La voz de la razón 3

174 3 0
                                        

—Soy Falwick, conde de Moën. Y éste es el caballero Tailles de Dorndal. 

Geralt se inclinó con desgana, mirando a los caballeros. Ambos iban armados y vestían unas capas rojas con la señal de la Rosa Blanca en el brazo izquierdo. Se asombró un tanto, porque, que él supiera, en los alrededores no había ninguna comandancia de la orden. 

Nenneke, con una sonrisa en apariencia abierta y despreocupada, percibió su asombro.

 —Estos nobles caballeros —dijo maquinalmente, mientras se acomodaba en un sillón que más parecía un trono— están al servicio del poderoso señor de estas tierras, el duque Hereward. 

—Príncipe —corrigió con énfasis Tailles, el más joven de los caballeros, clavando en la sacerdotisa unos claros ojos azules en los que se vislumbraba el odio—. El príncipe Hereward. 

—No nos entretengamos en las peculiaridades de la onomástica. —Nenneke sonrió burlonamente—. En mis tiempos se solía llamar príncipe únicamente a aquéllos por cuyas venas corría sangre real pero hoy día eso no tiene, como se ve, mayor importancia. Volvamos a las presentaciones y a la explicación del objeto de la visita de los caballeros de la Rosa Blanca a mi modesto santuario. Has de saber, Geralt, que el capítulo está gestionando ante Hereward una concesión para la orden. Por eso muchos caballeros de la Rosa se han puesto al servicio del príncipe. Y no pocos de los caballeros de esta tierra, como Tailles aquí presente, han hecho el juramento y aceptado el manto rojo, que tan bien le sienta, por cierto. 

—Es un honor para mí. —El brujo se inclinó de nuevo, con tanta desgana como antes. 

—Lo dudo —afirmó fría la sacerdotisa—. Ellos no han venido aquí para dejarse honrar. Al contrario. Han venido con la exigencia de que te marches lo más pronto posible. Han venido para echarte, hablando pronto y mal. ¿Consideras Que eso es un honor? Yo no. Yo considero eso una ofensa. 

—Los nobles caballeros se han tomado molestias sin necesidad, por lo que oigo. —Geralt encogió los hombros—. No pienso quedarme a vivir aquí. Me iré sin necesidad de impulsos ni apremios, y además, en breve. 

—En este momento —bramó Tailles—. Sin un minuto de demora. El príncipe ordena... 

—En el terreno de este santuario las órdenes las doy yo —le interrumpió Nenneke con una fría voz de mando—. Normalmente intento que mis órdenes no se encuentren en excesiva contradicción con la política de Hereward. En la medida en que tal política sea lógica y comprensible, claro. En este caso concreto, opino que es irracional, por lo cual no pienso tratarla en serio, pues no se lo merece. Geralt de Rivia es mi huésped, señores. Su estancia en mi santuario me agrada. Por eso Geralt de Rivia permanecerá en mi santuario tanto como quiera.

—¿Tienes el descaro de desobedecer al príncipe, mujer? —gritó Tailles, después de lo cual se echó la capa sobre los hombros, mostrando en toda su pompa una coraza de acanalado y ribeteado latón—. ¿Te atreves a cuestionar la autoridad del poder?

 —Silencio —dijo Nenneke y entrecerró los ojos—. Baja ese tono. Cuidado con lo que dices y a quién se lo dices. 

—¡Sé a quién se lo digo! —El caballero dio un paso. Falwick, el mayor, le aferró con fuerza por la muñeca y le apretó hasta que crujió el guantelete reforzado. Tailles se soltó con rabia—. ¡Pronuncio palabras que son la voluntad del príncipe, señor de estas tierras! Sabe, mujer, que tenemos en tu patio doscientos soldados... 

Nenneke echó mano a una bolsa que colgaba de su cinturón y sacó de ella un pequeño frasquito de porcelana.

 —La verdad es que no sé —dijo con serenidad— que pasará si rompo este cacharro debajo de tus pies, Tailles. Puede que te estallen los pulmones. O puede que te cubras de vello. Y puede que lo uno y lo otro, ¿quién lo sabe? Quizás sólo la piadosa Melitele. 

El Ultimo Deseo (The Witcher)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora