Tu sonrisa es la más hermosa, sincera y amable que haya visto nunca. Si tu sonríes, yo estoy bien.
.Portada: @Edlyn_Tovar
#Ganadora de los BiasAwards2020.
Hoy fue el día más insípido de todo el año. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte, tiñendo de un naranja melancólico los pasillos del hospital.
Caminé arrastrando los pies hasta mi habitación, me senté en el borde de la cama y me perdí en el paisaje tras el cristal. Deseaba, con una intensidad que dolía, cruzar esa barrera de vidrio: quería correr con mis amigos, volver a las clases, sentir la arena de la playa o el vértigo de un parque de diversiones. Quería la vida que me fue arrebatada, pero el cuerpo no me seguía el ritmo. —No te desesperes —me repetí en un susurro.
El doctor dice que pronto me iré. Ha pasado un año entero desde que este edificio se convirtió en mi mundo; al menos debería estar mejor, ¿cierto? El sonido de la puerta interrumpió mis pensamientos. Mi madre entró con mi hermano pequeño en brazos, trayendo consigo ese aroma a exterior que tanto envidiaba. —Hola, cariño. ¿Cómo estuvo tu día? —preguntó, dejando su bolso sobre la mesa mientras me estudiaba con la mirada. —Mmm —hice una mueca, desviando la vista. —¿Muy aburrido? —asentí en silencio. A veces me preguntaba por qué hacía preguntas con respuestas tan obvias. ¿Qué rastro de diversión podía encontrarse entre paredes blancas y olor a antiséptico? —Sofi se fue —solté de repente. Ella había recibido el alta el viernes pasado— Dijo que vendría a visitarme todos los días, pero no ha vuelto. Siempre es igual: en cuanto alguien cruza esa puerta hacia la libertad, se olvida de los que nos quedamos atrás. —No digas eso —mi madre se acercó y levantó mi mentón con suavidad para que la mirara— Es tu amiga. Quizás tuvo un inconveniente; recuerda que apenas está recuperándose. Dale tiempo. —Sí, debe ser eso —esbocé una sonrisa forzada y me giré hacia el bebé, que tiraba de la blusa de mamá— Hola, pequeño, ¿cómo estás hoy? Jugué con él un rato mientras mi madre organizaba el cuarto, reemplazando las cosas viejas por mudas limpias. El ambiente se sentía pesado hasta que ella mencionó el evento de la noche. —Hoy habrá fuegos artificiales. —Lo sé, los espero con ansias —suspiré— Ojalá pudiera verlos desde el río Han, como antes. Cerré los ojos por un segundo, imaginando el viento fresco y el bullicio de la gente. Era una tradición familiar que el hospital me había robado. —Desde aquí se ven de maravilla, cielo —dijo ella con esa calma eterna que a veces me desesperaba. Sé que mis quejas le duelen, pero el encierro me estaba consumiendo.
—No me estoy quejando, mamá. —No, pero te estás lamentando —corrigió con ternura. Dejó a mi hermano en el coche y me acarició la mejilla— Sé que es duro. Sé que te sientes sola y sin suerte, pero no puedes gastar tus energías pensando en lo que no puedes hacer. Concéntrate en sanar. —Está bien. Es solo que... a veces desearía que todo fuera diferente. —Lo será. Ya lo verás. Cuando cayó la noche, mi madre se marchó hacia su turno de trabajo. El hospital quedó sumido en ese silencio artificial de las horas nocturnas. Yo tenía un plan. Aunque podía ver las luces desde mi ventana, necesitaba sentirlas de cerca. Esperé el momento exacto y me escabullí hacia la azotea. Subí los últimos pisos en el elevador y luego trepé por las escaleras de emergencia hasta que el aire frío de la noche me golpeó la cara. Apenas llegué, el primer estallido de color iluminó el cielo. —Guao... —un susurro a mis espaldas me hizo saltar. Había un chico a pocos metros de mí. Tenía la mirada clavada en el firmamento, deleitándose con las luces. Su sonrisa era tan amplia y sincera que parecía la persona más feliz del mundo. Me quedé hipnotizada observándolo; había algo en su expresión, una mezcla de esperanza y alegría pura, que no encajaba con este lugar. Llevaba el uniforme de paciente. Se había escapado, igual que yo. —Pensé que me los perdía —habló de repente, sin dejar de mirar hacia arriba— Correr cinco pisos valió la pena, ¿no crees? Y eso que odio las alturas. Se giró hacia mí y me quedé congelada. Tras un año de aislamiento voluntario, mi capacidad para socializar se había oxidado por completo. —¿Eres muda? —frunció el ceño y se acercó un poco— ¿Lo eres? —ladeó la cabeza, escrutando mis ojos con curiosidad. Al ver que no respondía, su expresión se suavizó— Oh, lo siento, ¿te asusté? —sonrió con un deje de culpa— ¿Vas a bajar ya o te quedarás un rato más? No supe qué decir, así que simplemente comencé a caminar hacia la salida. Él me siguió. No intentó adelantarse ni se quedó muy atrás; caminaba a mi ritmo, como una sombra luminosa. Quise decirle que dejara de seguirme, pero la idea de que pensara que yo no podía hablar me pareció, extrañamente, una protección conveniente. Entramos al elevador. Él pulsó el botón del piso cinco. —¿Cuál es el tuyo? —preguntó. Yo señalé el seis— Ah, un piso arriba. El destino de los vecinos —soltó una risita. ¿Es que nunca dejaba de sonreír? El silencio se apoderó del cubículo, roto solo por el zumbido del motor. No estaba nerviosa, pero sentía una electricidad extraña en el pecho. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —levanté un dedo indicando un año, pero él lo malinterpretó— ¿Solo un día? ¡Qué suerte! ¿Y tu nombre? —titubeó, esperando una respuesta que no llegó— Cierto, eres la chica misteriosa. Déjame adivinarlo, entonces. Hazme gestos si me acerco, ¿vale? Empezó a recitar apellidos y nombres al azar con un entusiasmo infantil. Era gracioso verlo esforzarse tanto. Al fin, las puertas se abrieron en mi piso. Él hizo un puchero cómico al ver que no había acertado. —Ni cerca, ¿verdad? —infló las mejillas y yo no pude evitar soltar una pequeña risa. —¡JaeMi! ¿Dónde te habías metido? —la voz del doctor resonó en el pasillo. Me quedé helada— Me vas a tener que dar una buena explicación. —Lo siento —dije automáticamente, haciendo una reverencia— No quería preocuparlo, solo fui a ver los fuegos artificiales. —Es peligroso, JaeMi. ¿Y si te desmayas? ¿Quién te ayudaría allá arriba? —No estaba sola —señalé al chico dentro del elevador. Él estaba con la boca abierta, procesando que su "muda" acababa de hablar perfectamente— Él me acompañó. Él es... —Hoseok, señor. Jung Hoseok —se apresuró a decir, recuperando la compostura ante la mirada severa del médico. —Ah, Hoseok. El chico que ingresó esta tarde —el doctor asintió— Tu médico te está buscando, ve a tu habitación ahora mismo. Hoseok asintió y pulsó el botón de cierre. Justo antes de que las puertas se sellaran, me lanzó una última mirada cargada de sorpresa y una chispa de travesura. Luego, desapareció.
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