Capítulo 8

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En aquella zona, igual que sucedía en el resto de Madrid capital, los amplios pisos de los edificios antiguos que antaño pertenecieron a familias adineradas, ya desde hacía unos cuantos años, se habían ido segregando en pequeños apartamentos. Muchos de ellos, la gran mayoría, con lo básico e indispensable, pero a un precio más asequible para el nuevo mercado y sus demandas.

Así era el estudio donde vivía Amelia y, en su mismo pasillo, también lo hacían Ana y Jesús. Había sido gracias a este y su todavía confusa relación paterno filial con el agrio de Domingo, el recepcionista con pretensiones de gerente, que las dos chicas habían conseguido un alquiler que, aunque algo elevado para el espacio real del que disfrutaban, tampoco rozaba la locura como sí ocurría en cualquier otro piso tan céntrico.

La morena estaba recostada en el sofá de Jesús desde hacía ya un rato. Al llegar se había sentado, pero si continuaba esperándolo iba a terminar tumbada y con las piernas encima del respaldo. Ella, sin embargo, ni siquiera se había dado cuenta de que había pasado tanto tiempo, estaba demasiado ensimismada con el móvil para mirar la hora.

—Oye, Amelia, y ¿qué tienes pensado hacer ahora? —le preguntó Jesús, mientras se ponía la camiseta—. Lo digo porque ya hace tres días que fue tu última actuación en el Kings, ¿te ha dicho María algo?

Esta lo miró un momento y tecleó casi instantáneamente:

Un segundo, Jesús me está hablando

Habían pasado ya dos meses y medio desde su primera actuación en el Kings, dos meses y diecisiete días desde la primera vez que Luisita y ella habían cruzado palabra, pensó Amelia, y todo había sido tan fácil que ahora se abría una grieta de incertidumbre ante la perspectiva del fin de esa etapa. Y el silencio de la actriz tampoco ayudaba.

—Pues, no sé, Jesús... —Amelia respiró hondo, era un tema que la preocupaba—. María no me ha dicho nada, no.

—Y ¿por qué no le preguntas a Luisita? Digo, igual ella puede interceder por ti, ahora que sois tan amigas.

—No, ni hablar, no quiero utilizar nuestra relación para llegar hasta su hermana.

—Pues, tienes dos trabajos y déjame recordarte que, por desgracia, ambos los has conseguido a través de una amistad personal. —Jesús ya se estaba poniendo los zapatos sentado al otro lado del sillón—. Y que conste que no estoy tratando de desmerecer tu valía profesional, ¿eh?

—Lo sé, lo sé, no te preocupes.

El teléfono de Amelia se iluminó con un aviso y esta no tardó en desbloquearlo para leer el mensaje entrante.

¿Ha terminado ya con su estriptis?

Alerta spoiler: ¡ese chico está loco por ti!

¿Cómo puedes ser la única que no se ha dado cuenta? 🙄

Es que me parece increíble, de verdad

La morena primero sonrió y después no pudo retener un suspiro demasiado obvio como para que Jesús no se diese cuenta.

—¿Hola? —Su amigo chasqueó los dedos delante de ella para llamar su atención—. Ya estás hablando con esa persona otra vez, ¿no? Te tiene atontada perdida.

—¿Qué dices? ¿Qué persona?

—¡Eso me gustaría saber a mí! —exclamó Jesús, ya poniéndose la cazadora, mientras Amelia volvía a teclear—. Pero estás en un plan que no sueltas prenda.

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