El olor del cloro inundó las fosas nasales de Stef al entrar al hospital, le traía tan malos recuerdos que prefirió apartarlos de su mente, en ese momento debía concentrarse en lo importante; la pequeña personita que la esperaba en terapia intensiva, ella era la única que importaba. Sin dejar vencerse por las lágrimas que le llenaban los ojos caminó por los pasillos del hospital hasta llegar a la habitación 208, respiró profundamente, tomó el pomo de la puerta para entrar a ese lugar que había sido su casa esa última semana y años atrás.
La imagen que la recibió era impactante a pesar de que la había vivido muchas veces, ver un pequeño cuerpo lleno de cables y máquinas a su alrededor era lo más duro, más si esa personita es lo que más quieres en tu vida y saber que solo gracias a esas máquinas y medicamentos la mantienen con vida... es lo peor que puede pasar.
Al estar tan concentrada en la pequeña, no se percató de que alguien le hacía compañía a su ángelito esa persona era un hombre que conocía muy bien, estaba sosteniendo la mano llena de agujas. Las lágrimas acumuladas en sus ojos se derramaron sin poder evitarlo, él se levantó sin pensarlo, la rodeo con sus brazos y así dejar que por primera vez desde que Sofi entró en crisis, se derrumbara. Stef lloró como nunca en su vida, mientras se aferraba a la chaqueta del único hombre que había estado para ella siempre, a pesar de sus errores y malas decisiones. Él no la abandonó, por eso le estaba tan agradecida, ese tipo se merecía más que su cariño y apoyo incondicional. Mientras el cuerpo de Stef se sacudía por los sollozos, él la sostenía. Así pasaron alrededor de quince minutos hasta que ella se sintió con la fuerza de enfrentar lo que esa habitación y esa cama de hospital le presentaba. Se retiró de apoco, le regaló una pequeña sonrisa en agradecimiento que él correspondió. Saliendo de sus brazos se acercó a la cama y apartó un pequeño mechón de la frente de su princesa.
—¿Cómo ha estado?
—Tranquila.
—Eso es bueno ¿No? —dijo Stef.
—Lo es, los médicos han dicho que está respondiendo de apoco al tratamiento —eso le dió un poco de esperanza, ya dicen que esa es la última que muere y ella tenía mucha con respecto a Sofia.
—Esa es una gran noticia, Zacarias.
—Tienes razón Stef, nuestra niña es una guerrera, nunca lo he dudado —ella sonrió al escucharlo.
—Siempre lo ha sido, muchas veces pienso que ella es la más fuerte de los dos.
—Es posible —respondió Zacarias con una sonrisa mientras se acercaba a ella, puso uno de sus brazos sobre los hombros de Stef, pegandola a su costado—. Todo estará bien mi niña, esto solo es una prueba más.
—¿Una prueba más, Zacarias? Llevamos años luchando con esta maldita enfermedad, tengo miedo de que Sofi deje de luchar, que esté tan cansada de estar en hospitales y se deje vencer por esta mierda —estaba tan cansada de todo, furiosa con la vida que le había tocado a Sofia, siendo una niña tan buena, solo tenía ocho años. La mitad de su vida la había pasado entre las paredes del hospital, ese maldito lugar se había vuelto su segunda casa y lo odiaba con toda su alma. Una pequeña voz algo ronca la sacó de sus pensamientos.
—Es malo decir palabrotas —fueron las primeras palabras de la niña, los dos adultos no pudieron evitarlo y soltaron una pequeña risita llorosa.
—Lo sé querida, pero a veces se me olvida —dijo Stef separándose de Zacarias, besando la frente de la pequeña Sofia.
—¿Cómo te sientes cariño? —preguntó Zacarias.
—Cansada y con mucha sed ¿Me puedes dar un poco de agua, abue? —él sonrío al escucharla, desde que había aprendido hablar lo llamó así, a pesar de que un lazo de sangre no los uniera.
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Borja
Teen FictionBorja Loson, un joven ingeniero en sistemas de veintidós años, es contratado por una de las mejores empresas de tecnología de los Estados Unidos. Además de ser inteligente y buena persona, es muy tímido e inseguro. No confía en nadie. Nunca se ha d...