CAPÍTULO 7

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Hugo Davidson se encontraba esperando en la sala previa a las pruebas a Noah, sentado en un mullido sillón con la mirada perdida en el cubo de rubik que tenía entre las manos. 

Su mente divagaba sin rumbo, hasta que se detuvo en la imagen de su madre, enferma, sentada en su cama junto a su padre. Llevaba casi tres días sin verlos, entre pruebas y protocolos de la organización. 

-Solo es la gripe -le había dicho su padre. 

Se le formó un nudo en la garganta, que pareció subírsele a los ojos y lubricarlos con lágrimas, haciendo que su vista se difuminara. Se frotó los ojos con los dedos. No quería que Noah le viese llorar. No otra vez. 

-¿Estás... estás bien, Hugo? -le había preguntado con dificultad su madre hacía escasas horas. 

-Sí. Claro que sí, mamá. Es solo que no me gusta verte así. -Esbozó una sonrisa intentando ocultar lo que de verdad quería decirle, que no era otra cosa que «Lo siento. Buscaré otra organización en la que pueda ayudar a la gente sin que nadie salga herido, y en la que no esté tan ausente, mamá.» 

«Esto solo será así mientras que esté en pruebas», pensó, «cuando termine todo esto, tendré tiempo para compaginar mi antigua vida con las SSF. Sí. Ahora es normal». 

En su cabeza, varias excusas competían por cuál sería la mejor para justificar que hubiera dejado a su familia alejada en aquellos días. Ni siquiera había hecho un esfuerzo por comprobar cómo estaba su sobrina después del episodio de la granada. La culpabilidad lo invadía, y no sabía cómo se iba a deshacer de ella antes de que pudiera afectarle en las pruebas. 

Aquel pensamiento le enfureció aún más, y lanzó el cubo de rubik contra el suelo. Con tanta fuerza, que los pequeños cubos se despegaron los unos de los otros. 

-¿Dónde me he ido? -Dijo en voz alta, casi gritando-. Llevo tres días aquí y solamente quiero eliminar mi culpabilidad para que me salgan bien las puñeteras pruebas. 

Se calló, sintiéndose ridículo tras haber hablado solo. Comenzó a recoger los trozos rotos del cubo con el corazón agitado. Quizás esto no estaba hecho para él. Quizás no servía para formar parte de un ejército de aquella envergadura e importancia. 

El chasquido del pomo le tranquilizó. Cuando apareció Noah, supo que aquellos pensamientos se suavizarían hasta convertirse en una nebulosa difusa. Solo quería no pensar en los problemas que le acarreaban las SSF, sino en poder continuar dentro de ellas. Era como una atracción abstracta, puesto que desde que se activó el plan para reclutarlo, la organización solo le había dado problemas. 

¿Sería Jane? Hugo sopesaba esta idea como la más probable. Nunca había sentido lo mismo por nadie, de hecho le había costado reconocer sus propios sentimientos. 

-Dudas, ¿eh? -proclamó Noah, sentándose en una mesa de mármol blanco, como había hecho la primera vez que Hugo estuvo en esa habitación. Las piernas colgando en el aire balanceándose le daban un aire inocente, mientras que su expresión contenía una sonrisa que invitó a Hugo a responder la verdad. 

-Sí. -Torció el rostro, terminando de recoger el cubo y poniendo sus restos al lado del chico. 

-Hugo mírame. -Éste lo obedeció, esperando un discurso al igual que la otra vez, pero no iba a ser así, al menos por el momento-. ¿Cuántos años tienes? 

-Veintiuno. Pero, ¿qué tiene que ver eso ahora? 

-¿Crees que con veintiún años una persona podría no tener dudas al entrar en una organización como esta? Quiero decir, es imposible aceptar a la primera toda esta información nueva sobre tu vida, sobre tu país. -Hizo una pausa, en la que Hugo creyó que la mirada de Noah le atravesaría hasta encontrar justo la frase que deseaba oír-. No es fácil siquiera asimilar toda esta información. Así que date tiempo a ti mismo. Concéntrate en explorar todo lo que te permite las SSF. 

Un héroe inesperado TERMINADADonde viven las historias. Descúbrelo ahora