4. Tarde divertida

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Pasaron un par de días en los cuales todo había salido de maravilla. Incluso logré hacer un nuevo amigo, Charlie de mi clase de biología, un tipo bastante genial y energético que disfrutaba mucho de hacer bromas. Me recordaba bastante a David, ambos parecían estar llamando siempre la atención.

Hablando de David, continuábamos intercambiando mensajes, aunque los últimos dos días no había recibido respuesta de su parte, comenzaba a preocuparme que algo malo le haya pasado.

La semana escolar ya había terminado, solo faltaba tomar la clase de educación física. Tocaba jugar un poco de baloncesto y yo no podía estar más contento. Junto con David, solíamos jugar bastante seguido en un parque cerca de nuestro edificio. Jugábamos en una pequeña cancha con una canasta tan vieja que al final terminó por caerse para la tristeza de ambos. Aún así, no dejamos que eso nos quitara la alegría y siempre nos las arreglábamos para seguir divirtiéndonos.

En la clase el profesor nos dividió en dos equipos y jugamos un partido durante toda la hora. Terminamos y me preparé para volver a la casa de los Cowell.

Podre acostumbrarme a las personas, pero nunca terminaría de acostumbrarme a esta enorme casa. A veces sentía que terminaría perdiendo en uno de los pasillos, aunque Ezequiel siempre decía que en realidad no era tan grande, y que solo exageraba.

Hablando de este último, ambos comenzábamos a llevarnos bastante bien. Más allá de la cara de amargado y mamón que siempre tiene (como decía Amara), él puede llegar a ser bastante genial.

Con respecto a Amara, es con quien más he convivido desde que llegué, aunque nuestras personalidades son muy diferentes. Ella es más de llamar la atención y hacerse notar, mientras que yo... pues digamos que prefiero pasar bajo el radar. Aún con todo manteníamos una muy buena relación y seguíamos almorzando juntos cada día a la hora del receso.

Incluso del resto de la familia no podía quejarme incluso si quisiera. Daniel y Pablo (aún no sabía quién era quien) eran bastante divertidos y siempre nos hacían reír. Y en cuanto al señor Cowell... solo podía decir que es el mejor anfitrión que alguien pudiera pedir.

Por la tarde me dediqué a hacer los deberes que los profesores dejaron. Comí algo para el almuerzo y me relajé un poco mientras veía el televisor en la sala principal.

–¡Dios Adrien! Es obvio que Marinette es Ladybug – ¿qué? No me juzguen, soy muy fan de las caricaturas.

–¡Mierda! – escuché decir tras de mi

–¿Todo bien? – le preguntó a Zeque quien se encuentra viendo la pantalla de su celular

–Se supone que iría con Diana al cine hoy, pero me acaba de avisar que estará hasta tarde practicando – decía mientras se desparramaba junto a mi en el sillón –¿Tienes algo que hacer hoy?

–Pues... – ni siquiera pude terminar de decir antes de que me interrumpiera.

–Excelente, te vienes conmigo al cine

–Vale...

Y así lo hice. Ezequiel se escudo en que ya había comprado las entradas hace tiempo y que sería una lastima desperdiciarlas, además de que tenía muchas ganas de ver esta película.

Antes de entrar a la sala Ezequiel se abarrotó de chucherías en la dulcería, desde nachos, chocolates, raspados y hasta una enorme gaseosa, me preguntaba donde le cabría todo aquello. Yo por mi parte me conformé con unas palomitas pequeñas con mantequilla.

Nunca antes había ido al cine y Ezequiel se percató de eso cuando soltó una leve carcajada al ver mi cara de sorpresa cuando vi la pantalla de la sala, ¿de verdad eran tan grades?

La película estuvo genial, nada más que decir.

–¡Dios! Es que la escena de la madre estuvo... ¡wow! No me esperaba nada así

–Lo sé, yo tampoco lo vi venir – respondí ante la emoción de mi acompañante.

Si se preguntaban qué película estábamos viendo era de Jojo Rabit, la cuál oficialmente pasó a ser de mis películas favoritas.

Al salir de la sala seguimos paseando por un rato más por la plaza comercial. Pasamos por un Starbucks donde estuvimos haciendo bromas sobre que ese lugar parecía atraer a mucha gente pretenciosa, potenciando nuestra hipótesis cuando observábamos a algunos de los clientes que llegaban.

Continuamos un rato más hasta que Ezequiel me pidió que le acompañara a una tienda de ropa justo antes de dejarme abandonado en la entrada.

Ya que estábamos en eso aproveché para darle una vuelta a la tienda también. La verdad es que no entendía la obsesión que tenían algunas personas por vivir estrenando nueva ropa. En el orfanato todo era más simple, la ropa que usábamos era donada, si encontrabas algo de tu talla ya con eso estabas de suerte.

Ezequiel obviamente no pensaba de esa manera y se le notaba por como se paseaba por los pasillos tal cual niño en dulcería. No le juzgaba para nada. Nuestros estilos de vida siempre habían sido tan diferentes que era inevitable que no pensáramos. Mientras yo vivía de la caridad y el sustento del gobierno, él venía de esas personas que donaban lo que les sobraba. Me preguntaba como sería mi vida si yo hubiera nacido en su posición.

Después de un rato de dar vueltas sin fin me topé con algo que si logró llamar mi atención. Se trataba de una chaqueta de cuero café bastante genial. La tomé para probármela y vaya que me quedaba perfecta, era justo de mi talla.

Mi trance duró hasta que miré a la etiqueta que marcaba el precio. Ni siquiera sabía que algo podía costar tanto. Desilusionado decidí dejarla de dónde la había tomado.

–Vaya, ¿qué tienes ahí? – dijo Ezequiel tomándome por sorpresa –Está muy genial

–¿Verdad que sí? – le dije con emoción

–¿Te gusta?

–Am.... sí, supongo que sí

–Entonces llévatela

–Pero no puedo pagar algo así – le dije con la cabeza baja mientras le mostraba la etiqueta con el precio

–No me estás entendiendo... – me dijo sin dejar muy claro a qué se refería

–¿Estás sugiriendo... que la robemos? – le pregunté temeroso y tratando de que nadie me escuchara

–¡¿Qué?! No tonto. Dámela, iré a pagarla

–¿He? No, no puedo dejar qu gastes tu dinero en mi – lo detuve de inmediato

–Tranquilo... es el dinero de mi padre

–¿No dijiste que a él no le gustaba comprarles cosas demasiado caras?

–Bueno... supongo que para todo hay excepciones – decía, aunque no sonaba muy convincente... –Vamos, no te hagas el difícil – terminó por decir sin darme más oportunidad de oponerme.

Salimos mientras cargaba mi nueva adquisición. Una parte de mí se sentía bastante apenado por la situación, pero la otra me decía que disfrutará de aquello y no le diera más vueltas al asunto. Terminé por hacerle caso a este última no sin antes prometer que no me acostumbraría a este tipo de trato.

–¿Tu no has comprado nada?

–Nah.... nada me convenció al final – sentenció antes de finalmente volver a casa...

Una nueva vidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora