La curiosidad mató al gato 5

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Una hora después observaba con los brazos en jarra y gesto enfadado el caos que me rodeaba. Me sentía molesto y furioso, ya no por la sangre, los muebles volcados o los objetos esparcidos por el suelo (siempre se podía limpiar y recoger sin problemas) si no por las macetas rotas. La mayoría me habían acompañado durante años. Las había cuidado y visto crecer y ahora muchas yacían partidas e insalvables, pisoteadas por unas enormes botas en la confusión del tumulto, con sus raíces al aire, claras entre la oscura tierra y los pedazos de barro de sus tiestos. Con cuidado y mimo, pero lo más rápido que me permitía la inesperada situación, rescaté las que pude, trasplantándolas a nuevos tiestos que guardaba en el armario, o poniendo los tallos partidos en jarras de agua con la esperanza de que nuevas raíces brotasen con el tiempo. El resto, las que más, las dejé para cuando hiciese limpieza más adelante puesto que ahora tenía cosas más urgentes que atender.

Entré en el cuarto de baño, quitándome la ropa manchada de sangre y tierra, arrojándola a un lado, y me duché rápidamente. Al salir me sequé y observé detenidamente mi imagen en el espejo. Exceptuando el corte defensivo de mi antebrazo izquierdo no tenía nada más que varios golpes, el más molesto de ellos en el pómulo, y algunos arañazos superficiales. Me sequé y limpié con cuidado las heridas menos importantes para ocuparme finalmente del profundo corte del brazo. Hacía mucho que no tenía que suturarme a mí mismo y, aun así, a pesar de la torpeza inicial y la dificultad de que la herida no hubiese dejado de sangrar, no pude dejar de dar gracias de poder utilizar el brazo derecho para hacerlo. Tras un vendado más que decente fui a mí dormitorio y me vestí de oscuro. Regresé al baño con una pistola sin usar rescatada de debajo de la mesa auxiliar y con una bolsa de basura. Metí en ella el arma y toda la ropa manchada y rota y tras anudarla me acerqué con ella a la bañera.

Los ojos sin vida de mi asaltante me miraron desde el interior de su improvisado féretro de porcelana.

Tras la pelea y el golpe final había caído fulminado en medio de mi salón. No iba a dejar que se desangrase ahí así que decidí ser práctico y arrastrarlo hasta la bañera. A pesar de que soy fuerte (aunque mi apariencia diga otra cosa) y la corta distancia a recorrer, la hazaña me llevó sus buenos quince minutos. El corte de mi antebrazo ralentizó la tarea y el que uno de sus brazos colgase roto y suelto, impidiendo que lo pudiese agarrar con firmeza, tampoco ayudó.

Chasqueé la lengua y, poniéndome de cuclillas le cerré los ojos, apoyándome después en la fría porcelana, sin dejar de mirarle. Tenía el aspecto normal, casi aburrido y sin nada destacable de un hombre corriente con el que te puedes cruzar en cualquier momento en cualquier lugar. Pero sabía luchar y defenderse, eso seguro. Si no lo hubiese cogido desprevenido me habría visto en serios problemas, o incluso hubiese podido acabar en su lugar. Por suerte la pelea no había durado mucho. La sorpresa inicial que me permitió hacer que se le cayese la pistola de las manos, varios golpes y un pequeño baile, más coreografía que otra cosa, que había destrozado media sala de estar, y todo había acabado. Cuando él me agarró por detrás intentado asfixiarme, yo le di un cabezazo en la nariz; ¿que él golpeó y rompió varias de mis plantas?, en respuesta yo le partí el brazo; ¿que en un desafortunado descuido me cortó con su arma blanca en el antebrazo?, entonces yo le clavé mi cuchillo en el corazón.

Rebusqué en los bolsillos de la chaqueta y los pantalones. Únicamente llevaba un móvil y las llaves de un coche.

Me puse en pie de nuevo, arrojé la bolsa con la ropa sobre el cuerpo y salí al pasillo cerrando la puerta tras de mí, pensando mientras giraba distraído las llaves en mi mano y guardaba el teléfono en el bolsillo. A oscuras me acerqué a la ventana, repasando los datos de los que disponía mientras dejaba vagar la mirada en la lluviosa noche. Claramente me habían estado vigilando puesto que habían aprovechado el instante en el que había salido a por la cena. ¿Cuánto llevaban observando? ¿Le había avisado el hombre que había visto desde la tienda? ¿Y dónde se encontraba en ese instante mi asaltante?

La curiosidad mató al gatoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora