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¿Dónde se había metido ese chico? SoAh Unnie se había marchado hacía horas después de una larga charla, no sin antes prometerme que volvería pronto para hacerme compañía.

Tras su partida, el protocolo hospitalario me retuvo en la habitación: dosis de medicación, chequeo de signos vitales y el tedio de las paredes blancas.

Aburrida, decidí buscar a Hoseok en su cuarto, pero la cama estaba vacía. ¿A quién estaría molestando ahora? No todos tenían la paciencia necesaria para sus excentricidades y temía que, en un descuido, terminara metiéndose en problemas.

Bajé a la primera planta y recorrí el jardín. No había rastro de él. Me alejé de los senderos principales, caminando hacia los árboles más apartados, donde el bullicio del hospital se perdía. De pronto, un murmullo rompió el silencio. Me detuve en seco, con los ojos muy abiertos.

¿Un animal? Imposible, los animales no susurran.

​Rodeé el tronco de un viejo árbol y el corazón me dio un vuelco. Allí estaba él, tendido en la hierba, durmiendo plácidamente bajo la sombra. Tenía que ser Hoseok; nadie más sería tan imprudente como para dormir a la intemperie, a merced de los insectos.

«¿Y si se le mete alguno en el oído?», pensé con un escalofrío.

Al acercarme, noté que movía los labios. Aquellos susurros eran palabras entrecortadas por el sueño. Me senté a su lado, observándolo en silencio. Debía admitir que se veía tierno así, vulnerable; me dieron unas ganas infantiles de pellizcarle una mejilla.

Pero entonces, su comportamiento cambió. Fruncí el ceño ante la extraña escena. Aún sumido en el sueño, Hoseok comenzó a acariciarse a sí mismo. Sus manos recorrían sus brazos y su pecho con una suavidad desconcertante. El pudor me golpeó de lleno.

​— ¡Hoseok, eres un pervertido! — grité, incapaz de contenerme.

Él saltó como si le hubieran echado agua fría.

​— ¿¡Qué!? ¿¡Qué pasó!? — exclamó desorientado. Al enfocarme, sus ojos se entrecerraron y una sonrisa perezosa asomó en su rostro — JaeMi... ¿me estabas buscando? — preguntó con un bostezo.

Me puse en pie de un salto, sacudiendo mi uniforme con nerviosismo mientras lo señalaba con el dedo.

— Eres un pervertido. ¿Qué demonios estabas haciendo? — pregunté con el rostro encendido.

​— ¿De qué hablas? — me miró sin comprender.

​— Te estabas tocando... ¿Qué estabas soñando?

​— ¿¡Qué!? — gritó él, escandalizado. Su mirada bajó instintivamente hacia sus pantalones y yo negué frenéticamente con la cabeza. — ¿Me viste... ahí?

— ¡No! — mis mejillas ardían — Eran los brazos y el pecho. Te estabas acariciando.

Hoseok soltó un suspiro de alivio que me dejó perpleja. ¿Alivio? ¿Cómo podía estar aliviado?

​— Ah, menos mal — rió él — Pensé que... olvida lo que pensaste.

​— ¿Que lo olvide? ¡Hoseok, es extraño!

— No soy un pervertido, de verdad — explicó, suavizando el tono — Es una costumbre de la infancia. Cuando era pequeño, mi mamá me acariciaba los brazos para que me durmiera. Parece que mi cuerpo lo hace solo cuando busco consuelo en sueños. Te lo juro, no es lo que crees.

​El enfado se evaporó, reemplazado por una punzada de ternura. Hice un pequeño puchero, sintiéndome culpable.

​— Oh... entiendo. Perdona por pensar mal de ti.

​Sin embargo, la imagen de él susurrando y acariciándose volvió a mi mente y no pude evitar soltar una carcajada. Él me miró con las manos en la cintura, fingiendo indignación.

​— ¿Te estás burlando de mí?

— ¡Sí! — reí con más ganas — Es una lástima que no tuviera mi teléfono para grabarte. Parecías un gatito mimoso hablando solo. Fue divertidísimo.

— Ven aquí, insolente...

Se abalanzó hacia mí. Intenté esquivarlo con un paso rápido, pero el césped me traicionó. Tropecé y caí hacia atrás. Hoseok, en un intento desesperado por sostenerme, cayó conmigo. El impacto nunca llegó; sentí su mano cálida protegiendo mi nuca contra el suelo mientras su cuerpo cubría el mío.

— Casi te golpeas la cabeza — susurró sobre mis labios.

Me quedé sin aliento. Su sonrisa, tan cerca de la mía, y la intensidad de su mirada me dejaron paralizada. Si seguía mirándome así, no tendría escapatoria.

​— Pesas... — alcancé a decir en un hilo de voz para romper el hechizo.

— Oh, cierto — se incorporó de inmediato, algo avergonzado, y me extendió la mano para ayudarme a levantar.

— Gracias — murmuré.

​Me di la vuelta rápidamente y caminé hacia el hospital sin mirar atrás. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho y que mi rostro iba a estallar en llamas en cualquier momento.

¡Maldito Hoseok!

​¡Maldito Hoseok!

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SMILE; JHDonde viven las historias. Descúbrelo ahora