Tu sonrisa es la más hermosa, sincera y amable que haya visto nunca. Si tu sonríes, yo estoy bien.
.Portada: @Edlyn_Tovar
#Ganadora de los BiasAwards2020.
Siempre temí que su hermosa sonrisa terminara marchitándose en lágrimas. Y ahora, ese miedo se ha materializado en una realidad asfixiante que me devora por dentro.
Pero, ¿qué otra opción tenía? ¿Habría sido justo aceptar sus sentimientos y seguir ocultando que, para mí, el «mañana» es un sueño inalcanzable? Deseo con todas mis fuerzas que ese sueño sea real, anhelo vivir para permanecer a su lado y decirle, al fin: «Yo también deseo que me beses». —Tú... —sus sollozos le impiden articular palabra.
Mantiene la cabeza baja, luchando por contener un llanto que se le escapa entre los dedos. Yo permanezco frente a él, paralizada, incapaz de acercarme para pedirle perdón. Porque lo siento de verdad.
Me duele que su luz se haya extinguido bajo mi oscuridad, que sus lágrimas broten por mi causa. No lloro por mi muerte; lloro por el daño que mi partida le causará a él. A mi ángel.
Me alejé con dificultad. El malestar había regresado y mis piernas amenazaban con ceder bajo mi propio peso; el aire empezaba a faltarme. Le di la espalda y caminé hacia la puerta, intentando huir de la escena.
—Detente —su voz, aunque rota, me ancló al suelo. Había algo nuevo en su tono, una mezcla de desesperación y firmeza. Escuché sus pasos aproximarse. Se detuvo justo detrás de mí. En ese instante, el tiempo pareció congelarse. Mi corazón latía con una extrañeza que me hacía olvidar mi propia fragilidad; su cercanía era lo único que me mantenía en pie. De pronto, sus brazos me rodearon. El calor de su cuerpo me envolvió, haciéndome temblar al unísono con él. Apoyó el rostro en mi hombro y volvió a quebrarse. —Eres una chica muy mala —murmuró. Solté una risa triste. Sabía que no era el momento para bromas y que él hablaba con el corazón en la mano. Eran las palabras más duras que podía dirigirme, y las acepté. Se estaba quejando de mi silencio, de la herida que le causé al ocultarle la verdad hasta este momento límite. Había destrozado su corazón. —Tengo otro deseo... —susurró él— ¿Ves alguna estrella? —No, no puedo ver ninguna —respondí, imaginándolo con los ojos cerrados tras de mí.
—Mientes. Sí la hay —sus brazos me apretaron con más fuerza, como si intentara evitar que me desvaneciera— Deseo poder abrazarte así por mucho, mucho tiempo.
(...)
Uno... dos... tres...
Mis ojos seguían el movimiento de las manecillas del reloj de pared. Su ritmo constante me provocaba ganas de gritar, y lo estaba haciendo por dentro. Quería estallar, liberar la ira que había acumulado. Cuando recibí el diagnóstico de cáncer, no lloré. Pensé que las lágrimas eran inútiles, que no me devolverían la salud ni la felicidad. Pero ahora, la necesidad es abrumadora. Quiero reclamarle al mundo: ¿por qué yo? Quiero llorar hasta vaciarme, hasta que no quede rastro de este lamento en mi interior.
—Jae... —la voz de mi madre me llegó cargada de una tristeza infinita.
Lo siento, mamá. He decidido rendirme.
—Todo estará bien, cariño. Vas a lograrlo —continuó ella, acariciando mi cabello con una ternura incansable.
Sus lágrimas caían sin tregua. Debe ser insoportable ver a una hija postrada, consumiéndose en una cama. Lo siento, mamá, pero hoy no encuentro las fuerzas para levantarme. Ya no más. —Buenos días.
Esa voz... ¿Por qué está aquí? Mantengo los ojos cerrados, negándome a verlo.
—Pasa, querido. ¿Te vas hoy? —preguntó mi madre. No escuché su respuesta, pero supuse que asintió— Jae está recibiendo suero. Estaba estable, pero no sé qué la hizo decaer así... —sentí su mano sobre mi brazo— Creo que se está dando por vencida.
El llanto de mi madre volvió a estallar, oprimiéndome el pecho.
—No, solo está descansando —le respondió él con suavidad, antes de pedirle un momento a solas para despedirse de su amiga.
El silencio se instaló en la habitación, pero su presencia era vibrante, casi tangible ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué no intenta distraerme con sus historias como antes?
—Te lo pido, no hagas esto. No intentes alejarme, porque no me iré —su voz finalmente rompió la quietud y sentí el escozor de las lágrimas tras mis párpados.
Yo te lo pido a ti: por favor, vete.
—No me importa lo que digas. Estás aquí ahora y eso es lo que cuenta —entrelazó su mano con la mía— Te quiero, JaeMi, y no voy a dejar que te rindas.
Sentí sus labios cálidos sobre mis nudillos y una lágrima solitaria escapó de mis ojos.
Hoseok, sálvame.
Quise suplicárselo, pero las palabras se quedaron atrapadas. ¿Cómo podría aferrarme a él para luego desaparecer?
Eso sería como clavar un cuchillo en su corazón y girarlo lentamente. Quiero terminar con esto antes de que el vínculo sea más profundo, antes de que el dolor termine por destruirlo a él también.
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