaba cada día de manera notable, pero Rose no quería ser consciente de ello. Por el contrario, cada vez que se lo recordaban, se volvía mucho más temeraria... para temor de su marido, que trataba de convencerla de que entrara en razón. Con el tiempo, dos largos meses, había llegado a la conclusión de que su mujer había enloquecido y que él no podía luchar contra eso. De ninguna manera.
—Rose ¿no prefieres pasear conmigo por el jardín? —preguntó, suavemente, mientras seguía con la mirada las enormes patas del caballo que acababan de comprar.
—De ninguna manera. Este animal es asombroso —contestó Rose con una amplia sonrisa y le espoleó hasta ponerle en un suave trote. Sin embargo, en cuanto notó que su marido fruncía el ceño, le obligó a caminar más lentamente y sonrió.
—Lo sé. Y tú también lo eres pero, cariño...
Rose sacudió la cabeza y se echó a reír. La sobreprotección de su marido estaba yendo demasiado lejos y ambos lo sabían... aunque ella era capaz de comprenderle. A fin de cuentas, también era su primer hijo y, al contrario que ella, no podía saber nada de un embarazo.
Enternecida, desmontó con cuidado y se acercó a él. Sus labios se encontraron a medio camino y solo cuando un discreto carraspeo resonó junto a ellos, se separaron. Scott, su mayordomo pelirrojo y ahora espía, acababa de llegar de casa de los Laine.
Los Meister habían tomado esa decisión tras muchas horas de vigilia y tras darse cuenta de que las cartas que enviaban a Emily no tenían contestación. Isabela tampoco aparecía por ninguna parte, para histeria de Rose. En aquellos dos meses que habían transcurrido, Geoffrey les había mandado infinidad de cartas y en todas ellas hablaba de la joven, de la necesidad absoluta que tenía de volver y de lo mucho que añoraba escucharla. No se había atrevido a escribirla a su propia casa, así que asumía estoicamente el hecho de no recibir contestación. Sin embargo, los Meister sabían que algo no iba bien.
—¿Y bien?—Rose se acercó rápidamente a Scott y al ver su mirada turbada, se estremeció, violentamente—. ¿Qué ocurre, Scott?
—Nada bueno, milady. —El joven mayordomo desvió la mirada, apenado y se rascó la nuca mientras trataba de suavizar el golpe en la medida de lo posible. Había pasado tres días entre los criados, sobornándolos, comprándoles y prometiéndoles locuras hasta que habían cedido—. Los Laine han encerrado a la señorita Emily en una propiedad que tienen al oeste de aquí, cerca de Gloucester. Al parecer, la acompaña un hombre.
—¿Su padre? —Rose palideció y trató de no entrar en pánico. Sin embargo, algo la decía que no era con Cristopher con quien estaba—. Dime que es Cristopher Laine ese hombre, Scott. ¡Dímelo!
—Lo siento mucho, milady. Todo el mundo sabe que es lord Mirckwood, su prometido.
Marcus se envaró ante ese comentario y negó con la cabeza. Las alarmas saltaron con intensidad y, de pronto, muchos de los rumores que había escuchado y que había desdeñado, creyéndolos fruto de una borrachera, cobraron sentido. Hablaban de una boda que daría que hablar. Susurraban sobre un escándalo. Y sobre lo que pasaría después.
No pudo evitarlo y palideció bruscamente. Era incapaz de creer que Cristopher Laine hubiera hecho eso, sobre todo después de haberle prometido una cantidad de oro abusiva. Tembló de rabia, apretó los puños con fuerza y clavó la mirada en Scott. Si, tal y como temía, Emily llevaba en Gloucester más de un mes, significaría que todo por lo que habían luchado no era más que una falacia.
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Recordando lo imposible (Saga Imposibles II) COMPLETA
Historical FictionAlcohólico, mentiroso, mujeriego, asesino... Geoffrey Stanfford no es, ni de lejos, la compañía que alguien desearía. Pero los que lo conocen saben que no todo lo que se dice, es cierto. Torturado por el recuerdo de alguien a quien no pudo salvar, e...
