50. Epílogo: Princesa del infierno

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A veces nuestros errores suelen guiarnos a nuestros destinos.
–L.Suzanne–



[Quince años después]

Elara sacudió su melena dorada y sonrió mientras se ponía de pie. Ofreció su mano al joven cazador de sombras con el que había estado luchando.

Ella seguía viniendo al Instituto de Cazadores de sombras de Nueva York, como lo hacía desde que inició su entrenamiento. Y mucho más ahora que su tío Jace era director.

Ahora ella le ayudaba a entrenar a otros niños o jovenes cazadores de sombras. A su corta edad, y con su magia y poderes adicionales, ella era considerada la mejor de su generación. Tal vez incluso más de lo que Jace, Clary, Isabelle y su padre lo fueron en su época.

El chico era nuevo. Ella nunca lo había visto antes. Era delgado, diría que desnutrido incluso. Obviamente nunca había sido entrenado, estaba fuera fe forma, pero eso no hizo que ella fuera menos dura con él.

Él necesitaba entrenamiento, que lo impulsaran, que creyeran en él, no que lo menospreciaran desde ahora.

—Soy Elara Lightwood Bane —aprovechó para presentarse mientras sus manos seguían unidas. La de él más grande que la suya, su piel morena y algo áspera, todo huesos, pero firme en su agarre. Sus ojos verdes se fijaron en los de oro de ella—. Y necesitas entrenar más.

Ella lo soltó entonces bruscamente, porque un escalofrío la recorrió. Como siempre cuando algo estaba por suceder. Algo que ella había visto antes.

—Yo soy Miguel... —la voz de él era algo insegura.

Elara le prestó atención sólo a medias. Su piel erizándose ya, los vellos de punta. —¿Miguel, qué? —preguntó más por compromiso que por interés; miró con atención a su alrededor, buscando a su hermano Max.

El chico bajó la mirada, avergonzado, antes de que su ceño se frunciera. Él no tenía por qué avergonzarse, al contrario; el cazador de sombras que lo encontró el Buenos Aires y lo salvó le dijo que era fuerte y valiente. —Sólo Miguel, yo no...

Quería decir que no pertenecía a ninguna familia ilustre como seguramente lo hacía ella, que era huérfano, que fue rescatado hace sólo unos días por este amable cazador de ojos azules que lo trajo aquí, pero la chica ya había salido corriendo.

Miguel se molestó tanto. Algo en ella lo había cautivado, además de su forma de pelear y derribarlo sin perder la sonrisa, o el oro en sus ojos, ¡ojos de gato!, pero no era una bruja porque usaba runas. Él se había quedado sin aliento cuando la vio entrar a la sala de entrenamiento.

Fue por instinto que corrió tras ella. Esperando gritarle que era una maleducada, pero también por pura necesidad. Algo lo obligó a ir a buscarla.

Se detuvo de golpe, derrapando cuando se encontró frente a algo horrible. Era un demonio, lo supo por instinto, él era un cazador de sombras después de todo.

Olía a azufre. Y uno de sus tentáculos, que parecía formado por humo, tenía rodeado el cuello de Elara manteniéndola contra la pared.

Pero, mientras que Miguel sintió el miedo recorrer su columna vertebral y acelerar su corazón, Elara sonreía.

—Sabes quién me manda —la voz inhumana estaba diciendo—. Tú hiciste un trato para salvarlo hace más de quince años. Eres especial, Elara Lightwood Bane. Hija del cazador de sombras Alexander Lightwood y el Gran Brujo de Brooklyn Magnus Bane. Nieta de Asmodeus. Hoy debes pagar, princesa.

Hermoso accidente (Malec Mpreg)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora