Esas dos luciérnagas se miraron, y se reconocieron, en aquella oscuridad.
Ella quería volar hacia él.
La mañana llegó para aquellos que acababan de encontrarse.
La luz tibia del sol se colaba por la ventana y el suave murmullo de los pájaros cantar a lo lejos los comenzó a despertar.
Su cuerpo continuaba a su lado, sus brazos aún la mantenían atrapada, y sus suaves respiraciones se mantenían sincronizadas.
Continuaban juntos.
Y en la comodidad que les producía aquella íntima cercanía, ninguno era capaz de anunciar lo que ambos sabían que vendría.
— ¿Cómo te sientes?
La voz de él sonó suave y con sueño, con cariño, y su mano se perdió en una caricia en su cabello.
— Mejor y ¿tú?
Shino sonrió, con ella a su lado, no había forma de no estar bien.
— Mejor.
Esa era la verdad, porque después de todo lo que ocurrió, de pensar que podría no volver a verla, ahora la tenía ahí.
Y ese hubiese sido el momento perfecto para avanzar, estaba todo a su alcance, pero las cosas no podían ser así. Ella estaba vulnerable y lo necesitaba como su apoyo; no podía aprovecharse.
Todo a su tiempo.
El viaje a Konoha duró un poco más de lo normal, Hinata todavía estaba afiebrada y sus fracturas y heridas más grandes debían ser tratadas en el hospital.
El clan se llevó a Hinata a sus territorios inmediatamente después de ser tratada, porque a veces la familia, el hogar, son los mejores lugares para sanar.
Pero aquello, también, restringía sus encuentros a simples visitas.
Y su ausencia constante, fue la única señal de que el invierno había llegado.
Los días pasaban.
Las heridas físicas sanaban.
El tiempo avanzaba, seguía y se movía; a veces más rápido y a veces más lento.
Y aquellas paredes claras, lisas, pulcras no lograban calmar su corazón; día tras día, noche tras noche, las pesadillas volvían.
Reclamaban su consciencia una y otra vez, sin piedad, sin faltar. No le importaba si era en sueños o en recuerdos o visiones durante el día; solo estaban ahí, en cada momento.
Muchas veces, las heridas más grandes son las invisibles, aquellas que no se pueden tocar y que no permiten continuar.
No se atrevía a hablar, no podía decirlo, y no quería que Hanabi cargara con algo así; el dolor era suyo, solamente suyo para llevar.
Ni las imponentes murallas del clan, ni la seguridad de su residencia, lograban calmar su espíritu.
Estaba cansada, desgastada y vagamente dormía.
Las peleas, las muertes, el dolor y el miedo por el que tuvo que pasar por tanto tiempo, en sus pesadillas y en la realidad, volvían para atormentarla, para hacerle saber que no fue lo suficientemente fuerte, lo suficientemente ágil, o lo suficientemente inteligente; y aquella sensación de ser insignificante se volvía cada vez insoportable.
Y aquellos sentimientos la empezaron a invadir como una enfermedad, la corroían como un amargo veneno.
Tenía miedo de dormir, de cerrar los ojos y repetir, aquello que quería olvidar.
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Luciérnagas
Fiksi PenggemarEn esa tarde de otoño, en que las cadenas se rompieron, el viento frio anunciaba, que un nuevo camino aparecía. La pequeña luciérnaga necesitaba volver a brillar, y buscar su propio lugar para iluminar; y él buscaba alcanzar, aquella pequeña luz que...
