Capitulo XXXV

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Yo había estado hablando con Mía durante toda la tarde. Estaba totalmente instala en su nuevo hogar en Brooklyn, incluso se había hecho amiga de su vecina que tenia la misma edad y también esperaba un bebé. Sonaba feliz y parloteaba como loca acerca de todo lo que había sucedido desde su llegada. Vivía en un apartamento muy elegante, su padre había conseguido el último y el más grande. Tenía dos pisos, tres habitaciones, un salón estudio, cocina, sala, comedor, dos baños, y todo era enorme según ella. Además tenía la ventaja de que le quedaba todo cerca de allí, la biblioteca, una librería, un par de restaurants donde cenaba con su padre y Lulú cada domingo, había una escuela en su calle, el parque estaba en la siguiente calle, y dos calles más arriba el hospital donde había ido a su primer consulta. 

Estaba emocionada al contarme todas las cosas que habló con la doctora, en mi interior estaba aliviado de que fuera una mujer quien la atendiese y no un hombre, me dirán estúpido pero es cierto. Me había enviado la ecografía por email. Era una cosita muy pequeña y no se veía con claridad, pero al mostrársela a mi madre ella pareció reconocer que era todo, aunque yo no entendía nada. Al parecer todo estaba bien, Mía estaba alimentándose correctamente y le habían puesto medicamentos, me asusté un poco porque si te ponen medicamentos es porque estás enfermo ¿verdad?, pero ella aclaró que eran para fortalecer al bebé, eso me tranquilizó.

Su padre estaba como loco queriendo escoger cunas y esas cosas, yo por mi parte moría de envidia por que también quería hacerlo. Una tarde estando en el pueblo pasé por la tienda de variedades que Mía y yo habíamos visitado,  tenían unas capuchitas diminutas con orejas, en seguida imagine a un pequeño con ojos chocolate y una de esas con orejas de conejo, me reí muchísimo, pero compre unas de gatito de color negra con el interior rosado. En el castillo todos me preguntaban si tenía una preferencia por el sexo del bebé, pero no me interesaba mucho, solo quería que estuviese bien, fuera sano y llegase al mundo sin problemas. Mi madre al ver el regalo que le había comprado comenzó a llorar, lo envolví y lo envié a Mía por el servicio privado de mensajería real.

A eso de las 4pm se anunció la llegada de Marie que había llegado con su padre.

Al principio me desconcertó un poco, Guillermo apenas salía de su habitación, y era extraño verlo fuera de su hogar.

Entré al salón con mi madre pisándome los talones.

-Bienvenidos- dijo ella. Guillermo se levanto del sillón al igual que Marie que llevaba un vestidito color blanco en forma de campana, unos zapatos rojo sangre al igual que su boca, el cabello castaño estaba desparramado por sus hombros. Al verme me sonrió, en ese tiempo en el que nuestra complicidad había comenzado nos habíamos hecho muy amigos, aunque siempre lo fuimos porque nos llevábamos mejor siéndolo que como novios, y era un alivio.

-Es un placer verlos, Evangeline, Bastean- dijo Guillermo dándonos la mano a cada uno. Mi padre estaba sumamente ocupado pero al contarle mi plan él quiso estar presenté en cuando se le informo la identidad de nuestros invitados. Como si lo invocase él entró en el gran salón con unos pantalones deportivos y una camiseta sin mangas, bien, no tenía mucho porte de príncipe pero su sola presencia generaba miedo y respeto.- Mi rey- dijeron Guillermo y su hija al unisonó haciendo una reverencia.

-¿Cómo están? – dijo mi padre despreocupadamente. Puso su mano en mi hombro en modo de saludo y beso a mi madre en la mejilla y la guió a que se sentara en otro de los sillones.- Tomen asiento.

-¿Se puede saber a qué se debe tu visita Guillermo? – Dijo mi madre- Normalmente es Regina la que pasa mucho tiempo con nosotros- sabia que aquello era como un "TU MUJER PASA MUCHO TIEMPO, ALEJALA"

-Que se está convirtiendo en un incordio, supongo- dijo Guillermo, bien estaba en lo cierto.

-No es esa la palabra pero... sí- dijo mi madre divertida.

Entre Sapos y DiamantesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora