Epílogo de la primera parte

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Dos poderosos hombres estaban sentados frente a frente. Entre ellos, había un fino tablero de ajedrez que contemplaban fijamente, con aparente frivolidad, aunque seguían con cuidado los movimientos del otro.

—Parece que perderás a tu reina —dijo De Lois, quien jugaba con blancas piezas de marfil.

—Yo pensaría que tú has perdido a la tuya —caviló Di Maggio que observaba las suyas de negrísimo y pulido ébano, dando un pequeño sorbo de coñac.

Su rubicundo contendiente fumaba un puro que no podía ser más grande; de vez en cuando bebía un trago de un elegante vaso old fashion, como el suyo.

—Caballo a torre —aseveró De Lois, tomando la pieza hexagonal.

Giorgio veía la jugada muy concentrado. Optó por el alfil. Su oponente movió un peón y como respuesta él utilizó a la reina, misma que fue tomada en la siguiente jugada.

—Te dije que caería —repuso Alex satisfecho, lanzando una bocanada de humo.

Su contrincante lo observó directamente, en silencio, con su penetrante mirada azul bajo las pobladas cejas negras. Tras su jugada, el rubio había dejado un letal espacio, el cual fue aprovechado por él.

—Jaque —decretó.

Alex observaba inconforme el tablero, percatándose de que ya no tenía más opciones. Di Maggio bebió lo que quedaba en el vaso, se levantó apoyado en el bastón con empuñadura de plata, y se dirigió hacia la puerta del penthouse. No se había quitado el abrigo, nunca lo hacía: le cubría la rodilla que tanto le molestaba. Antes de salir, dio media vuelta un momento y dijo con su profundísima voz:

—Debiste olvidarte de la reina.


FIN DE LA PRIMERA PARTE

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