Un escritor que a pasado su vida tratando de llenar el vacío de la soledad...... Solo con sus recuerdos y fantasmas del pasado
Que es lo que puede hacer si no es otra cosa que buscar consuelo en sus historias
Tras diez años de haber dejado su hogar para perseguir sus sueños y metas, encontramos a un hombre de cabello blanco adornado con múltiples trenzas; cada una de un color distinto, representando aquello que alguna vez amó.
Lincoln Nagret es ahora un hombre de cuarenta años con las metas cumplidas y en la cúspide de su carrera, pero sumamente solo. En su mansión, únicamente el personal de servicio le hace compañía. Al acercarnos a él, descubrimos a un hombre atractivo y de buena forma física, con una mirada seria pero compasiva y un trato suave.
Sin embargo, los recuerdos de aquella tarde inundan su mente, como ocurre en cada aniversario desde que dejó de ver a sus hijas.
—Entonces, ya está decidido —dijo una voz—. Cada uno tendrá un tiempo para intentar lograr sus sueños... ¿Alguna duda?
—¿Lori? —intervino Lincoln—. Sé que el acuerdo es para que las niñas se críen en un ambiente saludable y para evitar comentarios, pero... ¿es necesario que nos separemos todos?
—Linky... sé que es difícil —respondió ella—, pero si no hacemos algo, todo se irá al traste. Mira lo que le pasó a Loan; no es justo, y menos si es nuestra culpa.
—Además, hermano —añadió otra voz—, el dinero ya no alcanza. No podemos seguir rechazando trabajos solo por el deseo de estar juntos.
—Para ustedes es muy fácil —replicó Lincoln con amargura—. El único que estará solo seré yo. ¿No puedo llevarme a alguno conmigo?
—Perdón, Lincoln, pero ya hablamos de esto y no lo discutiré más. Podremos seguir comunicándonos.
Lincoln se quedó en su sitio, rompiendo en llanto. No era ajeno a los problemas que habían surgido; se esforzaba al máximo, pero la sociedad se empeñó en hacérselo difícil. Sus ingresos, al igual que los de sus hermanas, eran insuficientes para costear los gastos de la casa, los niños y los embarazos.
La decisión final se tomó después de que unos niños hicieran sufrir a Loan, la mayor, dejándola muy afectada. Decidieron que debían darle a la nueva descendencia una vida más "normal".
—Está bien —cedió Lincoln—. Pero si vamos a hacerlo, dejen que sea a mi manera.
El joven salió de casa en plena madrugada, dejando una nota en la sala. Era una carta de abandono; quería que sus hijos pensaran que era un monstruo para que jamás les reprocharan nada a sus madres. También escribió una carta de disculpa para cada uno de ellos, con la esperanza de que, al pasar los doce años que los hermanos habían pactado, supieran la verdad de por qué su padre se marchó.
Una vez más, el albino se dispuso a caminar hacia su habitación para dormir en su amplia alcoba. El resultado de diez años de lucha había dado frutos en abundancia, pero el silencio de la casa era el precio que debía pagar.
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Antes de irse a dormir, alguien llamó a la puerta. El hombre se extrañó de que los guardias hubieran permitido que alguien llegara hasta el umbral de la casa, pues la seguridad del lugar siempre había sido impecable. Movido por la sospecha, se acercó a abrir con cierta cautela.
Se encontró con una niña de aproximadamente once años. Era muy curiosa: de cabello castaño, vestida con un mameluco azul, mirada fija y un cubrebocas negro que ocultaba su rostro.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó Lincoln, desconcertado.
—Queremos platicar contigo, papi —respondió una voz femenina desde atrás.
De inmediato, un golpe seco dejó noqueado al hombre. Antes de perder el conocimiento, alcanzó a distinguir la figura de una joven de unos dieciocho años con el cabello blanco, mientras muchas manos más lo sujetaban y lo arrastraban hacia el interior de la casa.