El ambiente en el complejo subterráneo era gélido, impregnado por un olor penetrante a antiséptico y ozono que se filtraba de forma constante por los conductos de ventilación. En las diversas salas de contención, decenas de sujetos de prueba que alguna vez fueron ciudadanos comunes con Quirks de transformación ahora no eran más que recipientes de agonía, retorciéndose bajo el efecto de mutágenos experimentales que deformaban sus cuerpos en una danza grotesca de carne y hueso. Sin embargo, en el ala central, la atención de todo el personal estaba enfocada en un solo monitor de alta seguridad, donde se monitoreaba con un silencio sepulcral el éxito más perturbador y ambicioso del proyecto hasta la fecha.
Jefe: Reporte de investigación científico—ordenó el hombre mientras permanecía de pie frente al ventanal de observación, con las manos entrelazadas tras la espalda y una mirada desprovista de cualquier rastro de humanidad.
Científico: El nombre del espécimen es Izuku Midoriya, edad actual diez años—respondió el subordinado con voz monótona, pasando las páginas de una carpeta metálica mientras ajustaba sus anteojos para leer los resultados de las biopsias—.Lo reclutamos tras arrebatárselo a su madre y hermana cuando apenas tenía cuatro años; desde entonces, ha demostrado ser el paciente con mayor índice de compatibilidad ante la inserción de ADNs exógenos y la manipulación de su propio Quirk. A día de hoy, hemos logrado estabilizar su metabolismo para que pueda transformarse en prácticamente cualquier reptil prehistórico carnívoro de gran envergadura, aunque el proceso ha tenido un costo irreversible. Su coeficiente mental ha sido reducido a niveles básicos; posee el conocimiento, la astucia y el instinto de un animal depredador, nada más.
Jefe: Perfecto, ese mocoso se convertirá en el arma biológica definitiva para nuestra causa—comentó con una sonrisa gélida, cuya ambición parecía llenar la habitación con una presión asfixiante—. Con el poder de las bestias más letales de la historia bajo nuestro control, podremos hacer lo que queramos; solo es cuestión de tiempo y condicionamiento para lograr que nos obedezca ciegamente.
El hombre presionó un interruptor en la consola central, provocando que la pantalla frente a él se iluminara con una claridad quirúrgica que revelaba la crudeza de la celda de pruebas. Las cámaras de seguridad en blanco y negro mostraban una estructura reforzada con paredes de acero de cinco pulgadas de espesor, en cuyo centro se movía una silueta musculosa y escamosa que emitía bufidos profundos y guturales que hacían vibrar los micrófonos de ambiente.
La criatura caminaba a cuatro patas, golpeando el suelo con garras diseñadas por la naturaleza para desgarrar carne y hueso con la facilidad de un cuchillo caliente en mantequilla, mientras su cola se balanceaba de un lado a otro con una precisión mecánica y letal que denotaba un equilibrio perfecto.
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