Capítulo VIII.

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Sábado.

Me removí en la cama cuando el sol comenzó a meterse por el ventanal, la tos se escapaba de mi boca áspera y nauseabunda, apenas podía abrir los ojos ¿y si estaba enferma por abandonar el lago?

Me asomé por entre el cubrecama para ver a Thomas acercarse seguido de otro hombre.

– Traje un doctor – Anunció acercándose a destaparme, llevaba únicamente el chaleco puesto y una camiseta de cuello redondo con algunos botones desabrochados.

– El primer problema que veo es que este lugar es demasiado húmedo para la señora – Anunció el doctor dejando su bolso sobre la cama para sacar sus instrumentos – Suba su camisón por favor, necesito escuchar sus pulmones – Hice lo que me pedía mientras Thomas permanecía frente a la cama con el semblante muy serio y cruzado de brazos – Respire normalmente – hice lo que me pedía, tomé mi cabello dejándolo caer a un lado cuando comenzó a escuchar mi pecho – tosa – la tos tenía flema, estaba harta – necesitará medicamentos y un lugar sin tanta humedad, le recetaré medicamentos de inmediato – Se acercó a Thomas para charlar un rato, segundos después escuché la puerta cerrarse.

– Vendrás a la casona – Anunció agarrando el cubrecama para enrollarme en él y cargarme entre sus brazos.

– ¿Que mierda haces?

– Te llevo conmigo a la casona; estarás mucho mejor allí que aquí sola – Abrió la puerta de la cabaña para caminar conmigo por el césped, apoyé mi rostro en su pecho respirando dentro de la manta para apaciguar el aire helado del exterior.

– Me duele respirar.

– Si no fueras tan testaruda no habrías enfermado, desde nadar en el lago hasta joder todo – Exclamó acomodándome entre sus brazos para bajar la mirada a verme – Aidan dijo que trataste de escapar la noche previa a la boda.

– Tenía que intentarlo – Removí la nariz buscando el tacto con su camisa tibia – me siento terrible.

– Te ves terrible – Respiré, era como un gatito bebé siendo rescatado de la calle, abrí uno de mis ojos para observar a Thomas se veía molesto, aunque siempre se veía así, sus azules ojos estaban fijos en la casona a la que no terminábamos de llegar nunca, me observó – ¿Qué?

– Creo que no había notado lo guapo que eres – Se detuvo acercando su boca a mi frente por algunos segundos.

– Estás ardiendo – Comentó midiendo la distancia con la casona, sentí cosquillas por todo mi cuerpo y mis ojos se cerraron nuevamente.

Tercera persona.

– ¿Cómo sigue? – Preguntó Thomas sentado en su despacho al doctor que acababa de entrar.

– Me preocupa que no despierte, su respiración se ha normalizado y los medicamentos parecen estar haciendo un efecto positivo, pero si la señora no despierta no es una buena señal – Explicó acomodándose los lentes – Vendré a verla mañana, por el momento le recomiendo que le hable.

– Su hermana ha estado charlando y dejando a los bebés con ella, dice que eso hará que vuelva – Explicó Thomas tamborileando los dedos en el escritorio – ¿Por qué está dormida?

– La única explicación que encuentro es que su cuerpo no ha reaccionado nada bien al resfrío, y está usando toda la fuerza para recuperar su organismo. La hermana de la señora Vadoma comentó que ella jamás se había enfermado, eso puede explicarlo – Resolvió encogiéndose de hombros – Usted confíe señor Shelby.

Vadoma.

El lago era rosado, rosado ópalo, el cielo rojo con nubes calipso y el viento arrastraba consigo pequeños destellos de mil colores que se enredaban en mi cabello para levantarlo conforme mis pies, cuan mecías, se sostenían por sobre la superficie del lago.

Vadoma [{COMPLETA}]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora