28. La última c

112K 10K 10.5K
                                        

24 de diciembre, 2018.

—Allie...

—¿Sí?

Olivia permaneció en silencio mientras mis dedos se deslizaban por varios mechones de su cabello dorado en busca de unirlos en una trenza.

—¿Por qué ya no sonríes?

Me paralicé un segundo. Levanté la vista para toparme con la suya a través del espejo. No había sido consciente de mi expresión... o más bien, de mi falta de expresión hasta este momento.

—Es porque estoy... concentrada. Quiero que tu peinado quede perfecto, hoy es un día especial.

Noche buena. Desde que mi madre se marchó, la navidad paró de parecerme mágica. Aun así, fingía que la fecha me entusiasmaba porque anhelaba que Olivia tuviera recuerdos bonitos en cada una de ellas.

—No es especial si no sonríes.

Me estremecí un poco. No podía hacerlo. Por más que lo intentara, no podía esbozar una sonrisa genuina porque lo único que deseaba hacer era ocultarme entre las sábanas de mi cama e intentar borrar de mi memoria lo que vi en esa fiesta.

Dejando brotar el aire por mis pulmones, me forcé a elevar un poco las comisuras de mis labios.

—¿Así está mejor?

Arrugó las cejas. Me costó tanto, que yo también estuve al tanto de lo falsa que debió lucir.

—Nick y tú... ¿se pelearon?

La duda me tomó desprevenida.

—¿Por qué preguntas eso?

—Tú no lo miras. Y él... Él parece triste cuando te mira.

Me mordí el labio inferior, ignorando el revoltijo de mi estómago. Era mi culpa. No habíamos peleado, discutido o cualquiera de sus sinónimos en los últimos cuatro días después de la fiesta, pero tampoco habíamos hablado. Yo no había hablado.

—Él no es la razón por la que no he sonreído mucho. —Pasé por alto lo de las miradas—. Es solo que... he estado más cansada de lo usual. El bar ahora se llena con más frecuencia y debo trabajar un poquito más; como cuando papá se quedaba hasta tarde en el taller, ¿lo recuerdas?

No era una mentira absoluta. Si era cierto que por las épocas navideñas más personas frecuentaban el bar. Olivia asintió, más relajada.

—Y decía que necesitaba que le diéramos abrazos muy fuertes para recuperarse. ¿Necesitas que te abrace muy fuerte?

No.

Sí.

Sí, pero me desvanecería si sus pequeños brazos me envolviesen en este momento.

—Voy a reservar ese abrazo para más tarde.

La distraje hablándole sobre la nueva heladería que abrieron a pocas calles y que podríamos visitar mañana luego de abrir sus regalos de navidad. Más tarde, cuando terminé de acomodar el cuello de tortuga de mi suéter blanco, la falda de tubo rosa pálido y me planché lo suficiente el cabello para eliminar las ondas que lo caracterizaban, permití que Olivia acomodara galletas de jengibre en una bandeja con la ayuda de Nicholas mientras yo colocaba un mantel rojo sobre la mesa.

El timbre retumbó por las paredes de la casa.

—¡Debe ser papá! —gritó Olivia, emocionada.

Me fijé en la hora del reloj de manecilla colgado en la pared. Aún era temprano. La posibilidad de que sea él no avivó nada dentro de mí, pero prometió que llegaría más tarde junto a Marcus.

Un giro inesperadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora