IV

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Septiembre 17, 2019

Recuerdo ese martes como si lo estuviera viviendo justo ahora; lo digo sin intenciones de soñar como anciano hablándole a sus bisnietos sobre el día en el que se hundió el Titanic. Es imposible olvidar el martes que llovió a cántaros sin previo aviso. Tal vez de fue mi culpa, nunca le presté atención a los canales del clima que pasaban en la tele, y ese día no fue una excepción.

Todo comenzó a las nueve treinta, poco más de una hora después de haber comenzado mi turno. El cielo se tornó negro casi de repente, y las gotas no tardaron en caer enojadísimas, como si intentaran asesinar a alguien por la calle. Janine tenía el día libre, el Señor Hunter estaba de vacaciones y el auto se Jared se habría quedado varado en la avenida durante su camino al trabajo. En condiciones normales, el café no habría siquiera abierto, pero yo ya había llegado al lugar para entonces. Equis, estaba destinado a pasar una mañana solitaria, aunque acompañado de música navideña y unos tentadores cestos de basura.

Las doce y cuarto fueron algo distintas pues, mientras me ocultaba tras el mostrador para poder devorar mi tercera dona con la calma adecuada, sentí la campana. Comencé a reincorporarme y, apenas asomé mi cabeza, distinguí una inconfundible melena oscura con detalles en rosa chillón.

Dime que es un chiste.

-¡Juro que el cielo se cae! ¡Esa película lo predijo! -Exclamó mientras escurría su falda, cubrí mis oídos- ¡Está imposible!

-Ya, ya. Mensaje recibido. -Dije intentando calmar sus gritos.

-¡El único día que decido no usar la bici para recorrer el vecindario, llueve a cántaros y no puedo hacer más que caminar! ¡Incluso si intentara correr, mis piernas son demasiado cortas! -Continuó acercándose al mostrador, moviendo sus manos de un lado a otro.

-Niña, para ya.

Golpeó ambos brazos sobre la mesada y recostó su peso en ellos, mientras me miraba fijamente. -Llevo dos horas allí fuera. -susurró- Dos. Horas.

-Pero la lluvia comenzó hace cuatro. -arqueé una ceja.

Su rostro se suavizó poco a poco, como si hubiera recibido un mensaje capaz de cambiar su vida. Retiró sus brazos y se acercó a una de las mesas que me enfrentaban. Tomó una silla roja y, sin decir una palabra y con rostro aún inexpresivo, se acomodó en ella. Parpadeó varias veces, una más lenta que la anterior, hasta que cerró sus ojos por más de tres segundos.

-¿ho, ho, ho? -Pregunté aún en mi lugar, sin saber exactamente qué hacer.

Los truenos resonaban por todo el lugar, y el sonido de la lluvia golpeando el tejado me hacía creer que estaba debajo de la misma, sin resguardo alguno. Amaris se mantuvo en silencio, y hasta creí que caería dormida en cualquier momento.

-Vaya que la pasaste feo.

-Llevo dos horas allí fuera. -Explicó volviendo a cerrar los ojos.- Olvidé mis llaves en casa, y mi hermano estaba en clase. Después de hora y media en la plaza, recordé que este es el único café que existe en este estúpido pueblo, entonces vine.

-También hay un starbucks a dos calles. -Reí ingenuo.

-Sí, pero no hacen buen chocolate caliente. -también rió, dedicándome una mirada relajada.

-Me parece justo.

El lugar estaba vacío, y dudaba que alguien se atreviera a salir con ese clima. Miré a la niña, quien aún intentaba recuperarse de sus horas bajo la tormenta, y se me ocurrió una idea. Sin pensarlo, desabroché mi delantal y me quité el sombrero. Amaris observaba atenta, aunque podría notar su cansancio a tres kilómetros de distancia.

-Vé atrás. -señalé la puerta verde cerca de los baños. -Mójate con agua caliente y usa las toallas azules. Ponte la chaqueta de Jared, creo que ya ni le cabe -parpadeó, y yo solté un suspiro exhausto.- Prometo no entrar, sólo prepararé unos cafés.

Aún algo atónita por mi repentino acto de bondad, y mientras me miraba confundida, La Niña se levantó de su asiento y se dispuso a seguir mis instrucciones. Cuando desapareció por la puerta, encendí la cafetera y, por otra parte, preparé esa bebida extraña que a Amaris tanto le emocionaba pedir. ¿Quien demonios vuelca café en un simple chocolate caliente? ¡Debería ser ilegal!

