Capitulo 12

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En ese momento, Matteo se dio la vuelta y vio que se trataba de un hombre.

-¿Quién eres tú? -preguntó con evidente enojo.

-Felipe, no le hagas caso -intervino Luna, incómoda-. Ven, vámonos.

Pero Matteo no la escuchó. Dio un paso al frente y la sujetó del brazo con fuerza.

-No. Tú te quedas conmigo -dijo de manera posesiva.

-¡Matteo, qué haces! ¡Suéltame! -gritó Luna, forcejeando-. ¡Me haces daño!

De pronto, Matteo reaccionó y la soltó.

-Yo... lo siento -murmuró, con la voz rota.

-Déjame en paz -gritó ella, con lágrimas en los ojos-. ¿No te bastó con lastimarme? Aléjate de mí y de mi familia.

-Por favor, Luna... no me pidas eso -dijo él, completamente quebrado-. No te alejes de mí.

-Matteo, de verdad estoy rehaciendo mi vida -respondió ella con firmeza-. Si todavía me amas... déjame ir.

Narrador omnisciente

Luna se marchó sin mirar atrás. Matteo, incapaz de sostenerse, cayó al suelo y rompió en llanto. Mientras tanto, Luna no dejaba de pensar en sus palabras. Felipe le hablaba, pero ella apenas asentía, fingiendo escuchar.

Más tarde, cuando ya era de noche, Felipe la acompañó hasta su casa. Se despidieron y él se marchó. Luna, al acercarse a la entrada, notó una silueta en la oscuridad. Se asustó, ya que la lluvia caía con fuerza.

Al acercarse un poco más, se dio cuenta de que era Matteo, empapado y dormido en la entrada.

Preocupada, lo despertó y le pidió que entrara.

-Ve a bañarte -le dijo-. Yo te prepararé algo de comer.

Matteo obedeció. Luego de cambiarse, fue a la cocina, donde Luna le sirvió la comida. Él comió en silencio. Después, Luna se retiró a su habitación, pero Matteo la siguió.

Sin decir palabra, la acorraló contra la pared y la besó. Luna no respondió al principio, pero poco a poco sus defensas comenzaron a ceder. Ambos se dejaron llevar por los sentimientos que nunca lograron apagar.

Horas después, el cansancio los venció.

A la mañana siguiente, Matteo despertó y se dio cuenta de que estaba en la habitación de Luna. La observó durante varios minutos, en silencio, como si temiera que al tocarla desapareciera. Con suavidad, le acarició el rostro, consciente de que, aunque seguían unidos por el amor, el daño aún no estaba sanado.

 Con suavidad, le acarició el rostro, consciente de que, aunque seguían unidos por el amor, el daño aún no estaba sanado

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𝕸𝖊 𝕰𝖓𝖌𝖆ñ𝖆𝖘𝖙𝖊Donde viven las historias. Descúbrelo ahora