Amanecer

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Cualquier otro día se habría permitido el placer de perderse en el olor del cabello rubio frente a sus narices mientras el amado joven de ojos azules le acomodaba la ajustada camisa blanca, dando un par de retoques para no hacerle lucir tan formal, pero estaba realmente nervioso para fijarse en otra cosa que no fuera la danzante luz que entraba por la ventana de su habitación. Washington no entendía como había accedido tan fácilmente a ir a una fiesta del otro lado de la ciudad junto con los alumnos más destacados del campus al que acudía, pero al menos estaría en compañía del único ser humano al que le confiaría su vida; su amado novio.

George William Federick de Gales era por mucho el tipo más energético y coqueto que alguna vez había conocido y era también aquel por quien su corazón palpitaba. Por ello el haberle dicho "te seguiría hasta el fin del mundo" tomaba sentido literal esa noche que se alistaban para salir a una reunión clandestina de la cual Washington no estaba realmente convencido, pero no había vuelta atrás, su amado lucía tan feliz por la idea de mezclarse en esa jungla neón que ni en un millón de años se habría negado a ir con él.

Sin embargo, una vez más le daba razón al instinto. En cuanto ambos cruzan la puerta, la oscuridad retumbante le ciega completamente; ha perdido de vista las doradas mechas de cabello que tanto adora. Se ahoga en un mar de olores que no conoce, y siente náuseas. No se permite llorar, por más que el palpitar en su pecho se ha desbocado, por más que la vista haya sido nublada. ¿Cuánto ha pasado? Una eternidad, mil eternidades que lo alejan cada vez más de su único salvavidas, de su tierra firme.

¡Logra verlo! corre hasta él, pero las masas le empujan, le apartan. Quiere llorar mientras empuja, avanza lento como si hubiese caído en un charco de arena que lo jala al infierno, deleitando su maldad con el lento sufrir del moreno que implora aire fresco. Le llama con desespero, pero no es escuchado. Aquello solo le trae más ansiedad de la que su robusto cuerpo puede soportar.

-¡George!- grita el nombre que nunca ha usado para referirse al rubio lo más fuerte que puede, tomándole de la mano con pánico. Solo entonces el susodicho voltea, con una pequeña pizca de confusión reflejada en las pupilas.

-¿Qué sucede?- cuestiona con el fantasma de una animada sonrisa aún acechando en sus comisuras, pero no hay respuesta. Solo entonces sabe que algo anda mal, se despide rápido de quien sea aquel a quien le hablaba, y ambos terminan arrastrados entre el tumulto bullicioso que ha estado taladrando los oídos del moreno desde que arribaron.

Le había pedido que salieran de ahí, con la respiración ansiosa causando nudos en su pecho. Por fin el aire fresco de la noche golpea sus rostros, y aunque ni una palabra haya sido pronunciada, pareciera que el rubio ya sabe de lo que se trata aquel asunto. Washington se aferra a la pálida mano, intentando contener el nudo formado en su estómago. Han salido por fin, ¿y ahora qué? sin una explicación seguramente terminarían dentro una vez más, pensamiento que ensombrece el semblante del virginiano. Pero, nuevamente, el menor no le cuestiona nada.

Se siente tan tonto, sosteniendo una cálida mano como si se lo fuera a tragar la tierra en cualquier momento, como si su cuerpo se fuera a disolver entre la horrenda masa de otros humanos, temblando de frío, sudando de miedo. La necesidad de morderse las uñas acuna en su pecho pero no ha de mostrar debilidad, ¿qué es lo que puede decir para no parecer idiota? De la nada la respiración ajena se encuentra sobre su hombro, y a la nariz le llega el dulce olor de un perfume inglés; William le está abrazando, le conforta con caricias tenues.

-No tienes que mentir.- es lo único que escucha por parte ajena, y con esas palabras dichas se permite sacar cada lágrima de ansiedad que estuvo ocultando desde su llegada a la abarrotada edificación. -Te conozco lo suficiente, puedo ver a través de ti. Suéltalo.

Los sollozos del virginiano se hicieron presentes, ahogados por el murmullo distante de la gente dentro de la fiesta. Nadie lo sabría pero fuera de las aplastantes paredes había también un par de cuerpos danzando al compás de la melodía resonante. A penas se mecían suavemente de un lado al otro, abrazados, sintiéndose. Uno lloraba, uno sonreía de pura ternura. Ya hablarían después, las palabras sobraban sin duda cuando se encontraban en los brazos del otro.

No había necesidad alguna de medir el tiempo, Washington se levantaría del delgado hombro cuando fuera momento. Ya con la respiración medianamente regulada, el rubio le dedicó una mirada que solo ellos entendían, y así tomados de la mano, el menor les guió a un rumbo que ciertamente el moreno desconocía. Agradeció mucho sin embargo que no fuera nuevamente dentro de la ruidosa casa.

De pronto ambos estaban sentados sobre un tejado que no era suyo, sentados muy cerca uno del otro, y aunque el virginiano aún sentía el soplo helado en su pecho, la calidez del cuerpo ajeno era reconfortante. A esa hora ya se podían percibir las primeras luces de un nuevo día frente a sus rostros, muy lejos en el horizonte. Relucen por fin los rastros de llanto sobre las oscuras mejillas, aunque el llanto se haya secado ya. Los dedos de ambos están entrelazados, y el virginiano sin ganas de pensar en nada más, voltea discreto hacia los dorados cabellos resplandecientes al alba, casi con luz propia, como si ellos alimentaran el brillo del sol.

-¿Te aburres...?- la voz le sale dudosa, pero un vistazo a los majestuosos ojos celeste disipa cualquier inseguridad de su mente.

-¿Contigo? Jamás.- la suave mano sube a acariciar su nuca con cariño. Una bella sonrisa sobre los delgados labios es suficiente para aligerar el peso con el que estuvo cargando.

Las largas pestañas azabache bajan, y por primera vez en todo el rato se asoma el pequeño hueco entre los dientes frontales del mayor al formarse la sonrisa más dulce que alguna vez William habría visto. Se sostienen el uno al otro; rubios mechones caen por el fornido hombro del moreno que sostiene con firmeza la delgada cintura de su pareja. El sol ha salido ya, y arriba con el cielo a sus espaldas se encuentran los amantes que no han de responder a ningún llamado que no sea el de su eterno amor.

𝙲_𝚂𝙺𝟾_𝚉

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Notas;

¿Sabían ustedes que George Washington no era muy bueno socializando con los demás y que incluso prefería juguetear con él mismo antes que recibir atención en las reuniones? ¿No? Pues yo tampoco, es un dato que me acabo de inventar. Buenas noches. :D

𝙬𝙖𝙨𝙝𝙠𝙞𝙣𝙜 ┊ 𝙤𝙣𝙚 𝙨𝙝𝙤𝙩𝙨Donde viven las historias. Descúbrelo ahora