Cuando estaba batiendo el envase de la crema, unas mechas rosas cruzaron la puerta. Estaba más relajada, y podía notarlo. El abrigo de Jared le quedaba algo grande, pero parecía estar a gusto.

-¿Por qué apagaste las luces? -preguntó confundida, acercándose a mi lugar. Tendió la toalla sobre la silla en la que se habría sentado minutos antes, y observó tentada el chocolate caliente.

-Así la gente cree que está cerrado. -Dije ofreciéndole la taza. -No tengo intenciones de atender a nadie.

Soltó una carcajada y aceptó la bebida, susurrando un leve "Gracias". Le dio un sorbo al chocolate y se acercó a la pared del ventanal, sentándose en el suelo y recostándose sobre ella. Dio unas palmaditas en el espacio a su lado y, sin soltar mi latte, ocupé el lugar. Si íbamos a estar bajo el mismo techo por quien-sabe-cuanto-tiempo, al menos podríamos llevarnos bien.

-Así que... ¿Sin llaves? -Hablé antes de beber de mi taza.

-Ni me lo recuerdes -soltó una risita.- No puedo creer que tardé más de una hora en recordar que no soy la única habitante en la zona, ¡podría haber venido mucho antes! -soltó indignada consigo misma, sin quitar la vista de la crema batida.

-No te culpo. -Dije, "Es un pueblo con luces".

-¿Y tú? ¿Por qué no estás en casa? -Preguntó curiosa, acercando el chocolate a sus labios.

Bufé. -Por si el "Ho, ho, ho" y los cuernos de reno no eran suficientes, déjame decirte que trabajo aquí. -rió- Además, eso hubiera significado cuidar de mi sobrina y, a pesar que la adoro, mi cuota de cambiar tres pañales por semana ya caducó, y eso que es martes.

-Lógica aceptada. -Dijo, y no tardó en poner su taza frente a la mía para brindar.

Dimos un trago al mismo tiempo, y admiramos el espacio llenarse de luz cuando cayó un rayo.

-Si algún día necesitas ayuda con tu sobrina, cuenta conmigo -Soltó de la nada. Levanté la ceja- No me mires así, ¡Ni siquiera me conoces!

-Exactamente por eso dudaría en confiarte a Eva. -Dije con obviedad. -Además, ¡Usas café en el chocolate! De seguro que no eres de confiar.

-¡Que sí, Isaac! -levantó el dedo pulgar- Primero, adoro a los niños. ¡Y hasta me gustan las películas infantiles! Y dos, -levantó su dedo corazón, dedicándome un gesto no tan amigable.- Es la combinación ideal. Tú no eres de confiar si nunca la has probado, y no tengo dudas al repecto.

-Por ahora, encárgate de pedirle tu propio sobrino a tu hermano. -reí.

-Estás loco. Él sí que no sobreviviría.

Es curioso como, un par de días atrás, estaba convencido de que Amaris era ese tipo de chica que, cada dos palabras, mencionaría algo relacionado a su horóscopo (Similar a Larissa al cumplir trece años), o que incluso trataría de adivinar mi signo sin que yo se lo pidiera. Nunca me gustó juzgar a las personas por el exterior, ¡pero vamos! ¿Cabello negro y mechones rosas? ¿Falda y suéter en un mismo atuendo? Tenía mis sospechas.

Resulta que sí leía el horóscopo, pero como un método de salvación al aburrimiento. Descubrí que su comida favorita eran los pop tarts de fresa, los típicos, y que compartía una casa con su hermano desde hacía un año. No pregunté sobre la ausencia de sus padres, pero me prometí descubrirlo en algún momento. Al fin y al cabo, creo que tengo algo de conocimiento sobre el tema.

Y allí nos quedamos, hablando de bobadas y más bobadas hasta las seis, cuando decidí que la lluvia no iba a parar y que debía cerrar el café antes de que alguien se dignara a aparecer. Descubrí que Amaris vivía a tres calles de mi casa, por lo que nos hicimos compañía en el camino. Corrimos por las calles como locos, y apostaría lo que fuera a que Amaris tardaría un par de segundos después de entrar a su casa en descubrir que había arruinado la chaqueta de Jared.

Quién lo diría: Tal vez el trabajo si tenía sus ventajas.

Lunes en el Polo NorteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora