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Hoseok estaba a punto de besarme. Los nervios me invadían de tal forma que sentí que el corazón se me escaparía del pecho ante la sola idea de rozar sus labios.

Nuestra relación había comenzado de una manera casi atropellada; él simplemente decidió proclamarme su novia, y yo, entre risas y asombro, acepté ese título que ahora atesoraba tanto.

No pude evitar reír al recordarlo. Hoseok es esa clase de chico cuya luz te encandila: su sonrisa, su mirada profunda, esa voz que parece una caricia... Todo en él me resultaba fascinante.

Lo miré de nuevo y solté una pequeña carcajada contenida. Me costaba creer que ese chico tan audaz se hubiera desmayado por un simple corte. Ahora, mientras la enfermera lo revisaba, el silencio de la sala solo confirmaba lo que todos ya sabíamos: su valentía tenía un límite, y ese límite era la sangre.

— Listo. Puedes levantarte cuando el mareo pase — sentenció la enfermera antes de marcharse.

Me quedé observándolo. Mi novio. Pronunciarlo mentalmente me provocaba un cosquilleo dulce. Entendía perfectamente por qué a él le gustaba tanto repetirlo.

— Antes de que digas nada —interrumpió él, con las mejillas encendidas de vergüenza—, fue porque me tomó desprevenido. No es que me desmaye siempre que veo sangre, es solo que... no somos mejores amigos.

​— Está bien, no te excuses —respondí con una sonrisa cómplice— No voy a burlarme de mi valiente novio solo por un pequeño desvanecimiento.

— ¡Que no es algo de siempre! —protestó haciendo un puchero que me pareció adorable. Extendió su mano hacia mí— Ven aquí.

​Al tomarla, me atrajo con suavidad hacia la cama y apoyó su cabeza en mi hombro. Empezó a juguetear con mis dedos, un gesto que se había vuelto su refugio.

— Me siento mareado —lloriqueó, aunque su voz sonaba más a un mimo que a una queja— Te quiero mucho, ¿lo sabes?

— Lo sé —susurré, dejando que la paz del momento nos envolviera.

​(...)

​Desperté con una sensación extraña, como si flotara entre el sueño y la vigilia. Voces distantes se filtraban por la puerta, y por un segundo pensé que seguía soñando. Nadie recibe noticias así en la vida real.

​— ¿Está completamente seguro, doctor? —La voz de mi padre, firme pero teñida de una ansiedad que no podía ocultar, me puso alerta. No lo veía desde hacía mucho tiempo.

​— Sin duda alguna —respondió el médico— La mantuvimos en observación este último mes para monitorear el progreso tras la desaparición del tumor. Los resultados son definitivos.

Abrí los ojos de golpe. La luz plateada que entraba por la ventana me cegó por un instante y el aire fresco de la tarde me hizo parpadear con fuerza. ¿Había escuchado bien? ¿El tumor había desaparecido?
​Intenté incorporarme, buscando aire, buscando una confirmación. De inmediato, sentí el calor de las manos de mi madre sobre las mías.

— JaeMi, pequeña... lo lograste —sollozó ella mientras me rodeaba en un abrazo desesperado.

​Alcé la vista. Mi padre me observaba con una sonrisa trémula y los ojos anegados en lágrimas. Quise decirle que no llorara, que por fin todo estaba bien, pero el nudo en mi garganta no me dejó hablar. Él se acercó y se unió al abrazo, formando un escudo de amor a mi alrededor.

​— ¡Hola! Buenos días, Jae... —La puerta se abrió y la voz de Hoseok se cortó en seco. Sus ojos se abrieron de par en par al ver la escena y, en un acto de puro nerviosismo, hizo una reverencia casi exagerada— ¡Lo siento! —susurró, rojo como un tomate.

— No te preocupes, Hoseok —dijo el doctor con una sonrisa amable— Qué bueno que llegas. Acompáñala mientras hablo con sus padres en el pasillo.

​Cuando la habitación quedó en silencio, nuestras miradas se entrelazaron. Sentí que el vacío que me había acompañado durante meses se llenaba de golpe con su sola presencia. El miedo, ese monstruo constante, finalmente se había batido en retirada. Mi sueño era real.

​Él se acercó a paso lento, con una expresión de curiosidad infantil.

​— ¿Ese señor era tu papá? —preguntó al fin.

— Sí —respondí, divertida por su timidez.

— Ah... —asintió, recuperando su sonrisa brillante—. Me agrada. Tengo un suegro muy guay.

​Me quedé mirándolo. ¿Debería decirle ya que todo ha terminado? ¿Que por fin somos libres? Mis ojos se llenaron de lágrimas al proyectar en mi mente todo lo que nos esperaba: paseos sin horarios, risas sin el eco de un hospital, una vida entera.

Hoseok empezó a parlotear, preso de los nervios.

— Creo que debería presentarme formalmente. ¿Le has hablado de mí ¿Crees que le caiga bien? ¡Tengo que caerle bien! Si no le gusto, yo...

​— Abrázame —lo interrumpí.

​No necesitó que se lo dijera dos veces. Sus brazos me rodearon con una urgencia dulce. Al apoyar mi rostro contra su pecho, el sonido rítmico de su corazón se convirtió en mi melodía favorita. Cerré los ojos, saboreando la victoria.

​— Estoy bien, Hoseok. Lo he logrado. Me voy a casa.

​Sentí cómo su cuerpo se tensaba. Me tomó por los hombros para obligarme a mirarlo. Sus ojos se cristalizaron y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

— ¿De verdad? —preguntó con la voz rota por la emoción— ¿Es real?

​— Es real.

​El mundo exterior dejó de existir. Su mirada descendió hacia mis labios y se quedó allí, anclada. Con una caricia suave en la comisura de mi boca, me pidió permiso sin palabras. Cerré los ojos y, un segundo después, sentí el contacto húmedo y cálido de sus labios sobre los mios.

Fue nuestro primer beso real. El corazón me dio un vuelco, una explosión de vida que eclipsó cualquier rastro de enfermedad. Sus brazos me estrecharon con más fuerza mientras sus labios se movían contra los míos con una delicadeza exquisita. Respondí al beso con todo el amor que había guardado, sabiendo que este no era el final, sino el primer capítulo de nuestra verdadera historia.

 Respondí al beso con todo el amor que había guardado, sabiendo que este no era el final, sino el primer capítulo de nuestra verdadera historia

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