Final

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El tercer sábado de ese mes de febrero acabábamos de levantar la carpa en un
sitio aledaño al balneario de Iloca.

Llegamos allí cerca de las dos de la tarde, con un cansancio enorme porque habíamos desmantelado el circo esa misma madrugada antes de que aclarara. A esto se sumó un viaje que, aunque breve, nos agobió sobremanera, pues una onda de calor se desató abarcando la zona como un manto sofocante.

Ahora estábamos a la mesa en campo abierto, recibiendo una tenue brisa
crepuscular. Oscurecía ya. Nadie hablaba mucho, terminábamos una merienda para luego irnos a dormir. Entonces ocurrió.

Camila estaba sentada a mi lado. De pronto sentí que me tomaba fuertemente de un brazo; crispado el puño, sus uñas se hincaron en mi carne. Me volví a ella y la vi inclinarse sobre la mesa y a la vez noté que se había puesto a temblar entera; su cuerpo era sacudido por convulsiones violentas.

Alcanzó a pronunciar mi nombre dos veces, claramente; luego su voz se convirtió en un sonido ronco que se extinguió. Su frente había dado contra la mesa; la abracé por la cintura tratando de alzarla y volverla a su postura original, pero su padre me lo impidió.

-¡Déjala tal cual, Lauren, no la toques! ¡Sólo evita que se caiga al suelo!

Alejandro venía hacia nosotros desde la cabecera y ya estaba junto a su hija.

-¡Traigan una manta, rápido! Lauren, ayúdame a recostarla sobre la mesa.

Entre los dos la levantamos. No cesaba de temblar, su cuerpo se mantenía encogido y le castañeteaban los dientes; su padre le introdujo un pañuelo en la boca.

Los ojos de Camila miraban sin ver y se pronunciaban desde su órbita, desmesuradamente. Transpiraba de modo abundante, tan abundante que se le veía
empapada hasta la blusa y húmeda la piel de los brazos y el rostro.

-Preparen un par de bolsas de agua caliente -pidió Alejandro mientras recibía una manta y cubría con ella a Camila-; le va a bajar un frío intenso -me informó.

Yo le ayudé a abrigarla y, al tomarle una mano para guiársela bajo la manta, la
noté tan helada que me recorrió un escalofrío. De súbito dejó de tiritar y se apoderó de ella una laxitud total; su rostro, que sólo durante esos minutos había perdido su sonrisa, la recuperó ahora. Con mi pañuelo le limpié una salivación de los labios.

Miré al padre de Camila y él percibió mi interrogante.

-Es el ataque que le ha venido -dijo-, ya te explicaré; ahora ayúdame a llevarla
a la tienda.

Otros dos circenses se nos unieron para trasladarla hasta su cama. Una
parienta de su madre, que era artista en malabares y que se demostraba siempre
particularmente cariñosa con ella, se sentó en la única silleta, dispuesta a quedarse ahí para cuidarla.

-Yo también me quedaré -dije, ubicándome a los pies de la cama.

-No -dijo el padre.

-Sí -le repliqué-, quiero pasar la noche aquí.

-No, Lauren, ven conmigo, tú y yo tenemos que conversar.

-No hay apuro, señor -objeté.

-Sí lo hay, Lauren, haz el favor de seguirme.

La parienta aquella movió la cabeza en gesto de afirmación, mirándome significativamente, reforzando así la resolución del padre de Camila. Salí detrás suyo. Caminó hacia la carpa y entró en ella.

Me esperaba sentado en la gradería; al
paso había encendido un foco del mástil, que nos dio directo a la cara. Me paré frente a él. Entonces dijo:

-Ahora, Lauren, debes irte.

Me miraba con una seriedad llena.

-¿Cómo dice...?

-Que debes irte, Lauren.

-No, por supuesto que no, menos que nunca me iría ahora.

-Tienes que irte, escucha: ella no te reconocerá cuando vuelva en sí.
¿Entiendes?

-No entiendo, no le creo...

-Mira, escúchame y no me interrumpas: todos sabemos aquí que después de un
ataque pierde la memoria, todos pueden confirmártelo. Debes entender que no
permitiré que la veas cuando despierte. Esto se acabó, es simplemente así y no hay
nada que podamos hacer. Sí...¡no me interrumpas! Si te dejé venir con nosotros fue porque sabía que esto no tardaría en ocurrirle...

-¿Por qué no me lo dijo en Quintero, si era cierto...?

-Porque no me lo habrías creído. Mira, ella olvida, después del ataque, a las
personas y los hechos recientes,quiero decir de los últimos meses. Si te encontrara al despertar, no te reconocería. Sólo a veces, y esto es impredecible, algunos nombres pueden removerle vagamente la memoria, y la dañan. Pero ella no escuchará más tu nombre, porque tú no estarás aquí cuando despierte.

-A mí no me olvidará...

-Te olvidará. Será como si no hubieses existido, como si nunca te hubiera
conocido.

-Pero, señor, si se equivocara usted, si por una sola vez no fuera así...

-Entonces, Lauren, puedes contar con mi promesa de que te lo haré saber.
Pero pierde esa esperanza, es absolutamente vana.

Me ofreció su mano abierta. Se la estreché.

-Tienes que apurarte, Lauren, ¿eh...? Mucho me gustaría escuchar que has comprendido.

-Haré mi maleta -le dije, y agregué-: ¿Puedo verla antes de partir?

Asintió con un gesto triste que, sin embargo, se parecía a una sonrisa.

Cuando entré a la tienda, Camila seguía durmiendo apaciblemente. Me acerqué a ella y me hinqué para no alterar la inmovilidad de su cama. Quise tomarle
una mano, pero me arrepentí antes de tocarla.

Aproximé mi cara a la suya hasta percibir el calor de su respiración. Eso fue todo.


No iba a verla nunca más.



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°Queda un capítulo más, que sería el epílogo. No sé si subir el epílogo original o adaptarlo para que está historia termine de otra manera. Realmente no sé qué hacer;(

•Muchas gracias a las personas que se dieron el tiempo de leer esto NFNSNFNSN

What Is Love? (Camren)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora