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— Pss, oye.

​¿Qué quería ahora? ¿Acaso no sabía qué hora era? La penumbra dominaba el hospital y el silencio solo era interrumpido por el zumbido de las máquinas; todos deberían estar durmiendo. ¿Por qué insistía en aparecerse así, desafiando las reglas y mi propia calma?

No quería verlo. Deseaba que se marchara y me dejara a solas con mi propia sombra. Sabía perfectamente que buscaba atesorar un último momento antes de su partida mañana, pero ¿qué sentido tenía? Mañana él cruzaría esas puertas para recuperar su vida, y yo me quedaría aquí, viendo cómo el mundo sigue girando sin mí. Alejarlo era mi forma de empezar a acostumbrarme a su ausencia.

— ¿Estará dormida? —escuché su voz en lo que él juraba que era un susurro, pero que en realidad resonaba en toda la habitación. Tonto Hoseok; si seguía así, lo atraparían. — JaeMi... —lo sentí mucho más cerca.

​¿Había entrado? El corazón me dio un vuelco. Estaba loco. Me quedé rígida bajo las sábanas, pero fingir no era lo mío; mi respiración me delataba.

— Oye, despierta ya —dijo, rozando mi hombro.

​Al contacto, una descarga eléctrica recorrió mi columna, un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la sala. Me incorporé de golpe, soltando un grito fingido para asustarlo. Al ver su rostro de pánico genuino, no pude evitar estallar en carcajadas.

​— ¿De qué te ríes? ¡Casi me matas del susto! —se llevó la mano al pecho, tratando de recuperar el aliento— Eres una chica mala —añadió, mientras me pellizcaba una mejilla con ternura.

Sentí que el rostro me ardía al instante. Le aparté la mano con un manotazo rápido, intentando ocultar mi nerviosismo.

— ¿Qué quieres, Hoseok?

— Vamos a dar una vuelta —sonrió. Y ahí estaba: esa sonrisa que desarmaba cualquier defensa.

Pum, pum, pum. Mi pecho martilleaba con una fuerza que me asustaba. Era un calor agradable, una luz que quería retener para siempre, aunque supiera que el sol estaba a punto de ponerse para nosotros.

— ¿A dónde planeas ir? Te recuerdo que estamos en un hospital, no hay precisamente "lugares" interesantes...

— Shh... —colocó un dedo sobre mis labios, silenciándome— Nos van a oír si sigues quejándote. Camina más rápido.

Tomó mi mano con firmeza y me guio por los pasillos en sombras. Caminar detrás de él se sentía como seguir a un cometa. Me dolía el pecho, y no era solo por la enfermedad; era ese sentimiento que crecía con cada paso, volviéndose demasiado pesado para mi frágil existencia.
​Hoseok, me gustas tanto que me asusta.

¿Qué se supone que haga con todo esto?

​Subimos al ascensor. Durante el trayecto, el silencio se volvió denso, casi solemne.

Él no dijo una palabra, y esa quietud inusual en él me inquietaba más que cualquier ruido. Al llegar al último piso, tuvimos que seguir a pie; el elevador no llegaba hasta la azotea.

A mitad de las escaleras, mis pulmones empezaron a protestar. El aire me faltaba y mis piernas, siempre débiles, amenazaron con fallar. Me dejé caer en un escalón, jadeando.

— ¡JaeMi! —se arrodilló frente a mí en un segundo, con la angustia pintada en el rostro— ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?

Me tomó el rostro entre las manos, obligándome a mirarlo. Su preocupación era tan palpable que me dolió. No quería ser una carga, no hoy.

— Estoy bien —mentí, forzando una sonrisa mientras apretaba su mano— Solo fue un mareo por la altura. Continuemos.

No me creyó, lo vi en sus ojos, pero no insistió. Me ofreció su brazo para que me apoyara en él y, mientras subíamos, me sorprendió la fuerza y la estabilidad que emanaba de su cuerpo. Era mi roca en medio de la tormenta.

Al llegar a la azotea, vi una sábana blanca extendida en el suelo, seguramente robada de su propia cama.
​— Ven —me llamó con suavidad— Vi en las noticias que hoy habría una lluvia de estrellas. Quería que la viéramos juntos. Sé cuánto te gustan.

Otra vez ese latido desbocado. Pum, pum, pum. Nos recostamos uno al lado del otro, contemplando la inmensidad del cielo nocturno. El aire fresco me ayudaba a respirar y estar allí, a su lado, hacía que el hospital pareciera un recuerdo lejano. Hoseok era como un sol que calentaba el invierno más crudo; él era, literalmente, mi esperanza.

— JaeMi... —susurró.

Abrí los ojos justo cuando un trazo de luz cruzó el firmamento.

— ¡Mira! —señalé emocionada, cerrando los ojos de inmediato para pedir un deseo.
​Deseo que su luz nunca se apague.

— ¡Ah, no puede ser! —se quejó él— No la vi. Ya desperdicié un deseo.

— Tienes que estar atento, tonto —lo regañé con una pequeña sonrisa, volviendo la vista al infinito.

— ¡Ahí, ahí hay otra! —exclamó.

​Por favor, que sea feliz.

​— ¡Otra más!

​Que encuentre el amor y que lo amen como merece.

​— ¿Qué estás pidiendo con tanta insistencia? —me preguntó, girándose hacia mí.

​— Ser millonaria, tener diez autos, tres mansiones y un perrito muy lindo —respondí, tratando de mantener el tono ligero.

— Eso es lo que pide todo el mundo, ¿por qué desperdicias tus deseos así? —se cruzó de brazos, fingiendo indignación.

​— ¿Y tú? ¿Qué pediste? —sentí una curiosidad punzante.

​Hoseok me miró fijamente. El brillo de las estrellas se reflejaba en sus pupilas, dándole un aire casi irreal.

​— Bueno... el primero fue que JaeMi se enamore de mí. El segundo, que JaeMi me quiera mucho. Y el tercero... que JaeMi me deje besarla.

​El mundo se detuvo. Mis pulmones se olvidaron de cómo inhalar. Sus ojos estaban clavados en los míos con una honestidad tan cruda que me desarmó por completo. Me sentía poseída por sus palabras, atrapada en un sueño del que no quería despertar, pero cuya alarma estaba a punto de sonar.

​Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla.

— Hoseok... —pronuncié su nombre, y mi voz salió quebrada, cargada de una verdad que ya no podía esconder.

​— ¿Qué pasa? —me regaló esa sonrisa suya, tan pura, tan llena de vida.

​— Tengo cáncer.

​Lo solté como una sentencia. Lo sentía tanto... sentía amarlo y sentía estar muriendo, todo al mismo tiempo.

 sentía amarlo y sentía estar muriendo, todo al mismo tiempo

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SMILE; JHDonde viven las historias. Descúbrelo ahora