23. Me aterra arruinarlo

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NICHOLAS

¿Por qué la respuesta tardaba tanto en salir de sus labios?

¿Me había apresurado demasiado? ¿Interpreté mal la confianza que demostró al besarme minutos atrás? Me negaba a creerlo.

Sus ojos turquesa escudriñaban todo mi rostro, como si estuvieran en busca de algo; incertidumbre en lo que acababa de pedirle, tal vez, pero no iba a encontrarla. En mí no había ni una pizca de duda en lo que acababa de proponerle.

Permití que mis palabras flotaran sin una respuesta por un rato más. Cuando sus ojos abandonaron mi rostro y vieron al frente, supe que era momento de decir algo.

—Alice...

—¿Podemos sentarnos?

Analicé su rostro por unos segundos. No me catalogaba como alguien pesimista, pero sabía lo que venía tras eso. Respiré lentamente.

Para responder un simple «sí» no necesitaríamos tomar asiento.

Asentí, desenvolví mis brazos de su cintura y la seguí hasta la mesa vacía que escogió. Una vez los dos estuvimos sentados a la par, sus labios continuaron sellados.

Me impacientaba, no podía negarlo, pero no iba a apresurarla a responder.

Quise deshacerme de la tensión que nos envolvió apartando un poco el flequillo de su frente. Al cumplir con mi cometido mi mano estuvo a punto de volver a su lugar sobre la mesa, pero Alice la retuvo en su mejilla y recostó su rostro en ella. Oculté la sonrisa.

Era tan dulce.

Si de mi dependiera, ella estaría envuelta en una burbuja en la que nadie pudiera hacerle daño y esa dulzura perdurara por siempre. El instinto protector en mí quería cuidarla de todo y nada a la vez aunque supiera de antemano que ella no era alguna clase de flor delicada que necesitaba de mí para eso.

Solo... atesoraba tanto su forma de ser que no me gustaba pensar que alguien podría lastimarla.

Alice poseía un aura cálido y tranquilo que, sin pretenderlo, te envolvía a ti también al acercarte. Aunque la timidez e inseguridad era algo que la distinguía a primera vista, tenía estos breves momentos de confianza en los que hacía cosas como las del auto que culminaban con mi corazón acelerado por merecer ver esa parte suya.

Si se lo proponía, ella podría tener a cualquier chico a sus pies. Cualquiera; sin límites. Y no solo por su físico; su interior jugaba un papel igual de importante. Perdí la cuenta de las veces que me pregunté cómo alguien que lucía como ella podía ser tan insegura... Sin embargo, en algún momento, sé que voy a averiguarlo; a su tiempo y cuando ella desee contármelo.

—Nicholas...

—Hasta ahora hemos intentado ser directos con lo que nos pasa, corazón, no perdamos eso ahora.

Asintió, dejando ir mi mano. La determinación llenó su mirada.

—Necesito hacerte varias preguntas.

Fruncí el ceño, saboreando sus palabras. No entendía por qué querría...

Era un idiota.

Los malditos nervios no me permitieron meditar la posibilidad.

Acababa de confesarle que la conocía desde hace meses. Por supuesto que querría saber más sobre eso antes de darme una respuesta.

—¿Puedo poner una condición?

Alzó una ceja, divertida. Negó.

—No estás en posición de poner una condición.

—Pero tú siempre... —intenté replicar, pero no me dejó terminar.

Un giro inesperadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora