El confin delmundo I

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Jaskier bajó con cuidado los escalones de la taberna, llevando dos jarras que chorreaban espuma. Maldiciendo en voz baja, se abrió paso por entre el grupo de niños curiosos que se apretaban en torno a él. Atravesó oblicuamente el corral, evitando las numerosas plastas de las vacas. 

Alrededor de una mesa puesta en la calle, ante la que el brujo hablaba con elestarosta de la villa, se habían reunido ya unas decenas de colonos. El poeta colocó las jarras, se sentó. Enseguida se dio cuenta de que durante su corta ausencia la conversación no había avanzado ni siquiera una pulgada. 

—Soy brujo, señor estarosta —repitió por no se sabe qué vez Geralt, hundiendo los labios en la espuma de la cerveza—. No mercadeo nada. No me ocupo de alistar para el ejército y no sé curar los muermos. Soy brujo. 

—Es una especie de profesión —aclaró por no se sabe qué vez Jaskier—.Brujo, ¿comprendéis? Mata estriges, espectros también. Extirpa toda porquería. Como un profesional, por dinero, ¿Comprendéis, estarosta? 

—¡Ajá! —La frente del estarosta, surcada por las arrugas provocadas por pensamientos demasiado complicados, se relajó—. ¡Brujo! ¡Haber empezado por ahí! 

—Pues claro —afirmó Geralt—. Por eso pregunto: ¿hay faena para mí por estos alrededores? 

—Aaah... —El estarosta comenzó a pensar de nuevo en un modo bastante visible—. ¿Faena? Como cuál... Bueno... ¿Elementalos? ¿Preguntáis si no haya acá elementalos? 

El brujo se sonrió y asintió con la cabeza, rascándose ligeramente con una falange el párpado cubierto de polvo.

 —Haya —concluyó el estarosta al cabo de un buen rato—. Mirar allá, ¿veis aquellas sierras? Allá moran los elfos, allá tienen su reino. Los palacios suyos, os digo, por entero son de oro puro. ¡Ay, señores! Los elfos, os digo. Peligro. Quien allá acude, jamás regresa. 

—Así lo creo —dijo Geralt con frialdad—. Por eso es por lo que no pienso ir allá. 

Jaskier se rió con insolencia. El estarosta, como Geralt se esperaba, se lo pensó durante un largo rato. 

—Ajá —dijo por fin—. Clarito, claro. Pero hay otros elementalos acá. De las tierras de los elfos se nos cuelan, por lo visto. Oh, señores, hay de ellos, los hay. Ni se puen contar. Y la peor es la Muaré, ¿acaso miento, paisanos? 

Los « paisanos» se reanimaron, rodearon la mesa por todos lados. 

—¡La Muaré! —dijo uno—. Sí, sí, con toda razón habla el estarosta. Una moza descolorida, que corre por las casas al alba, ¡y los críos se mueren!

—Y trasgos —añadió otro, soldado en la guardia local—. ¡Les enredan las crines a las caballerías en las cuadras!

 —¡Y murciégalos! ¡Murciégalos hay! 

—¡Y calvorotes! ¡Por su culpa la gente se llena de granos! 

Los siguientes minutos fueron ocupados por un intensivo recuento de los seres que importunaban a los lugareños con sus innobles actos o con su mera existencia. Geralt y Jaskier se enteraron de datos acerca de los trastornones y las mamillas, seres debido a los cuales un labrador honrado no puede encontrar su casa cuando está borracho, sobre las cometas, que vuelan y beben la leche de las vacas, sobre las cabezas con patas de araña que corren por los bosques, sobre los joboldag, que llevan un sombrerito rojo, y sobre los peligrosos lucios, que arrancan la ropa blanca de las manos de las mujeres que están lavando y mira, igual les da por liarse con las propias mujeres. No se quedaron, como era habitual, sin que les informaran de que la vieja Naradkova vuela por las noches subida al atizador y de día provoca abortos, que el molinero mezcla la harina con polvo de bellotas y que un cierto Duda, hablando del capataz real, le llamó a éste ladrón y granuja.

El Ultimo Deseo (The Witcher)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora