Sábado 23 de mayo de 2020
Como decimos en mi casa, «agarraos que vienen curvas». La Sra. W se adelantó y bajó las escaleras, dejándome en la cámara frigorífica con los dientes bailando claqué. Tenía dos opciones: dar media vuelta y dejar de tiritar (y no solo por el frío del copón bendito que hacía allí dentro), a costa, eso sí, de quedarme con la incertidumbre de qué cojones habría en la planta baja; o cometer la imprudencia de seguir adelante, sin cobertura en el teléfono ni modo alguno de avisar a nadie, pero poder descubrir por qué coño había una puerta oculta en la nevera gigante del súper. Y ya si le daba respuesta al resto de sucesos, digamos, inexplicables que me orbitaban desde hacía diez días, mejor que mejor.
A ver, tenéis que comprender que yo he vivido en esta urbanización durante muchos años y el súper ha estado siempre ahí, casi como un anacronismo permanente e inamovible. Era el lugar donde comprábamos helados de pequeños; donde acudíamos para algún olvido cuando nos juntábamos los amigos, ya de más adolescentes, y no teníamos patatas fritas (por ejemplo), e incluso alguna que otra botella de vodka de garrafón con el que bien podríamos inmunizarnos contra el coronavirus de por vida. Lo que quiero decir es que el súper ha formado y forma parte del entramado y la subcultura vecinal durante generaciones, a pesar de haber cambiado de dueños y no ser otra cosa que una tienda de ultramarinos (de esas que tienen un poco de todo y un mucho de nada) con el precio más inflado de la cuenta. Nunca mejor dicho. Vale, chiste malo, perdón. Es que si no me lo tomo con humor, no sé...
Por descontado, como no podía ser de otra forma, las historias y leyendas urbanas que giraban en torno a semejante antro eran más que variadas, algunas más grotescas que otras, eso sí. La que más me impactó fue aquella de quien se encontró un trozo de carne podrida dentro de los cereales; o la de una amiga que afirmaba haber comprado algo caducado sin darse cuenta y, al abrirlo, estar lleno de bichos muertos.
Dicho esto, quizá podáis entender mejor el enorme descubrimiento que se mostraba ante mí, la fortísima dicotomía que hervía en mi interior al ser testigo de que, en efecto, el súper parecía esconder más de lo que habíamos siquiera imaginado de niños. ¿Desde cuándo estaría esa puerta ahí dentro? ¿Qué habrá debajo? ¿Cuándo lo construyeron? ¿Con qué finalidad? Todo eso daba vueltas en mi cabeza, provocándome una sensación de vértigo e irrealidad brutales; mientras mi cuerpo, más frío que cuando vi el final de Juego de Tronos, cometía la tremenda y absurda negligencia de seguir los pasos de la Sra. W y bajar las escaleras.
A ver cómo os explico lo que había allí abajo. Ojalá me hubiera atrevido a hacerle una foto, pero entre la tensión y que los «acontecimientos» fueron más sui géneris y grotescos de lo que me había atrevido a imaginar, ni me acordé.
Las escaleras conectaban con una sala tanto o más extensa que la planta superior, dividida en dos espacios y separados por una mampara opaca. Lo que tenía delante parecía una especie de trastienda a reventar de... «cosas». Creo que es la mejor manera de describirlo. Mientras entraba en calor, pasé la vista por los cientos de tarros y cajas, de diferentes tamaños y materiales, colocados en las muchas estanterías que se superponían y cubrían las paredes; algunos de los cuales, por no decir la mayoría, daban un mal rollo de la hostia. Para que os hagáis una imagen mental aproximada, era como un bazar de esos orientales en los que hay millones de artículos, salvo que allí todo parecía estar perfectamente ordenado y etiquetado por el Dr. Frankenstein.
Qué queréis que os diga, después de leer «uñas de pies-varón-mediana edad», o «pelos con cutícula-variado», y ver un frasco de cristal con lo que parecían dedos pulgares sumergidos en un líquido trasparente, se me aflojó un poquito el esfínter y se me quitaron las ganas de saber más. Sin embargo, la curiosidad y el morbo por lo obsceno son más fuertes y me era casi imposible dejar de mirar. No sé si alguna vez habéis visto una película de esas desagradables, tipo SAW, en la que las escenas dan puto asco, pero que, por alguna razón nada adaptativa, no puedes apartar la vista. Pues creo que esto fue algo parecido. Así que, en unos de los estantes, acabé descubriendo un saco lleno de pipas y un montón de embalajes vacíos sujetos por una goma elástica. «¿Pipas?», pensaréis. Y ni más ni menos que la misma marca que llevo comiendo desde que empezó la cuarentena...
Y lo más desagradable aguardaba tras la mampara, en la otra parte de la sala que no se veía.
En medio de aquel mercadillo de los horrores había alguien esperándonos, y, he aquí otra de las grandes revelaciones de la noche: era el dueño del súper. Sí, el chismoso que siempre le cuenta los cotilleos a mi madre. Encima de la ropa llevaba puesto un delantal blanco hasta las rodillas, unos guantes que le cubrían medio brazo y una pantalla que le protegía la cara, de esas de plástico duro que se llevan ahora tanto por el coronavirus.
Sin moverse del sitio, le dijo algo a la Sra. W en un idioma que no entendía, pero que sí me sonaba de haberla escuchado a ella. Deduje que sería húngaro y que le había pedido una silla, pues sacó una banqueta no sé muy bien de dónde y me la puso al lado. Al momento, el hombre se levantó la visera, me dio la bienvenida y me agradeció haber acudido. También se disculpó por las formas y me invitó a tomar asiento. Acepté porque me temblaban las piernas cosa mala y no sabía cuánto más iba a ser capaz de evitar cagarme encima.
Me sorprendí formulando LA pregunta: ¿qué hacía yo allí? De hecho, igual que hacía unos minutos, los nervios me soltaron la lengua y comencé a preguntar de todo, pese a tener la garganta más seca que un bocadillo de polvorones: qué quería de mí, qué era aquel lugar, por qué me había manipulado de esa manera y un montón de balbuceo sin sentido más. Lo cierto es que, visto con perspectiva, fui bastante idiota.
Tras pedirme que me callara, me confirmó lo que yo ya sabía, o al menos intuía: necesitaba algo de mí, o más bien «algo mío». Me explicó que él era un hombre de negocios que ofrecía un servicio exclusivo para (y cito textualmente) «clientes exigentes con apetencias singulares», y que el pis de los chicos jóvenes pelirrojos no era muy fácil de conseguir. Por supuesto, me aseguró un pago por «mis servicios»...
Lo que más miedo me dio fue la fría normalidad con que actuaba, lo controlada que tenía la situación y la calma con la que se dirigía a mí. Vaya, que no hay que ser Jessica Jones para saber que «esto» forma parte de su día a día.
Mi cara debía ser un poema gótico, o más bien una canción de Flos Mariae, pues, con una sonrisa que me puso los pelos de punta, me dio su palabra de que mi integridad física no correría peligro. Y tenía razón, pero no por ello me dieron menos ganas vomitar hasta la primera leche que me dieron.
Y, bueno, ya mañana os cuento cómo acabó todo.
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Diario de una cuarentena
General FictionHola, soy Fígaro y estoy en cuarentena. De hecho, medio mundo lo está. Y todo por el famoso coronavirus que sale hasta en la sopa. Porque, por si no te has enterado todavía, es una pandemia global y no podemos ni debemos salir de casa. Pero a mí lo...
