Capítulo 2: Al costado del camino.

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   ...Esta vez ni siquiera noté que la puerta se cerrara atrás mío, aunque tampoco me importó demasiado.
   Era de noche, me encontraba en la acera, a mi izquierda había una calle iluminada cada ciertos metros por la luz de las lámparas, no había autos, estaba desolada; y a mi derecha, un enrejado que me separaba de un campo baldío. Relampagueaba a lo lejos, los rayos ayudaban un poco a ver más allá de las farolas.
   Empecé a caminar. No sé si decir que lo hacía con o sin rumbo ya que el camino era recto, pero no sabía a donde me llevaría. Y no tenía forma de saberlo, siempre me encontraba entre la carretera y el alambrado.
   No sé cuánto había caminado cuando noté que alguien me llamaba. Era una mujer, de una edad similar a la mía, bellos ojos y larga cabellera, iba vestida con un largo vestido blanco por momentos, por otros lo notaba negro, tal vez fuera por el contraste con los relámpagos.
   Me preguntó si podía acompañarme, a lo que respondí que sí.
   Hablamos de varias cosas, aunque nunca me respondió cuando le pregunté su nombre. Hablamos de nuestras infancias y de nuestros planes a futuro, de nuestros problemas y de nuestros gustos, de cosas sin importancia, de filosofía, de nuestros ideales, de la vida misma, y de todo un poco más.
   Había momentos en los que la hacía reír, tenía una linda sonrisa, y había otros en los que parecía a punto de llorar. No sabía por qué, pero me importaba aunque fuera una desconocida.
   Pero ella tenía un hábito, cada tanto comentaba sobre la acera de enfrente, a veces la nombraba cuando nos quedábamos en silencio, a veces cuando terminábamos de hablar sobre algún tema, y otras veces interrumpía la conversación para decirme que todavía no era el momento de cruzar a la dichosa acera contraria.
   Fue mientras hablábamos sobre barcos acorazados que me interrumpió diciendo

-Ahora puedo cruzar-

   Y comenzó a caminar a través de la calle como si estuviera bailando.
   La desesperación surgió en mí, como si no pudiera controlarme salté hacia ella, en ese momento, como si fuera premeditado, el único vehículo que había visto en todo el día estaba surcando la avenida. Salté para apartarla, lo cual logré por poco, y caí sentado en la misma vereda de la cual había partido. Estaba sudando.

   Ella se enfureció. Empezó a gritarme, alegando que debía haber muerto en ese lugar y que yo no tenía que evitarlo. Desbordaba de furia.
Lanzó sus manos a mi cuello y apretó, no tenía mucha fuerza pero como si sus palmas estuvieran hechas de millones de agujas, allí donde sus yemas y sus palmas me tocaban empecé a sangrar.
   Seguía gritándome, pero notaba un cambio gradual en su actitud, ya no parecía enojada. Y más temprano que tarde empezó a llorar, separó sus manos y dejó brotar sangre.
   Me abrazó, llorando a mares me pedía perdón. Yo sabía que estaba realmente arrepentida y se sentía culpable hacia mí, pero no por haberme atacado. Y así, fui feliz, entendí que esta persona era algo muy importante para mí, nunca me había abierto así a nadie, salvo con una persona cuyo nombre no conocía.
Abrazados, la dejé llorar sobre mi hombro hasta que llamaron a la puerta, debía despedirme, pero no quería sin dejarle algo para que me recordara. La ayudé a pasar sobre el alambrado y la dejé sentada al lado de un árbol, el único árbol. Era mi sueño, yo creé ese árbol para ella.

   Me despedí sin mediar palabra y salí por la puerta.

   Desperté.

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