016

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Paraíso.

El delicioso olor a desayuno despertó cada uno de sus sentidos, obligándola a levantarse de un salto de lo que pensaba era su cama.

Pero solamente le bastó con sentir el dolor que se extendía en toda su espalda para saber que no lo era.

¿Cómo un sofá podía ser tan cómodo para recostarse pero no para dormir?

Su columna ya debía estar perfectamente moldeada a su cama, tal vez por eso dolía tanto.

Arqueó su espalda conforme alzaba sus brazos estirándose, soltando quejidos junto a los crujidos que emitía su espina dorsal.

—¿Qué demonios hago aquí?

—¿Ya te despertaste?

La voz de la neozelandesa hizo que la mayor soltara un suspiro, ya había respuesta para su pregunta.

—Sí, estoy despierta.

—Qué bueno porque el desayuno ya está listo.

—¿Desayuno?

Los ojos de Lisa buscaron a la chica, encontrándola con uno de sus pijamas de espaldas frente a la isla en medio de su cocina, sirviendo en un gran plato sándwiches de queso asado, los cuales hicieron que la tailandesa corriera en su búsqueda como las ratas al flautista de Hamelin.

Rosé rió al ver la cara de placer absoluto que se formaba en el rostro de la mayor conforme le daba un gran mordisco a uno de los sándwiches, y en cuanto vio sus ojos abrirse ella misma tomó un sándwich y se sentó sobre uno de los taburetes para disimular su sonrisa.

—¿Los hiciste tú? —Logró formular la tailandesa entre mordida y mordida, mirando de reojo a la pelirroja mientras se sentaba a su lado.

—¿Tú qué crees?

—Saben muy bien... después de comer dame el número de la compañía donde los compraste, le daré felicitaciones al chef.

—¡Lalisa! —Chilló mientras le daba un suave golpe en el costado de su torso, haciendo que esta pegara un brinco enseguida—. ¿Tienes cosquillas?

—Ni siquiera te atrevas.

Y claro que se atrevió.

Comenzó una extraña guerra de cosquillas en la que comían mientras bombardeaban, inclusive en un momento las dos entraron al baño para cepillarse los dientes sin cesar un momento la batalla.

Pero para sorpresa de las dos Lisa fue la primera en cansarse, no podía respirar, y se había resignado a correr por su propia casa huyendo de una chica que quería hacerla reír hasta mojar sus pantalones.

Era increíble que sintiera la necesidad de correr de ella y nunca la hubiera sentido frente a verdaderas personas armadas.

En un giro equivocado Rosé la alcanzó, tirándola al sofá tras ella para subirse encima y seguir su ataque.

Pero llegó un punto en el que sus brazos se cansaron.

Y Lisa se sintió aliviada de poder respirar otra vez.

A penas la castaña se dio cuenta de la forma en que la pelirroja la miraba y lo cerca que estaba de su rostro soltó una suave risa, la cual contagió sin querer a la otra.

Pero lo que Rosé no se esperaba era que la mayor pondría la palma de su mano sobre su boca, tapando por completo sus labios.

—¿Qué pasa, Park? ¿Quieres besarme?

Under the Blooming roses [ Chaelisa adaptación ]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora