Capítulo 1: Deja vu

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Cada noche, cuando Mérida se preparaba para dormir, un temor profundo se arrastraba por su mente. No era el miedo común a la oscuridad o a los monstruos bajo la cama; era el pavor a revivir aquel sueño que la atormentaba sin cesar.

Con el paso de los años, la pesadilla se había vuelto más vívida, más real. Siempre iniciaba de la misma manera: ella, quebrada en llanto, gritando con toda la fuerza de sus pulmones, aunque sus propias palabras se perdían en el silencio.

El dolor y la aflicción que la invadían durante el sueño le resultaban extrañamente familiares, como si fueran el eco de un recuerdo enterrado en lo más profundo de su ser. Era una sensación de déjà vu que la desconcertaba, pues por más que intentaba, no lograba conectar estos sentimientos con ningún momento específico de su vida.

Pero la parte más aterradora llegaba cuando aquella forma oscura aparecía frente a su versión onírica. Era una mancha negra indefinible, pero cuya sola aparición le provocaba una opresión insoportable en el pecho. El aire se volvía denso, casi irrespirable, y las lágrimas fluían sin control. Para Mérida, esta vulnerabilidad resultaba detestable. Ella, que siempre se había enorgullecido de su fortaleza, se veía reducida en sus sueños a un ser frágil y desvalido. La sensación la enfermaba. No era solo el miedo lo que la perturbaba, sino la impotencia de sucumbir ante una emoción que ni siquiera podía nombrar, un sentimiento tan ajeno a su naturaleza que lo único que podía hacer era odiarlo con cada fibra de su ser.

Con la poca fuerza que le quedaba, Mérida extendió su mano temblorosa hacia aquella mancha negra. Sin embargo, el estridente sonido de la alarma de su celular la arrancó bruscamente del sueño, provocando que aterrizara sobre el suelo frío de su habitación, mientras intentaba desenredarse de las sábanas, la realidad la golpeó como un balde de agua fría: todo había sido solo un sueño, y si no se apresuraba, llegaría tarde a la escuela... otra vez.

―¡Mérida, despierta! ¡Por una vez en tu vida, trata de llegar temprano! ―la voz de su madre resonó desde el piso inferior.

―¡Ya me levanté! ¡No tienes que gritar! ―respondió, frotándose el costado adolorido por la caída.

―¡Tú también estás gritando! ¡Apúrate y ven a desayunar!

―No sé por qué tanto escándalo, ni siquiera es tan tar-

Las palabras murieron en su garganta cuando sus ojos se posaron en el reloj de la mesa de noche. Rogando estar aún dormida, lo tomó entre sus manos temblorosas. Se frotó los ojos varias veces, pero los números en la pantalla permanecían iguales.

―¡MAMÁ! ¿POR QUÉ NO ME LEVANTASTE ANTES? ―su grito resonó por toda la casa―. ¡SON LAS SIETE Y MEDIA! ¡SOLO TENGO TREINTA MINUTOS PARA ARREGLARME Y LLEGAR!

Corrió rápidamente al baño mientras Nebula, su gata de pelaje blanco y ojos azules, caminaba detrás de ella con paso elegante.

―Buenos días, bonita ―murmuró Mérida, observando a su mascota.

La gata la miró por un momento antes de salir del baño con delicada elegancia. Sin prisa alguna, se subió a la cama para continuar con su siesta, sin dignarse a prestar la más mínima atención a su dueña.

―Suertuda.

Volviendo a concentrarse en su reflejo, intentó domar su rebelde cabello pelirrojo. Como hoy el tiempo apremiaba, decidió dejarlo suelto, permitiendo que las ondas rojizas cayeran libremente sobre sus hombros. Se vistió rápidamente con el uniforme de la Preparatoria Santa de Carstairs: una falda color vino tinto que hacía juego con el saco, una camisa blanca, una corbata negra que ajustó con dedos ágiles, medias blancas y unos converse negros.

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