5. La chica del capitán

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23 de octubre, 2018.

Los martes me despertaba con una sonrisa amplia en el rostro por una sola razón: Trabajar en el bar no estaba en mi horario.

Al aprobar el jersey gris claro, pantalones negros y botas marrones frente al espejo, me dirigí al dormitorio que ocupaba Olivia. Despertarla se convirtió en la tarea más difícil de mi día. Su sueño era más pesado que el ancla de un barco, pero inusualmente, estaba más que despierta cuando abrí la puerta, e incluso, trataba de hacer su cama.

La labor no se le estaba dando muy bien. Sus brazos eran muy cortos para alcanzar los dos bordes inferiores del cobertor y solo podía halarlo de un lado a otro. Reí por lo bajo, acercándome.

—¿Necesitas ayuda?

Ella dio un salto en su lugar.

—¡Allie! —Posó una mano en su pecho—. ¡Me asustaste!

—Lo siento. —Imité uno de sus mohínes—. Creí que te encontraría en brazos de Morfeo.

—¿Quién es Morfo? —Me miró con confusión.

—Morfeo —corregí, divertida—. No importa. Termina de vestirte, yo termino eso. —Señalé su cama.

Conocía a Olivia más que a mí misma. El responder esa pregunta desencadenaría un sinnúmero de preguntas más que no tendría tiempo de contestar si quería llevarla a tiempo a su escuela.

Encogiéndose de hombros, me hizo caso y complementó su lindo vestido azul con unos zapatos blancos. Poco después, ambas bajábamos las escaleras con destino a la cocina.

El inconfundible olor a quemado nos recibió apenas traspasar el marco de la estancia.

—¿Nicholas? —Estaba de espaldas a nosotras, vertiendo algo de un sartén en el bote de basura.

Terminó su tarea antes de darse la vuelta y mirarnos algo... ¿avergonzado?

—Espero que sea suficiente con los huevos revueltos y las medialunas, el tocino... no quiso formar parte del desayuno. —Se rascó la nuca.

—¿Hiciste desayuno para nosotras? —Casi pude distinguir las estrellitas en los ojos de Olivia al preguntarlo.

Suponía que los míos estaban igual o incluso peor: con corazones flotando en ellos.

—Suelo despertarme muy temprano, creí que sería bueno preparar algo para los tres. —Que luciera tan nervioso al respecto me enterneció.

Era tonto, pero nadie había cocinado para mí, o en este caso, nosotras, nunca, a excepción de papá. Estaba sin palabras mientras mi mente pesquisaba razones por la que un chico como él estaba siendo tan amable con nosotras.

—¡Eres genial! —Olivia no tardó en ponerse de puntillas para alcanzar el plato más pequeño sobre la encimera.

—Si quieren podemos intentar freír más tocino...

—Con los huevos revueltos y las medialunas es más que suficiente. No tenías por qué hacer esto, Nicholas, es... —Negué con la cabeza, redirigiendo mis palabras—. Gracias.

Él sonrió de costado, asintiendo.

—No es nada.

Como cereza del pastel, también se encargó de servirnos jugo de naranja. Informé que no era necesario, yo podía hacerlo perfectamente, pero no me escuchó. Al cabo de minutos, los tres terminamos de comer.

—¿Quién te enseñó a cocinar así? —le preguntó Olivia desde el comedor mientras yo me dirigía a la cocina. Me había ofrecido a meter los platos en el lavavajillas—. Allie dice que soy muy pequeña para aprender, pero algún día sabré hacer muchas galletas y pasteles de chocolate. ¿Te gusta el chocolate?

Un giro inesperadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora