08

772 120 65
                                        

—Solo está decaída. ¿Ha pasado algo que la ponga triste?Estoy seguro de que es solo un bache. Ella estará bien.

​El doctor terminó de hablar con mi madre y sus pasos se alejaron por el pasillo. Me quedé sumergida en ese silencio denso de hospital y, justo cuando el sueño empezaba a reclamarme, escuché su voz, apenas un susurro quebrado a mi lado.

—¿Recuerdas el día en que nos dieron la noticia? —preguntó. Sentí como si el tiempo se doblara sobre sí mismo, arrastrándome a ese consultorio frío— Fue el peor día de mi vida. Solo podía pensar: ¿por qué? ¿Por qué a mi pequeña y no a mí? Daría mi vida entera por salvar la tuya, solo para que pudieras conocer lo que es ser joven y libre de verdad.

​Escuché su suspiro y sentí la calidez de su mano apretando la mía, que se sentía tan pequeña y frágil.

​—Pero luego, nos dieron una esperanza —continuó ella, y el llanto finalmente rompió su voz— Por favor, aferrate a ella como lo hago yo. No te rindas ahora. Sé que estás agotada, pero te lo suplico: sigue intentándolo.

​Quería decirle que sí. Quería prometérselo. Pero, ¿qué pasa si después de tanto esfuerzo y sufrimiento solo queda la oscuridad?

​—Entonces, después de todo, podrás decir que lo intentaste y que no te vas con arrepentimientos.

​Abrí los ojos de golpe. Esa voz no era la de mi madre. ¿Qué hacía él aquí? Se había ido; yo misma le había rogado que no volviera. ¿Por qué se empeñaba en quedarse?

​—Hoseok —saludó mi madre con un tono de alivio— Qué bueno que has venido. A ver si tú logras sacar a esta niña de la cama; no quiere hacer nada más que estar recostada.

​Vi a mi madre levantarse y salir, dejándonos a solas. Él clavó sus ojos en los míos y me regaló una de esas sonrisas brillantes, tan llenas de luz que hacían parecer que el mundo exterior no se estaba cayendo a pedazos.

​—¿Qué haces aquí? —pregunté mientras intentaba incorporarme. El leve crujido de mis huesos rompió el silencio.
​—Vine a verte. Te dije que vendría todos los días.

​—Te dije que no lo hicieras.

​—Y yo te repito que vendré. Digas lo que digas.

​Se quedó mirándome en silencio, como si estuviera memorizando cada relieve de mi rostro, cada sombra bajo mis ojos. Sentí que las mejillas me ardían y desvié la mirada. Su presencia me ponía nerviosa, pero mi corazón, terco, parecía querer saltar de mi pecho. Estaba guapísimo; llevaba el cabello perfectamente arreglado y una ropa que lo hacía destacar incluso en esta habitación gris.

​—¿Y ahora qué? ¿Vas a quedarte aquí plantado todo el día? —preguntó él arqueando una ceja con picardía— Mira que yo no soporto estar encerrado entre cuatro paredes, así que vamos, arriba.

Hizo el amago de tomar mi mano, pero la aparté por instinto. Sus ojos se ensombrecieron por un segundo y me sentí la persona más egoísta del mundo.

Eres una estúpida, me recriminé, solo lo estás lastimando.

​Él soltó un suspiro suave y volvió a intentar tomar mi mano, esta vez con más firmeza. Cuando nuestros dedos se entrelazaron, apretó con dulzura y sonrió.

—Estoy aquí. Puedes confiar en mí. No me voy a ir, lo prometo. Por favor, no sueltes mi mano.

Hoseok, solo quiero protegerte, pensé. Si no lo lograba, el vacío que dejaría sería una herida abierta para él. No quería ser la causa de su dolor.

—Ven conmigo, déjame quererte —dijo ayudándome a levantar. Quedamos frente a frente— Solo quiero eso: quererte.

Deslizó su mano por mi nuca y me atrajo hacia él para depositar un beso suave en mi frente. El contacto de sus labios tibios con mi piel hizo que mi resistencia se desmoronara. En ese instante, sentí que no tenía fuerzas para estar sin él.

—Hoseok... —susurré mientras me hundía en la calidez de su pecho— Te quiero mucho.

​(...)

​—¡Y yo le dije que no, que de esa manera era imposible! Pero él seguía con su discurso que no tenía ni pies ni cabeza. ¿Sabes cuánto trabajé en esa coreografía para que venga a decirme cómo hacerla? Está loco, de verdad.

​Hoseok indignado era el mejor espectáculo del mundo. Tuve que fingir un ataque de tos para que no se diera cuenta de que me estaba muriendo de risa. Estaba furioso por una discusión con un profesor y no paraba de gesticular mientras bebía agua.

Tomé un trozo de fruta y se lo metí en la boca justo cuando iba a soltar otra queja. Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendido.

—Ya basta —le dije riendo— Si sigues así, te va a sentar mal el almuerzo. Dicen que no hay que estresarse después de comer.

Él hizo un puchero, mirándome con una intensidad que me desarmó.

—JaeMi... —murmuró. Apartó las cosas que había entre nosotros y se acercó.

Mi corazón se desbocó. Retrocedí un poco por instinto, pero me di cuenta tarde de que la manta del picnic se acababa; un movimiento más y terminaría sentada en el césped del jardín del hospital.

Sus ojos seguían fijos en mí. Sus labios, rosados y suaves, estaban peligrosamente cerca. Tragué saliva, sintiendo una mezcla de pánico y deseo. Quería que me besara, lo deseaba con cada fibra de mi ser, pero los nervios me tenían paralizada.

​—¿Qué... qué pasa? —logré articular.

Él sonrió de una forma que me hizo sentir que el tiempo se detenía. Con una delicadeza infinita, apartó un mechón de pelo de mi cara y lo colocó detrás de mi oreja. Cerré los ojos con fuerza cuando sentí su aliento cerca. Esperé el contacto en mis labios, pero en su lugar, sentí un beso tierno en mi mejilla, muy cerca de la comisura de la boca.

Una ola de calor me recorrió entera. Abrí los ojos un segundo y vi que él también los tenía cerrados, disfrutando del momento. Se inclinó de nuevo, buscando otro punto de mi piel, y justo cuando pensé que esta vez sí sería el beso definitivo...

—¡¿PERO QUÉ ES ESO?! —gritó, dando un manotazo al aire— ¡Auxilio! ¡Auch! —se quejó, mirándose el dedo con una cara de terror absoluto.

Lo había picado una abeja.

—Tranquilo —dije conteniendo la risa mientras tomaba su mano para examinar el pequeño aguijón.

—Voy a morir, JaeMi. Es el fin —dijo con una voz infantil y dramática.

—No seas bobo.

Con cuidado, acerqué su dedo a mi boca y succioné el aguijón para sacarlo.

—Listo. Ya está. He salvado tu vida, héroe —lo miré, y él estaba con la boca abierta, completamente estupefacto.

Miró su dedo, luego a mí, y repitió la secuencia varias veces como si no pudiera creerlo.

—Guau —exclamó finalmente— Mi novia es increíble. ¿Cómo hiciste eso? ¿No te dio miedo? Odio los bichos, y las abejas me aterran.

—A ti te da miedo casi todo, Hoseok.

—¡Eso no es cierto! ¡Soy un hombre valiente!

En ese momento entramos de nuevo al hospital. Justo por el pasillo pasaban a un señor con un poco de sangre en la nariz debido a un golpe.

—Ay, no... creo que me voy a desmayar...

​Y, efectivamente, se desvaneció en mis brazos. Vaya hombre "valiente" resultó ser mi Hoseok.

 Vaya hombre "valiente" resultó ser mi Hoseok

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
SMILE; JHDonde viven las historias. Descúbrelo ahora