Prólogo

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En el inicio de los tiempos, cuando el universo era joven y nuestro planeta apenas se formaba, una inmensa explosión cósmica dio origen a seis estrellas extraordinarias. Las cuales son conocidas actualmente como las primeras estrellas fugaces, que se destacaron del resto por su brillo y velocidad incomparables.

Impulsadas por la fuerza de su creación, estas estrellas viajaron a una velocidad vertiginosa, incapaces de alterar su trayectoria. Colisionando con el joven planeta que hoy llamamos Tierra. Al impactar, sus cuerpos celestes experimentaron una asombrosa metamorfosis, adquiriendo formas humanoides.

En sus primeros días terrestres, estas entidades estelares se encontraron desorientadas, abrumadas por un mundo desconocido y vasto. La confusión se intensificó cuando una de ellas desapareció misteriosamente, como si se hubiera disuelto en la atmósfera terrestre. A pesar de su búsqueda, no pudieron encontrar a su compañera perdida. Inicialmente, las estrellas se cuestionaron su existencia y propósito, añorando el cielo que una vez fue su hogar. Sin embargo, con el paso del tiempo, estas preguntas perdieron relevancia ante los desafíos de su nueva realidad.

Gradualmente, las estrellas comenzaron a adaptarse a su entorno, en gran parte gracias a su interacción con los seres humanos, criaturas con las que compartían su apariencia física.

Lo que comenzó como días de coexistencia pronto se convirtió en meses y años de convivencia. Durante este tiempo, las estrellas descubrieron conceptos antes desconocidos para ellas: familia, hogar y amor. 

Impulsadas por un deseo de reciprocidad, las estrellas utilizaron su conocimiento cósmico para ayudar a los humanos. Inventaron artefactos, crearon armas para la defensa y desarrollaron remedios para las enfermedades. Pero lo más sorprendente fue el descubrimiento de sus habilidades sobrehumanas: podían controlar los elementos a voluntad, poseían una inteligencia incomparable y una fuerza que desafiaba toda lógica. Pronto, rumores comenzaron a circular entre los humanos. Se decía que el universo entero se doblegaba ante la voluntad de estas entidades. Lo que comenzó como una reverencia hacia seres "bendecidos" evolucionó rápidamente: ahora eran venerados como dioses.

Los humanos, agradecidos por su guía y protección, comenzaron a ofrecer tributos y alabanzas a estos nuevos dioses. Durante un tiempo, la Tierra conoció una era de paz y armonía sin precedentes. Sin embargo, esta edad dorada no estaba destinada a durar. La tragedia llegó cuando algunos humanos, impulsados por la ambición, descubrieron cómo obtener el poder de las estrellas. Cegados por el egoísmo y la avaricia, desataron un conflicto devastador que sumió al mundo en el caos y la muerte.

Incapaces de soportar el sufrimiento, los dioses estelares tomaron una decisión drástica. Decidieron desaparecer del mundo conocido, llevándose consigo a todos aquellos que habían sido tocados por el poder de las estrellas. Su intención era proteger tanto a estos individuos como al resto de la humanidad de futuros conflictos.

Así, se retiraron, a un lugar que solo era accesible para aquellos que compartían su poder estelar. En este nuevo reino, establecieron una sociedad gobernada por cinco de los dioses originales, liderados por un rey y una reina que residían en un majestuoso palacio junto a sus descendientes. Los demás seres con poder estelar se convirtieron en ciudadanos, dedicados a proteger a sus líderes divinos y a sus herederos. Mientras tanto, en el mundo de los mortales, el tiempo siguió su curso. Las generaciones pasaron, y los humanos, aunque dispersos y multiplicados, nunca olvidaron a sus antiguos benefactores. Continuaron adorando a los dioses ausentes, rogando por su perdón y retorno.

Leyendas sobre los cinco dioses proliferaron entre las nuevas generaciones. Algunos decían que habitaban las cumbres más altas de las montañas para estar más cerca del cielo. Otros creían que habían abandonado la Tierra hacía mucho tiempo. Y unos pocos insistían en que los dioses vivían entre ellos, ocultos a plena vista.

Durante eones, los dioses y sus protegidos vivieron en paz en su reino oculto, apartados de los conflictos del mundo mortal. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Un nuevo desafío se avecinaba, una amenaza tan grande que ni siquiera los dioses estarían a salvo de sus consecuencias.

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