Capítulo 14. Renuncié.

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Capítulo 14.

Renuncié.

Nueva York no era París, nunca lo fue.

Aquí el aire era más duro, más directo, como si la ciudad no tuviera tiempo para las dudas. Durante semanas caminé entre reuniones, decisiones y silencios que ya no me asustaban. No la llamé todos los días. No la busqué para llenar vacíos. Y Annette hizo lo mismo.

Nos escribíamos cuando queríamos, no cuando lo necesitábamos.

A veces un mensaje corto, a veces una fotografía del azul que ella siempre encontraba o a veces nada.

Y, sorprendentemente, eso no nos rompió.

Arthur quedó atrás sin discusiones ni ceremonias. Victoria lo aceptó con una sonrisa que no intenté descifrar. Por primera vez, no negocié mi vida como si fuera un contrato. No usé dinero, ni poder, ni promesas. Elegí quedarme en pie, aun cuando eso implicara estar sola.

Y lo estuve.

Hasta que un jueves por la tarde, sin avisar, sin llamadas previas, entré a la galería como quien entra a un recuerdo que decidió quedarse.

El espacio estaba lleno de luz. Blanco, silencioso, con el azul insinuándose en cada esquina. Y ahí estaba ella, de espaldas, observando una de sus propias obras como si todavía pudiera sorprenderla.

—Disculpe —dije, fingiendo formalidad—. ¿Podría hablar con la artista?

Annette giró lentamente.

Sus ojos me encontraron y, por un segundo, el mundo volvió a detenerse. Ella sonrió feliz.

—Depende —respondió con una sonrisa ladeada—. ¿Vienes a comprar arte o a perder el tiempo?

—Ambas cosas —repliqué—. Me interesa esa pintura.

Se acercó a mi lado. Elegante. Hermosa. Intacta. 

Como lo que siempre fue.

—Es una de mis favoritas —dijo—. No suelo venderla con facilidad.

—Puedo ser persuasiva —respondí—. Aunque ya no tengo tanto dinero como antes.

Alzó una ceja, divertida.

—Eso sería una tragedia.

—He tenido peores —sonreí—. ¿Cuánto pides por ella?

Me observó con más atención. Ya no como artista a clienta. Como Annette a Nicola.

—¿Estás de visita? —preguntó—. Pensé que Nueva York te había tragado por completo.

Negué despacio.

—Me mudé.

Parpadeó una vez. Dos.

—¿Perdón?

—Definitivamente —añadí—. A París.

El silencio se volvió denso.

—¿Y tus negocios? —preguntó con cautela—. ¿Tu familia?

Respiré hondo.

—Renuncié.

Su expresión cambió no por sorpresa, si no comprensión.

—A todo —continué—. A los negocios familiares, al apellido como escudo. A la vida que me hizo irme de ti.

Annette dio un paso hacia mí.

—Nicola...

—Mi verdadera familia siempre fuiste tú —dije, sin rodeos acariciando sus mejillas—. Siempre fue este amor. 

Blue. (LGBT)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora