—¡Geralt! ¡Eh! ¿Estás aquí?
Levantó la cabeza de las amarillentas y ásperas páginas de la Historia del Mundo de Roderick de Novembre, interesante obra, aunque algo controvertida, que estudiaba desde el día anterior.
—Estoy. ¿Qué pasa, Nenneke? ¿Me necesitas?
—Tienes un invitado.
—¿De nuevo? ¿Quién, esta vez? ¿El duque Hereward en persona?
—No. Esta vez es Jaskier, tu colega, ese trotamundos, ese zángano y haragán, aquel sacerdote de las artes, brillante y clara estrella de las baladas y los versos amorosos. Como siempre, resplandeciente de gloria, hinchado como una vejiga de cerdo y apestando a cerveza. ¿Quieres verlo?
—Por supuesto. Al fin y al cabo, es mi amigo.
Nenneke se indignó, encogió los hombros.
—No comprendo tales amistades. Él es tu absoluto opuesto.
—Los opuestos se atraen.
—Está clarísimo. Oh, por favor, ahí viene —señaló con un movimiento de cabeza—. Tu famoso poeta.
—Él es de verdad un poeta famoso, Nenneke. No me querrás decir que nunca has oído sus baladas.
—Las he oído —se enfadó la sacerdotisa—. Y cómo. En fin, no sé mucho de eso, puede que a la habilidad para saltar libremente de la lírica sentimentaloide a la cerdada más obscena se le llame talento. No importa. Perdona, pero no os haré compañía. No estoy hoy como para aguantar sus poesías ni sus bromas vulgares.
Desde el pasillo se escuchó una risa perlada, el rasguido de un laúd y en la entrada de la biblioteca apareció Jaskier, vestido con una almilla de color lila con mangas de encaje y un sombrerito ladeado. A la vista de Nenneke el trovador se inclinó exageradamente, barriendo el entarimado con la pluma de garza prendida a su sombrero.
—Mis más profundos respetos, venerable madre —gorjeó tontamente—.Gloria a la Gran Melitele y a sus sacerdotisas, guardianas de la virtud y la inteligencia...
—Deja de molestar, Jaskier —bramó Nenneke—. Y no me llames madre. Me aterra el simple pensamiento de que pudieras ser mi hijo.
Se dio la vuelta de repente y salió, arrastrando la túnica por el pavimento con un siseo. Jaskier, con un gesto de mono, parodió una inclinación.
—No ha cambiado en nada —dijo serenamente—. Sigue sin entender una broma. Se ha enfadado conmigo porque al llegar platiqué un poquillo con la portera, una simpática rubia de largas pestañas, con unos rizos que alcanzan hasta un hermoso culito, el cual no pellizcar sería un pecado. Así que pellizqué, y Nenneke, que justo entonces apareció... Ah, qué más da. Hola, Geralt.
—Hola, Jaskier. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
El poeta se enderezó, se tiró de los pantalones.
—Estaba en Wyzima —dijo—. Oí lo de la estrige, me enteré de que estabas herido. Anduve pensando dónde podrías ir a pasar la convalecencia. Como veo, estás ya sano.
—Bien ves. Pero intenta explicarle esto a Nenneke. Siéntate, charlaremos un rato.
Jaskier se sentó, echó un vistazo a los libros que yacían en el púlpito.
—¿Historia? —se sonrió—. ¿Roderick de Novembre? Lo he leído, lo he leído. Cuando estudié en la academia de Oxenfurt, la historia ocupaba el segundo lugar en la lista de mis materias favoritas.
—¿Y qué estaba en el primer lugar?
—Geografía —dijo serio el poeta—. El atlas del mundo era más grande y resultaba más fácil esconder detrás de él las damajuanas de vodka.
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El Ultimo Deseo (The Witcher)
FantasyGeralt de Rivia, brujo y mutante sobrehumano, se gana la vida como cazador de monstruos en una tierra de magia y maravilla: con sus dos espadas al hombro -la de acero para hombres, y la de plata para bestias- da cuenta de estriges, mantícoras, grifo...
