El Inventario de las Sombras

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Después de que la doncella se marchara, el silencio de la torre se volvió mi aliado

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Después de que la doncella se marchara, el silencio de la torre se volvió mi aliado. No podía presentarme en esa cena como una víctima desvalida; necesitaba una ventaja, algo que Helena y mi padre no pudieran prever.

Cerré los ojos y busqué en lo más profundo de mi memoria, no en la de la chica que contaba productos en un centro comercial, sino en los fragmentos de la "Lise" que sobrevivió a los aristócratas en su vida pasada.

Recordé los conocimientos prohibidos que aprendí en las sombras del palacio del Sol: la alquimia de las plantas y el arte de los mensajes invisibles.

-Si ellos quieren un juego de apariencias -susurré-, yo les daré un laberinto.

El Primer Paso: Reclamar el Territorio
Me acerqué a la estantería de libros. Con el ojo entrenado de quien ha hecho inventarios bajo presión, noté que algunos tomos estaban movidos.

Las criadas no solo robaban ropa; buscaban algo.

Entre los libros de etiqueta y geografía, encontré lo que buscaba: un viejo tratado sobre la flora del Reino Rosa Azul.

Arranqué una hoja en blanco del final del libro y me acerqué a la pequeña chimenea. Recogí un trozo de carbón frío y un poco de la resina que goteaba de la madera húmeda.

Mis manos, aunque frágiles, se movían con la precisión de quien dibuja un plano detallado.
No enviaría un mensaje por los canales normales; usaría a los "habitantes" de las espinas.

Me acerqué a la ventana insegura. El viento silbaba entre las grietas. Extendí la mano hacia las ramas de las espinas que rodeaban la torre.

En mi vida anterior, estas plantas eran temidas por causar alucinaciones, pero para alguien que conoce su secreto, eran estaciones de paso.

Escribí unas pocas palabras en el papel usando la mezcla de resina: "El peón ha despertado. La Rosa lila espera en la torre".

Era un código que solo una persona en el mercado negro de la capital -un antiguo contacto de mi madre que juró lealtad a la "belleza de Roselia"- podría entender.

Até el papel a una pequeña baya de las espinas y la dejé caer. No llegaría por correo, llegaría por el sistema de alcantarillado y raíces que conectaba la torre con el linde del ducado.

Antes de bajar a la cena, hice un último inventario.

Poder: Mis ojos lila (un enigma que usaría como arma).

Armas: Un alfiler de plata que encontré oculto en el forro de un libro (pequeño, pero letal si se sabe dónde pinchar).

Escudo: Mi nueva psicología de hierro.

Miré el cuenco de agua fría que la sirvienta me había dejado.

No lo usé para lavarme la cara; lo vertí sobre el umbral de la puerta de manera que, si alguien intentaba entrar mientras yo no estaba, dejaría huellas húmedas imposibles de borrar en el polvo del pasillo.

-Control de entradas y salidas -sonreí para mis adentros-.

El inventario está completo.

Me puse el vestido más decente que encontré, uno de un color gris ceniza que hacía resaltar mi piel blanca y mi cabello plateado.

Al mirarme por última vez al espejo, no vi a una princesa asustada. Vi a una administradora de caos.

-Es hora de cenar con los monstruos -dije, bajando las escaleras hacia la oscuridad del jardín-. Veamos si tienen el estómago para digerir lo que les tengo preparado.

 Veamos si tienen el estómago para digerir lo que les tengo preparado

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Ciel mioWhere stories live. Discover now