Hoy presentamos;
¿Más como él?
———Dos meses después———
Habían transcurrido ya dos meses desde el brutal enfrentamiento contra Muscular y la caótica persecución policial que casi le arrebata la vida al peliverde. Durante este tiempo, la convivencia en la residencia de las montañas finalmente había dado un fruto que todos consideraban un milagro médico y emocional: tras meses de silencio absoluto y gruñidos guturales, Izuku había logrado un pequeño pero significativo avance en su capacidad cognitiva, logrando articular sus primeras palabras.
Aunque su vocabulario era limitado y su gramática recordaba a la de alguien que apenas descubre el lenguaje, el hecho de que pudiera entablar conversaciones breves llenaba de esperanza a los Water Hose y a las Pussycats. En esta tarde soleada, el bosque que rodeaba la propiedad se sentía más tranquilo que de costumbre mientras Kota e Izuku paseaban juntos bajo la sombra de los grandes pinos.
No existía preocupación alguna en sus cuidadores por tres razones fundamentales: primero, ambos conocían cada rincón del terreno como la palma de su mano; segundo, la fuerza de Izuku era garantía suficiente de que cualquier depredador o amenaza sería neutralizada en segundos; y tercero, en caso de un peligro que superara sus capacidades, el peliverde podía emitir un rugido de auxilio específico que alertaría de inmediato a los héroes profesionales de la cabaña.
Kota: Oye Izuku —dijo el niño mientras saltaba sobre una raíz expuesta y se acomodaba la visera de su gorra roja—.
Izuku: ¿Hmm? —respondió el peliverde, inclinando la cabeza con curiosidad mientras su cola verde oscuro se balanceaba perezosamente detrás de él, golpeando algunas hojas secas—.
Kota: Ahora que lo pienso, ¿tú tienes familia propia? —preguntó con una curiosidad genuina que le había estado rondando la cabeza durante los últimos días—.
Izuku: Familia mía ustedes —contestó él con voz pausada, señalando a Kota y luego en dirección a la cabaña con un gesto simple y honesto que denotaba dónde residía su sentido de pertenencia—.
Kota: Hmp. (Creo que no lo recuerda... el laboratorio debió borrar todo lo que había antes de nosotros) —pensó el pequeño con una pizca de tristeza, bajando la mirada hacia el suelo mientras procesaba la respuesta—.
Izuku: Ustedes ser familia mía —repitió el peliverde, esbozando una sonrisa de una ternura tan pura que contrastaba drásticamente con los colmillos que asomaban por la comisura de sus labios—.
Kota: Je, creo que aun conservas una gran inocencia, o al menos eso es lo que siempre dice mi tía cuando te ve jugar en el jardín —comentó el niño, dejando escapar una pequeña risa mientras le devolvía la sonrisa a su amigo—.
Izuku: ¿Qué ser inocencia? —cuestionó él, entornando los ojos y ladeando la cabeza con una expresión de total confusión, como si estuviera intentando descifrar un concepto de otro planeta—.
Kota: Jeje, nada, olvídalo. (La verdad es que yo tampoco sé muy bien qué es, pero suena a algo bueno) —pensó Kota mientras aceleraba el paso para seguir explorando el sendero, seguido de cerca por el protector que el destino le había otorgado—.
Pero en un momento, la atmósfera relajada del bosque se tensó de forma abrupta cuando el niño notó cómo Izuku se erguía, poniéndose en guardia inmediata mientras sus pupilas se dilataban y sus fosas nasales vibraban captando un rastro invisible en el aire. Sus ojos amarillentos recorrían cada sombra entre los troncos con una fijeza depredadora, y su cola, antes relajada, comenzó a latiguear con nerviosismo contra el suelo.
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Izuku Jurassico
Hayran Kurgu:v Ninguna de las imágenes ocupadas en esta historia son mías, créditos a sus respectivos Creadores/Creadoras
