Llegué a casa y corrí a encerrarme en mi habitación. Me dormí pesadamente y no me levanté hasta el día siguiente para ir a la universidad. La semana transcurrió monótona y rápida. En un abrir y cerrar de ojos, era viernes de nuevo, y estaba volviendo a casa agotada. No había sido una buena semana, había estado de muy mal humor, y había llegado a contestarle a una profesora, a la que no le gustó una respuesta que di en una de sus clases.
Me desvestí con furia, y fui directo a la ducha, a lavar más que mi cuerpo, todas mis dudas y mis incertidumbres. En ese momento, mientras las gotas de agua hacían un mundo en mi cuerpo, mi cabeza iba a mil por hora. No podía evitar tener un sentimiento de inconformidad, había empezado como una leve molestia al principio, pero últimamente se había vuelto algo insoportable. Sentía que algo le estaba faltando a mi vida, y no podía darme cuenta de qué era lo que tanto estaba esperando. ¿Amor? No, definitivamente no. Había tenido aventuras en mi adolescencia, y ninguna había sido lo suficientemente importante como para sentir las mariposas, las campanas, y los coros angelicales, de los que tanto se alardean en las canciones y películas de Disney. Mientras me enjuagaba el cabello analizaba mi vida palmo por palmo. Mi familia era una mentira, alardeábamos unidad, pero ni siquiera nos veíamos. Me iba perfecto en la universidad, ¿pero sentía gratificación suficiente?
Como un flashback comencé a pensar en cuáles eran las cosas de mi vida que me daban felicidad. Y los recuerdos llegaron a mi mente en una catarata de imágenes congeladas. Mis fotografías. Esos retratos que me miraban desde el fondo de mi cuarto, me hacían sentir que los últimos días pasados habían valido la pena. Cada una de las fotografías, era la prueba de algún momento de reflexión, de soledad, en la que sólo me había tenido a mí misma, y había podido ser capaz de dejar un pedazo de mi forma de ver el mundo en papel. Eran mi forma de decir, ¡Hey mundo, acá estoy, esto es lo que me gusta de lo tienes para ofrecer! Y sin embargo no me parecía suficiente, no me sentía llena. Quería aventura. Quería conocerme del todo, sin condicionamientos, sin ataduras. Toda mi vida había hecho lo que parecía que era correcto, ¿pero era lo correcto realmente lo que quería para mi vida?. Había hecho ballet, había estudiado para sacar las mejores notas, había aprendido todo lo relacionado con lo que me apasionaba, que era la fotografía, por mi propia cuenta, había estudiado dos idiomas… La lista era intermibable.
Quería que mis padres estén orgullosos de mí, y sin embargo nunca se me había reconocido en nada. Como si mi esfuerzo no existiera, como si ser perfecta e inteligente estuviera configurado en mi código genético, y mi única tarea hubiera sido respirar. No era perfecta, estaba lejos de serlo. Y en ese instante entendí que todo lo que yo era, mis gustos, mis maneras, mis formas de pensar, eran producto de una configuración maldita. Yo quería ser aceptada. Yo quería ser reconocida. Actuaba de acuerdo a lo que pensaba que los demás iban a esperar de mí. Y caí en la cuenta, de que ni siquiera sabía quién era.
Salí de la ducha, y me mire a mí misma en el espejo.
- ¿Quién eres? – mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Nunca se me había dado bien esto de llorar. Mi cara se desfiguraba, y pasaba en un instante de blanca nieves a albino después de diez horas al sol. Casi nunca lloraba. De niña había sido muy llorona, y había aprendido que con lágrimas nunca conseguía nada. Por lo que ahora con veinte años, llorar me parecía una pérdida de tiempo, cosa de personas débiles, que en lugar de ocuparse de los problemas, pierden tiempo lamentándose por ellos. Pero en este caso, no tenía un problema al que atacar, me sentía mal, y ya. Y por una vez en mi vida, hice caso de lo que dice Charles Dickens en Grandes Esperanzas, no me avergoncé de mis lágrimas. Las deje que salieran, hasta que ya no tuve más y me quedaron los ojos doloridos y muy hinchados. La situación me parecía tragicómica, si alguien me hubiera preguntado ¿Por qué lloras? No habría tenido ninguna respuesta lógica para darle. No soy feliz, ¿Por qué no lo era? No tenía ni idea.
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Furiosos Pétalos
RomantikA veces no se trata de encontrar a tu alma gemela. A veces sólo se trata de encontrar a una persona cuyos demonios se entiendan perfectamente con los tuyos. "No sabía qué clase de demonios lo atormentaban. Pero estaba dispuesta a salvarlo, incluso d...
