Capítulo 12

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Primero fueron unos golpes en la puerta, luego sonó el timbre, Amelia no tenía ganas de ver a nadie. Aunque, en realidad, eso no era cierto, hubiera dado lo que fuera para que al otro lado de esa puerta hubiese estado ella, pero sabía que las posibilidades eran nulas. Aun así, dejó la guitarra a un lado y el cuaderno y el lapicero sobre la mesa para ir a abrir.

—Hola... ¡Vaya pintas, hija! —Resultó ser Ana, que tras aquel saludo entró, le dio dos besos y fue directa a medio tumbarse en el sofá—. No puedo ni con mi alma, ya estoy mayor para doblar turnos...

—¿Quieres tomar algo? —Las buenas costumbres de anfitriona eran sagradas, por mucha confianza que tuviese con sus amigos.

—No, gracias, si ahora, cuando llegue a casa, me voy a duchar que en un par de horas he quedado para cenar con Gabriel.

—¿Sigues con eso? —Amelia quitó la guitarra de en medio y la llevó a su sitio, momento que Ana aprovechó para echarle un vistazo al cuaderno sin que su amiga la viera.

—Uh, ¿estabas componiendo? Espero no haberte interrumpido.

—No me cambies de tema.

—Sí, sigo con eso, pero no he venido aquí a hablar de mí, sino de ti. Jesús me ha dicho que te vendría bien una visita y... —la miró de arriba abajo, mientras se sentaba— no hay más que verte para saber que tenía razón. Cuéntame, ¿qué te tiene así?

—Nada, son rachas... —Ana la miró con escepticismo y la morena cedió, lo necesitaba—. Vale, creo que me he enamorado de alguien.

—¿Y...?

—Es hetero —respondió, pesarosa, como si le acabase de comunicar que tenía una enfermedad grave.

—¡Joder! —La pelirroja dio una palmada contra su pierna en señal de fastidio—. ¿Estás segura?

—Sí, creo que sí...

—Crees... ¿La conozco? —Amelia asintió—. ¡Claro!, la tengo que conocer, no te ibas a enamorar tú así de hoy para mañana. Bueno, y ¿quién es?

—A ver, es que... —se mostró renuente, una vez dicho quedaría expuesta.

—No seré yo, ¿verdad?

—No, no, por dios.

—Ah, porque igual me lo pensaba, ¿eh? —le guiñó un ojo para relajar la situación y la morena sonrió, misión cumplida.

—Tú estás muy bien, pero... no.

—¿Entonces? —La pelirroja la miró con expectación y, ante las dudas de su amiga, la apremió con gesto suplicante—: Vamos, necesito un nombre...

—Luisita —susurró esta, como si decirlo bajito fuese a reducir el impacto.

—¡Uh! —Ana se echó hacia atrás en el sofá por la impresión—. Vaya... pero Luisita, ¿Luisita?

—Sí...

—Ah... —Lo sopesó durante unos segundos y luego preguntó un tanto preocupada—: ¿Y ella qué opina al respecto?

—Nada, no lo sabe.

—Pero ¿cómo que no lo sabe?

—Está con el tal Pablo ese, ¿qué le voy a decir? ¿Hola, mira, quiero estropear nuestra amistad porque, aunque tú no lo sepas soy lesbiana, y me he enamorado de ti?

—Espera, espera, ¡un momento! —Ana le puso la mano en el brazo para evitar que continuase—. ¿Cómo que ella no sabe que te van las tías?

—Bueno, es que no ha surgido el tema.

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