Viernes 17 de abril de 2020
...or a beautiful nightmare?
Mira, estoy de los sueños intermitentes hasta el huevo áureo. ¿A alguien más le está pasando? Porque he visto a un par de personas en Twitter que también están durmiendo como el orto, con una barbaridad de sueños. No sé, con esto de la cuarentena, el encierro, la introspección y demás mierdas, lo mismo estamos conectando con alguna clase de conciencia colectiva superior. Como la empatía pero a lo bestia. Empatía 2.0 podríamos llamarla. Si es así, por favor, que me corten el wifi cerebral que no quiero tener nada que ver, ¿vale? Gracias. Bastante bola se me hacen ya las redes sociales como para encima tener que lidiar con un «feisbus cósmico». Ni de coña, vamos. Es que me autoavadakedavro... (que viene a ser lanzarse la maldición asesina a uno mismo, por si hoy estáis espesos y no lo pilláis, yo qué sé).
No tengo nada en contra de los sueños, ya he hablado sobre esto, pero es que llevo un par de días que me despierto cada puta vez que termina una fase onírica y empieza la siguiente. Esta noche, por ejemplo, si no me he despertado diez veces, no lo hice ninguna. Es que así no hay manera de descansar, de verdad. ¿Cómo se supone que debo rendir yo por el día? Si tengo que estar despierto por la noche también, yo ya me bajo de la vida. Donde sea. En mitad de ese descampado lleno de zarzales me vale. Hasta luego, gracias.
Y anda que los sueños son tranquilos, ¿sabes? Que tenía la calle de niños. Y diréis «oh, qué tierno... eso será el reloj biológico que te pide ser papá». Pues que alguien me diga dónde está ese reloj, que me lo extirpo con la cucharilla del postre y me hago un llavero con él (que no sé para qué coño quiero un llavero si no puedo salir de casa, pero ese no es el caso... ¡no me distraigas!). O sea, ¿se puede tener una pesadilla más horrible? Había como una docena de críos gritando, corriendo y pegándole patadas a un balón en la puerta de mi casa. Ufff... qué ansiedad me está entrando.
Vale, hablando de ansiedad. Vosotros no habéis notado nada, pero se me había quedado pillado el ordenador y he tenido que forzar el apagado. Entro en pánico satánico cada vez que pasa, y el sonidito apocalíptico del sistema interrumpiéndose de golpe no ayuda en absoluto. Por suerte tenía guardado el documento, porque no sería la primera vez que peta y pierdo el progreso (ni la segunda, ni la tercera...). De acuerdo, el Word crea copias de seguridad de tanto en tanto, aunque no sé cómo se las apaña para nunca acertar con el momento oportuno. Así que he estado como diez minutos peleándome con este montón de chatarra hasta que al final ha resurgido de sus cibercenizas.
Ya no sé ni de qué estaba hablando. Y no, no voy a releer, ¿os pensáis que soy un profesional o qué?
Como sea, os quería comentar el extraño caso de una de mis vecinas. De hecho, es la abuela que saca al nieto a jugar al jardín, la que os comente el otro día (cuando quiera que fuera eso). Pues resulta que la señora pasa una cantidad preocupante de tiempo en la terraza de su habitación. Que me levanto por la mañana y abro las ventanas, ahí está ella, fumando. Que salgo a tender la ropa, ahí sigue, medio escondida tras la balaustrada. Que me despanzurro en el sofá después de comer, sí, efectivamente, sigue ojo avizor.
Y, ¿por qué preocupante? Bueno, si semejante conducta sigue sin poneros la piel de gallina, y aparte de parecer el Papa, todo el día asomada al balcón, resulta que la terraza da frente con frente con la galería de mi cuarto (que no es otra cosa que la terraza reconvertida en un espacio aprovechable, como un pequeño salón particular). Lo perturbador es que de su casa a la mía solo nos separan unos diez metros, contando el dichoso jardín en el que por la tarde sale con su nieto. Vaya, que si me paseo en pelotas y coincide con una de sus múltiples sesiones de paparazzi ya tiene espectáculo garantizado. Lo que no sé es si será una tragicomedia, un musical o un thriller psicológico: para gustos, culos; y en este caso, nunca mejor dicho.
Además, pues prefiero no pensar demasiado en el hecho de tener una abuela voyeur, está el asunto de que no ceja de hablar por el móvil de los huevos. Diría que hasta habla más que mi madre. Ok, no sé si tanto, pero sí lo suficiente como para que su cháchara húngara me taladre la puñetera cabeza, sobre todo cuando intento leer o ver algo en la tele. Que sí, que puedo cerrar las ventanas y la puerta, pero bastante tenemos ya con no salir de casa como para recrear un piso franco. Ni hablar. Y, claro, luego por la tarde la sesión con su nieto. Vamos, que estoy de la señora hasta el papo. ¡Coño, es que la tengo hasta en la sopa!
En fin, que el único consuelo que me queda es que las noches siguen siendo relativamente frescas como para que acampe en la terraza y se ase unas nubes con el mechero, entre cigarro y llamada al teléfono.
Y, ahora que lo menciono, ¿os habéis parado últimamente a escuchar lo silenciosas que están las noches? Al menos donde vivo y cuando no hay ningún vecino dándoselas de Dj ibicenco. Puesto de speed (¿se sigue llevando eso? La verdad es que no tengo la menor idea sobre drogas, fue la primera que me vino a la cabeza). Es casi tan agradable como sobrecogedor... el silencio, obviamente. Haceos el favor y dedicadle unos minutos.
Nada más por hoy. Espero que estéis bien, que os comportéis de manera civilizada y que comáis, dentro de lo posible, mucha fruta y verdura.
Gute nacht.
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Diario de una cuarentena
General FictionHola, soy Fígaro y estoy en cuarentena. De hecho, medio mundo lo está. Y todo por el famoso coronavirus que sale hasta en la sopa. Porque, por si no te has enterado todavía, es una pandemia global y no podemos ni debemos salir de casa. Pero a mí lo...
