Harry metió el pie en el estribo y se montó sobre Rancon. En una semana se había convertido en un romántico incorregible. Miró las violetas que había recogido en el campo y sacudió la cabeza. Los chicos de la oficina iban a disfrutar si se enteraban de eso.
Sin embargo, Harry no pudo evitar una sonrisa al pensar en la alegría de Ángel y en la recompensa que recibiría él.
Espoleó levemente a Rancon y volvió hacia la cabaña. El día prometía ser precioso. El sol brillaba, pero no hacía mucho calor. Era un día perfecto para pasarlo junto al río, dentro del río. Sonrió de oreja a oreja. Pero la sonrisa se desvaneció ligeramente. Tenía que estar camino del pueblo para recibir la información de Jack. Se lo debía a Ángel. Tenía que descubrir quién era y a quién pertenecía. También era verdad que no quería que nada interfiriera en lo que ella llamaba «su pequeño mundo». Al menos, durante un día más.
Era un idiota romántico.
Siguió echándose la bronca mientras cabalgaba a través del claro, pero al acercarse a la cabaña, notó algo raro en el ambiente. No sabía qué era. El solo brillaba y los pájaros cantaban, pero él sabía que había algo que no encajaba.
Hasta que lo vio.
Con el corazón en la garganta, tiró de las ríendas, desmontó y sacó la pistola.
En el porche, justo delante de Ángel, pudo ver a las dos bolas de grasa europea del pueblo. Intentó ver si llevaban armas y observó que uno de ellos tenía algo oscuro en la mano. Harry no podía distinguir qué era, pero se le encogió el corazón.
Los hombres hablaban y tenían una expresión rígida. Hablaran de lo que hablaran, le pareció que Ángel estaba disgustada.
Harry avanzó hacia ellos apuntándolos con el arma.
—¡Tírala! —gritó cuando estaba a unos diez metros.
Los dos hombres lo miraron con los ojos entre cerrados, se volvieron hacia Ángel y le dijeron algo.
La sangre le bullía de furia y Harry tenía todo el cuerpo y los sentidos en tensión.
—¡Tírala o te tiro a ti!
Ángel se puso delante del más pequeño de los hombres con una mirada llena de temor.
—No, Harry, por favor...
—No te muevas, Ángel —Harry ya estaba a cinco metros.
—Le recomiendo que no siga avanzando y que tire el arma, señor —dijo secamente el gigantón que estaba a la izquierda de ___.
Harry soltó una obscenidad de tres palabras y siguió acercándose con el arma completamente extendida.
—Harry, por favor —le suplicó Ángel.
Luego se volvió hacia el pistolero número uno.
—Cale, ni se te ocurra hacerle algo.
—Pero Alteza, la ha tenido secuestrada —le dijo el pistolero más bajo a sus espaldas.
Harry sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago o más bien en los oídos. No podía haber oído bien. Era imposible.
Ángel sacudía la cabeza en dirección al hombre más bajo.
—No, Peter, me ha ayudado.
—Alteza, es normal que en situaciones como esta se piense que...
—¿Alteza? —Harry agarró con más fuerza la pistola—. ¿De qué demonios está hablando, Ángel?
El pistolero llamado Cale no le hizo caso y se dirigió a Ángel.
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